25. Para el gallego todos los vecinos son buenos, si son de fuera

Uno de cada tres núcleos de población en Galicia está al borde de ...
Relato 25 y último. Como el confinamiento estricto ya ha desaparecido y se puede dar una vuelta, hoy publico mi último relato del libro ¿Cómos somos los gallegos?, depende 2ª parte.

Solo espero que durante estos días confinamiento os haya entretenido, si es así, ya no pido más Un fuerte abrazo y ya sabéis donde me tenéis que por encima de ser escritor, antes que nada soy vuestro amigo. CUIDAROS SIEMPRE
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Una de las cosas más raras del gallego es el concepto que tiene de la bondad o, lo que es lo mismo, cuando dice que una persona es buena. Tú le preguntas a un gallego cómo son los nuevos inquilinos que han llegado a una casa, que por lo general a pocos metros siempre hay una que se alquila, y te dice: «Moi moi boas persoas, no fan ruido, no sabes si están o  non, se entran o saen, non falan… unha maravilla, estamos encantados».

Céntrate y si tienes un café solo a mano pégale dos tragos para espabilar y si aún te quedan optalidones de cuando eras niño hazte un bocata que malos no son. Mira, yo he estudiado este tema muchos años y aún ahora, con más de sesenta y la tarjeta dorada de Renfe, es que no lo pillo. Le doy vueltas y vueltas y que no, como que mi cerebro rechaza la idea, el planteamiento, que no entra en él.

Vamos a ver, tú llegas a la aldea después de un mes porque has estado fuera, preguntas a tu vecino qué tal son los que se han instalado y si te dicen que no hacen ruido, que no sabes si entran o salen, si duermen o no y que no hablan…, yo lo primero que pienso, porque estamos en Galicia, es que se dedican al contrabando de tabaco o que han subido de nivel y están ya con el uranio enriquecido o el polonio, pero que son «boas persoas, estamos encantados»… me da que eso sería lo último que diría.

Que son personas, sí, en eso estamos de acuerdo todos, incluso las vacas, está claro, porque para las pocas veces que los han visto tienen brazos y piernas, orejas y nariz, pero ojos no se sabe bien porque no te miran, pero ya con esos antecedentes físicos se presupone; pero que «son boas persoas e estamos encantados…».

Pues que no alcanzo a comprender esto porque yo estaría todos los días colgado de la ventana de casa o cuerpo a tierra con unos prismáticos a ver qué hacen, e incluso, haciéndome el despistado trataría de ir a su casa para pedirles sal, azúcar…, esas cosas que tanto unen a los vecinos y a ver si veo algo extraño, pero de encantado… ¡¡¡¡cómo voy a estar encantado, por diosssssss !!!! estaría neurótico comprando todo un equipo de localización nocturna.

Yo no veo a mis nuevos vecinos en un mes y cambio todas las cerraduras, monto barricadas, trincheras, trampas y todos los sistemas disponibles de defensa, y a la familia les digo que vamos a jugar a los soldados y todos a hacer guardias.

Estoy seguro que estaría tan obsesionado que sería levantarme por la mañana y en vez de decir buenos día diría: «¿Alguna novedad en el frente? porque eso lo tengo claro que allí, justo allí, delante de la puerta de mi casa está el frente.

Y si aun así no consiguiese nada al cabo de varios meses, pasaría al método «queteveo», y como en esas películas de las cárceles en las que se fugan dos o tres, colocaría tremendo foco a la altura de la chimenea cuya luz giraría despacito yendo de izquierda a derecha y de derecha a izquierda para iluminar el acceso a mi vivienda, así en plan «yo de encantado nada».

Pero también estoy seguro de que mis vecinos, ante las preguntas de si los han visto, si saben ya quiénes son y a que se dedican me dirían: «¡¡¡¡Ay Jisande, vas tolear!!!!». Y, sinceramente, no sé si voy a enloquecer, pero en cuanto me dieran la tarjeta de platino, que no sé si la hay,  voume, y entonces sí, ya en Singapur, si me preguntaran por los inquilinos, no tendría dudas: «¿Los nuevos vecinos?, encantadores, pero es que encantadores en-can-ta-do-res».

 

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4. El gallego, la aldea y los rapaces

5 el coronavirus en la aldea…. muy distinto, pero mucho mucho

5-A Galicia: ” ¡¡¡ Es que no puede serrrrr !!!

