El verano y esa «preciosa» visita a los acantilados

Del libro Relatos de verano para reír todo el año (Amazon,Tapa blanda y kindle). Mi única intención… que sonrías; bueno, si lo compras… también 😉

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 En esta época tan dada a no estar quietos, una de las cosas que se suelen hacer son excursiones, pequeños viajecillos para conocer sitios, para hacer miles de fotos y luego no saber si aquello era