6 En la aldeas… todos son parientes

7 ¿El gallego?, un santo, se ilusiona por todo

8El curioso concepto que tiene el gallego de la puntualidad

9 Esto solo se le ocurre a un gallego, genial

10Tú crees que el gallego podría independizarse… ummm

11 El gallego y sus frases que te destrozan

12 El lugar más importante y especial para el gallego

13 Una cualidad desconocida del gallego

15 El gallego eso de la muerte.. lo borda, es que lo borda

16. Las interpretaciones de: «¡¡¡¡Ay miña madriñaaaa!!!!».

17 El gallego, un crack regateando

18 El gallego, el sacho y la patata

19 El gallego y el amor por los animales

20. La naturalidad del gallego, a veces… te “mata”

21. Ni lo dudo, el gallego domina el más allá

22. Tela cuando un gallego dice «¡¡¡ cajoenróssss !!!»

24. Joé cuando las nuevas tecnologías llegan a la aldea… ¡¡¡ madre de dios !!!

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24. Joé cuando las nuevas tecnologías llegan a la aldea… ¡¡¡ madre de dios !!!

Cómo elegir una desbrozadora de mano económica y potente

Relato 25 del libro ¿Cómo somos mos los gallegos?, depende 2ª parte
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Lo de los avances tecnológicos en la aldea no es que estén mal vistos, pero el gallego en general es reticente a ellos; hay algo así como «eso es un lío», y como tiempo tiene de sobra ya que vive de su pensión y de un huerto para matar las horas, pues cuando se pone a trabajar prefiere hacerlo como siempre: a mano.

Obvio es decir que algunos adelantos fueron aceptados y que con ellos mejoró en mucho la vida del gallego, como el tractor para los agricultores o la motosierra para los madereros, que el Ibuprofeno tiene un límite y aunque tomes pastillas a paladas no hay quien te mitigue esos dolores de espalda; pero lo que es, digamos, herramientas modernas y caseras, no están mucho por la labor y cuando lo están…, tela cuando lo están.

Gelito, un vecino que se dedicaba a limpiar fincas, siempre lo hacía todo con la fouciña; cogía de instrumento manual, se inclinaba hacia adelante en un ángulo de cuarenta y cinco grados, se acercaba a las silvas y dale que te dale, como el padre que le da un cachete en el culo al hijo por hacer una trastada, pero a lo bestia, una furia, una ira, una violencia…

La vida de Gelito y la de la aldea no sufría alteraciones relevantes, incluso diría que había días que todo transcurría a cámara lenta hasta que un día compró una desbrozadora, que para quien no lo sepa es una máquina como una escoba que lleva un pequeño motor y en cuyo extremo hay unos hilos o cuchillas que al girar se llevan por delante cualquier mala hierba.

El primer día que la utilizó nos dimos cuenta porque se oía ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm y claro, una abeja, que era a lo que más se parecía, poco probable, pero lo que ya nos confirmó que no era un insecto fue  oír a grito pelado «¡¡¡¡cajoenrós!!!!», «¡¡¡¡a madre que te pareu!!!!», que eso no sé si venía en las instrucciones o fue una contribución de Gelito al mundo de la combustión líquida.

Como el ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm seguía y seguía, pues allí nos acercamos todos a ver la novedad, y joé con la novedad…, a Gelito solo le faltaba un traje de camuflaje; iba de un lado a otro a toda velocidad, a la izquierda, a la derecha, hacia adelante, hacia atrás, todo era vertiginoso.

Gelito sudaba, se sacaba la gorra de Maderas Sánchez, se pasaba la manga de la camisa por la cabeza y la frente y, sin parar, lo mismo cortaba briznas de hierbas a ras de suelo, que ramas de árboles o le daba a las manzanas a ver si caían.

Tan ilusionado estaba Gelito y con tanto ímpetu se había adentrado en las nuevas tecnologías que de vez en cuando se le encasquillaba el arma, porque no hay quien me lo quite de la cabeza que aquello era un arma, y entonces tras un par de «cajoenrós» y una docena  de «a madre que te pareu», no sé qué hacía con unos destornilladores que la ponía nuevamente en marcha y… ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm», «ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm.

Como a mí me gusta el motociclismo, te lo juro que hubo momentos que estando en casa y al oír el ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm me imaginaba a Marc Márquez o a Valentino Rossi haciendo trazadas por las aldea, pero claro, una carrera puede durar cincuenta minutos y lo de Gelito eran horas y horas, por lo que deduje que su especialidad, más que la velocidad, era la resistencia.

Y es que el ruido no paraba. Estabas tranquilamente escribiendo en el ordenador… y de repente… ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm; ibas un día a leer un libro mirando los árboles de la finca…, lo abrías y… ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm.

Mi familia dice que no, que nunca me he movido por nada, salvo para temas de trabajo, pero yo les aseguraba que, aun estando quieto, tenía una sensación de velocidad y que todo pasaba volando, que incluso los días me parecían más cortos al oír el ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm, aunque luego me explicaron que era por otra cosa, que estábamos ya en enero y no en julio.

Ni que decir tiene que con Gelito llegué a un acuerdo institucional en el que, como hombres de palabra, no hizo falta firmar ningún papel para que durante la siesta no utilizara la desbrozadora; y por supuesto, también sobra decir que al cabo de un mes quemó el motor.

Yo no sé qué dijo de una válvula o de una chispa; pero lo que sé es que hasta llegó la nueva desbrozadora…, una tranquilidad, un sosiego, una calma, una paz… hasta que un día… ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm. Un estrés y un susto la repentina aparición de la maquinaria… y nuevamente, no me digas cómo, mi mente se fue directamente a Márquez y Rossi, pero para mí que ese año quien ganó fue Gelito.

 

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22. Tela cuando un gallego dice «¡¡¡ cajoenróssss !!!»

Relato 22, del libro ¿Cómo somos los gallegos?, depende 2ª parte. Animo


Municipios gallegos alertan de

Esto de hablar, de expresarse, de comunicarse es muy distinto en las ciudades que en las aldeas, pero que muy distinto, distintísimo. En las urbes, tú oyes a un tío decir una ristra de tacos sin parar y lo primero que piensas es: «¿Y este bestia un día será padre?», después: «A ver si todos tenemos suerte y es impotente», y por último: «Este tío es un maleducado».

Esto no ocurre en estos maravillosos lugares en los que como mucho viven diez o doce habitantes; en estos sitios las palabrotas y las blasfemias no son tales, es como decir «buenos días» o «encantado de verte»; es más, si alguien no te dice un taco…, como que no le caes bien o, como dice Maruja: «Iste non é da miña orquesta».

Que te digan un taco en la aldea no es un insulto, es como una presentación en sociedad, como una puesta de largo, como si don Vito Corleone te besara en la mejilla y te dijera «ya sei de la famiglia», y entonces pasas a formar parte de la vida rural, de una civilización desconocida, más avanzada de lo que te imaginas y en la que destaca la inteligencia.

Tú en una aldea dices «pareces bobo» y quedas de auténtica pena, haces un ridículo espantoso; ahora, tú dices «me cajo na Vir…» y sin especificar si es María, Teresa, Dolores o Eulalia y quedas que nin diola.

¿Y cuáles son estas frasecillas que unen tanto? Pues las hay para todos los gustos, aunque las más abundantes son aquellas que empiezan por «cajo». Tú oyes un «cajo» y lo que viene después es inesperado, como el gallego. Las más familiares son «cajo na madre que te pareu», «cajoenrós», «cajo en dios» o «cajo nacona», utilizando esa diferencia sexual de la mujer, que no me digas por qué se utiliza, pero tú di «cajo nacona» y quedas bien; ahora, que te da no sé qué decir eso y prefieres decir «eres tonto…», allá tú si quieres vivir aislado y te hacen el vacío.

Pero los «cajos» tienen una variante que depende de lo que estés haciendo; si son unas ramas que quieres cortar y no puedes… «cajo na rama que la pareu»; si se trata de una punta en una madera…, «cajo no clavo de cristo»; cualquier objeto vale para ponerle un «cajo».

Y con estas, más «vai tomar vento, «vai tomar polo cú» y el típico «carallo», pues ya tienes para empezar a entrar en ambiente, que luego ya vienen otras que son así como muy singulares de la zona como «prejiceiro», que es lo mismo que decir vago, o «pirocho», que es lo mismo que decir que eres bobo.

Los tacos en la aldea son una forma de expresarse con cariño y una demostración palpable , pero que muy palpable, de que el gallego es trabajador, mucho,  porque si no oyes nada, es que allí no se pega palo al agua, pero tú escuchas un «¡¡¡¡cajoenrósssssss !!!!» con más decibelios que un Airbus… y es que se está currando currando, pero currando de eso, de carallo.

 

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21. Ni lo dudo, el gallego domina el más allá

De Valença do Minho a Monçao – Gata con botas

Relato 21 del libro ¿Cómo somos los gallegos?, depende, 2ª parte
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Cierto es que el gallego no es Dios, pero poco le falta o a mí me lo parece porque resulta imposible de entender que domine la naturaleza hasta límites insospechados porque si no… que alguien me explique cómo viendo el cielo y así, como si nada, con una ojeada, sea capaz de saber si va a llover, cuánto tiempo y que no falle.

Yo no conozco ser humano que pueda afinar tanto con las condiciones meteorológicas, y os lo juro que no me fumé un canuto y que lo que te voy a contar lo viví, aunque no me lo creía y todavía sigo sin creerlo.

Un día en la aldea, Luis de Vilachá, que para que me entiendas lo mismo te arregla un enchufe que si se pone te hace un trasplante de hígado, vamos que es capaz de estropear y arreglar todo al mismo tiempo, estaba haciendo unas obras en una casa y, claro, en ellas, aunque de miranda, participamos todos.

Que si el tabique central está aquí, que por allí pasa el muro de contención, que esa viga de castaño no va a caer que lleva ahí más de cien años… y entonces, ya que estás echas una mano, aunque a mí me tienen por inútil y cuando digo que ayudo, solo oigo: «¡¡¡¡Sal de ahí oh!!!!». Y así estábamos cuando Luis miró para el cielo y dijo: «Vai chover, casi entramos na casa e lojo sejimos».

Yo oí eso y tuve dos pensamientos que fueron al unísono: Uno, el más importante, fue poner unos vinos porque en la aldea no se entiende un descanso si un vino o una cerveza. Y el segundo fue mirar al cielo, como al infinito, y sí, en efecto, allá, pero como muy allá, muy a lo lejos, había algo grisecillo, medio oscurillo, una nubecilla, pero vamos, tan pequeña ella…

Al verla, me dije a mí mismo: «Y aquello va a llegar hasta aquí y va a llover…», y no añadí nada más porque me parecía imposible y, sobre todo, porque para entonces, al lado de los vasos, aparecieron dos botellas de vino, pan y chorizo y tuve esa sensación de que no era el momento de que alguien me fuera a sacar de dudas, bebiendo todo el personal a una velocidad de un vaso por minuto…, como para pararse alguien a explicarme lo de la nubecilla.

Así que, siguiendo ese refrán de «dónde fueres, haz lo que vieres», pues cogí de viandas, vaso de tintorro y, cuando ya me había olvidado de la meteorología…, un chaparrón…, no unas gotitas, no, un chaparrón tela. Y así estaba, aún lloviendo, cuando Luis de Vilachá, sin mirar el reloj ni na dijo: «Comedes a ostia; veña, acabar xa, que isto para e hai que traballar».

Alucinante, fue decir eso, y terminar prácticamente con lo que habían puesto en la mesa, cuando Luis de Vilachá salió de la casa y, como si el tiempo en vez de clima fuera un autobús, dijo: «Xa parou», y se dirigió al cubo del cemento que yo a punto estuve de ir al psiquiátrico para que me lo explicaran.

Yo pensaba que alguien iba a decir algo ante semejante hecho, que es en Roma o Jerusalén y como hay Dios que juran que es un milagro; pues nada, como si fuera lo más normal, cada uno siguió en su puesto ayudando a Luis con los calderos, el agua, el cemento…

En tanto seguíamos con la obra yo todavía no daba crédito a lo vivido hasta que Luis se paró, encendió un cigarrillo y dijo: «Hoxe sí, hoxe sí que fixemos ¡¡eh!!». Algo más comentó, pero realmente no sé qué dijo porque yo estaba como levitando ante lo sucedido, volvimos a entrar en la casa, aparecieron otras botellas que se acabaron en segundos y cuando ya Luis se iba a ir le pregunté: «Oye, Luis, ¿cómo sabías que iba a llover cinco minutos e iba a parar?».

Si te soy sincero me esperaba, pues un cierto razonamiento, una explicación, un algo o incluso que dijera que fue casualidad, pero no; Luis me miró extrañado y entonces la respuesta me desequilibró mentalmente: «Home, ¿non o viches?». La respuesta no la entendí bien; bueno, ni yo ni el resto de Europa ni un chamán, y cuando le insistí, pues otra con la que a punto estuve de agonizar: «É que é eisí, ven a nube, chove e se vai». Y visto así, pues como que es muy sencillo, viene la nube, llueve y se va. La verdad es que no sé cómo no había caído antes.

 

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20. La naturalidad del gallego, a veces… te “mata”

A Casa Dos Martinez / Cooking Blog. : POSTALES DESDE LA ALDEA..

Relato 20
Uno más, un día menos, eso esperamos todos. ANIMO
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De los encuentros entre la cultura urbana y la rural, cuando alguien va a a la aldea, cuando se trata de la sencillez y la naturalidad no se libra nadie, ni hombres ni mujeres, ni niños ni niñas, ni abuelos o abuelas, salvo que estén muertos, que entonces… pues que se libran.

Y así le ocurrió a mi hija Victoria cuando tenía unos cinco o seis años, que Maruja la acogió como si fuera su hija y le enseñaba todo tipo de cosas del mundo rural. Yo, la verdad, asistí a alguna conversación entre mi vecina y mi hija y no entendía a ninguna de ellas, ni el tema del que charlaban ni lo que decían, pero como una vez Victoria, estando yo escribiendo, se acercó a mí, apoyó su cabecita en mi hombro y en voz baja me dijo: «Papá, tú no eres normal, pero para bien»… pues qué quieres que te diga, entre que me ahorré una explicación paternofilial y que ellas eran felices hablando…, para qué me iba a meter.

Tras varios días, una mañana, Victoria, a la que hubo que aclararle que no se trataba de un perrocan, sino que en gallego se utiliza más la palabra can que perro para designar al bicho ese de las dentelladas, salió de casa toda pizpireta tras decirme que no había pegado ojo porque un gallo había estado toda la noche cacareando y que se lo iba a comentar a Maruja.

Yo comprendo que para una niña de cinco o seis años años «no pegar ojo» una noche debe ser tremendo, aunque dudo que ella sepa lo que es para unos padres estar durante dos o tres seguidos acunándola, pero tampoco es cuestión aquí de teorizar.

El caso es que a la media hora, como si fuera una experta diplomática en conflictos intersectoriales, Vito regresó a casa y comentó que había hablado con Maruja y que ya lo iba a solucionar. No sé ya si era media tarde, cuando desde lo lejos se oyó un grito: «¡¡¡¡Victoriña veennnnnn, Victoriña vennnnnn!!!!»; Vito salió escopetada de casa, y aún estaba resonando el eco de «¡¡¡¡Victoriña veennnnnn, Victoriña vennnnnn!!!!», cuando se escuchó otro entre lágrimas: «¡¡¡¡Pa-pa-papaaaá, pa-pa-papaaaaaaá, pa-pa-papaaaaaá !!!!», y como ese era yo, ya que vi que nadie más se levantaba, pues también salí a ver qué sucedía.

Los niños tienen eso; que cuando están llorando desconsolados y te acercas para que te digan la causa de esa angustia, todavía nadie ha conseguido que el chaval te explique entre sollozos lo ocurrido y te lleves de por medio un «no entiendessssss» o un «eres tontooo», fruto, obviamente, del nerviosismo, que tú educarlos…, vamos que si los tienes educados.

Cierto es que el tema tenía su cosa porque cuando llegó a la casa de María más feliz que Caperucita Roja con el cestito para la abuelita, para entonces mi vecina tenía el gallo cogido por el cuello y tras decirle: «iste é o que non te deixa dormir», le arreó un tajo en el cuello que la pobre Vito salió espantada.
Ni que decir tiene que la niña se sentía culpable por la muerte del gallo, que no comimos pollo en meses, y eso que estaba de oferta, que hasta los huevos fritos les teníamos así como reparo y que para entonces ya éramos dos los que no pegábamos ojo: mi hija, que se despertaba, y yo que la consolaba. Cosas de la naturalidad.

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III. Un enfermo muy listillo

Los coches del Tour de Francia - We Love Cycling - Spain Relato III Volvemos con otro relato, un enfermo muy listillo, del libro Relatos de absurdo contenido. Animo, aunque me da que acabaremos en bañador en casa 😉 ___________________________________________________________________________________________ 

 Estaba destrozado, las listas de espera en la Seguridad Social era tan largas que ya no sabía qué hacer para curar sus frecuentes dolores estomacales, que  le producían insoportables retortijones.

La cita con el especialista la tenía para dentro de tres meses y cada vez que pensaba en ello, automáticamente comenzaba a sentirse mal; pero un día, viendo la televisión, se dio cuenta de que en el ciclismo estaba la solución.

No es que creyera que haciendo deporte se pondría bien, y aunque así fuera, no estaba dispuesto a hacer ninguna actividad, a realizar un esfuerzo que fuera ir más lejos que andar al estanco a por tabaco. Cualquier tratamiento lo aceptaba, como si tuviera que tomar 20 o 140 pastillas diarias, pero moverse, hacer ejercicio a sus 50 años… ni de broma.

Un día a media tarde, viendo la Vuelta Ciclista a España se percató de cómo los periodistas que retransmitían la prueba, en ocasiones, comentaban que tal o cual corredor se acercaba al coche médico para que lo atendieran. Cuando esto sucedía, por el televisor veía que el deportista se agarraba a la puerta del vehículo, no pedaleaba y era llevado tranquilamente mientras un auxiliar sanitario sacaba el cuerpo por la ventanilla y le ponía un vendaje o le suministraba algún líquido en alguna parte del cuerpo, según fuera el percance que hubiera tenido.

Sin pensárselo dos veces, acudió a una tienda de deportes, compró una bicicleta de carreras y toda la equipación, incluido un aerodinámico casco de colores con visera muy oscura, lo que le alegró enormemente. Miró en Google y comprobó que la salida de la etapa del día siguiente era en Vilamayor del Condado, a tan solo 80 kilómetros de donde vivía.

Analizó las diferentes rutas para llegar a la localidad y allá se fue en su turismo, vestido de ciclista y con la bici en un anclaje sobre el techo de su R-5, que parecía de posguerra. Nada más llegar sabía que lo único que tenía que hacer era localizar el coche médico, subirse a su Orbea Avant, ponerse el casco que le cubría prácticamente todo el rostro, acudir al punto de partida y, una vez iniciada la etapa, ir al vehículo y explicarle al doctor que tenía un fuerte dolor estomacal.

No habían pasado ni cinco minutos desde que los ciclistas se habían puesto en marcha cuando se arrimó al turismo y consiguió agarrarse a duras penas a la puerta. Sudoroso por el esfuerzo realizado, casi no tenía aliento para decirles a los ocupantes que padecía intensos ardores, que no era un dolor continuo, sino más bien esporádico, como punzadas.

l facultativo pidió a su ayudante unas pastillas y le indicó las dosis que tenía que tomar. Tras guardarlas en el maillot, disimuladamente dejó que el coche siguiera su ritmo, paró en un lado de la carretera, se echó en un descampado entre unos arbustos y, ya más tranquilo, sacó el bidón con agua e ingirió los medicamentos.

Días más tarde, en casa, las molestias habían remitido, y una semana después desaparecido; pero al mes volvieron de nuevo, aunque con menor intensidad. Entró nuevamente en Google, comprobó que la siguiente etapa comenzaba en Burgos e hizo lo mismo que en Vilamayor del Condado: se acercó al coche y explicó su dolor, a la vez que comentaba que hacía unos días le habían dado unas medicinas pero que…

El facultativo habló con su ayudante y le entregó otras distintas advirtiéndole de que eran más fuertes. ¡Y que si eran! Increíblemente con ese nuevo tratamiento se encontraba genial, ni un síntoma. Dos meses sin padecer malestar alguno le pareció milagroso, por lo que inmediatamente averiguó quién era el especialista.

Se llamaba Mario Angelo Franelli, italiano, nacido en la Toscana, con una dilatada trayectoria profesional en el ámbito de la medicina deportiva, concretamente en el ciclismo profesional de ruta en carretera. Averiguó también que era el médico oficial de las carreras más importantes que se celebraban en Europa y que en muchas ocasiones sus servicios eran solicitados también por los organizadores de otros países, especialmente de Sudamérica.

En aquel momento decidió que el tal Mario Angelo Franelli sería su médico de cabecera, y que si lo fue, vamos que si lo fue; durante años, sin que nadie lo sospechara, se hacía revisiones periódicas. Para ello, lo único que tenía que hacer era acudir a las carreras que fijaba el calendario ciclista, buscar la etapa, presentarse con la misma indumentaria que la de algún equipo participante y siempre con ese casco que impedía que alguien pudiera ver que no se trataba de un jovenzuelo.

De esta forma, además de a la Vuelta Ciclista España, en ocasiones acudía al Tour o al Giro, e incluso a pruebas que tenían lugar en otros continentes. Como le decían sus amigos: «Estás genial, le has dado un giro a tu vida…». «¿Un Giro?, y seis o siete también», pensaba él.

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II.  Un trabajo muy especial

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19. El gallego y el amor por los caballos

'Hombre y caballo'. | Iain Colquhoun
Foto: Iain Colquhoun

Relato 20
Venga, que no que da nada… para las Navidades, claro 😉
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El gallego es muy amante de los animales, especialmente de la vaca y el cerdo porque vienen a ser como despensas vivientes en las que la marela le da leche, carne y, en un momento dado, la pone a trabajar; viene a ser como un funcionario discontinuo. Y del cerdo qué te voy a decir, del gorrino se aprovecha todo, pero absolutamente todo, tanto que incluso hasta lo exprimo yo para escribir parte de este relato… ¡¡Ay, querido cerdiño, qué haría yo sin ti!!

Pero además de este amor de conveniencia también adora a los perros y a los caballos; lo de los es perros normal, bueno, normal aquí, que en China se los comen, pero lo de los caballos… yo no sé si es porque los recuerdan cuando eran jóvenes o adolescentes y aún no había tractores, pero todo gallego entrado en años tiene un caballo en su alma y una mula, que puede ser un vecino, que se han dado casos.

Claro que esto de los recuerdos varía pues hay quien dice: «Eu tiña un cabalo que era a ostia, carallo como era… Poñíamoslle carga a reventar e sempre podía con ela»; y cuando un gallego dice «a reventar», ni lo dudes: es eso, «a reventar».

No, no me digas que sí porque no, no has entendido bien esto de «a reventar», pero te lo explico. Imagínate que estás en la playa tumbado tomando el sol y de repente una silenciosa pala excavadora te pone en el estómago unos esos armarios de nuestras abuelas, lleno de ropa y maletas, ¿lo pillas?, eso por estos lares es «a reventar».

Pues al caballo igual, «a reventar», aunque también es cierto que cuando explica lo fuerte que era el animal, añada: «Foi unha pena que morrera xoven, pero ise cabalo podía con todo, cajoenrós». Cómo no iba a morir joven el pobre equino; es más, porque no se trata ahora de hacerle la autopsia, pero que se suicidó… lo tengo claro.

Vamos a ver, ponte en situación: tú eres caballo, que a veces lo eres, puedes llevar a lomos como máximo cien kilos, ¿qué haces si te ponen casi doscientos, tienes diez años de vida y aún te quedan quince por delante? ¿Relinchas de alegría como diciendo “ponme, más ponme más”? Joé que eres caballo, no tonto, pues te suicidas, qué vas a hacer…

Pero también hay quien habla de su caballo de forma cariñosa: «O meu, cando traballaba moito e o levaba a cadra, lle decía “fixeches ben, fixeches ben” e respondía coa cabeza». Esto… qué quieres que te diga, es su opinión, pero que le respondiera simpáticamente con la testa después de un currele que ni te cuento… me da que el caballo lo que tenía en ese momento eran unas ganas de darle una coz y acabar con él, que para mí que esto se acerca más a las intenciones del cuadrúpedo y no a «muchas gracias por deslomarme». Hombre, no hay que ser caballo para entenderlo.

Y hay otros que, al hablar del que tenían, te hacen pensar mucho, pero mucho mucho, cuando dicen que iba trotando por el campo y al hacer un descanso para echarse un cigarrillo: «O cabalo se botaba conmijo, e coas crines me acariciaba». Esto de que se tumbe con él y lo de las crines me parece un poco exagerado y por eso me hace pensar mucho mucho; sobre todo en el campo y en las hierbecillas, que a ver si va a ser que hay algunas que al tocarlas o por lo que sea, colocan, porque otra cosa…tumbado y acariciándole…, me supera.

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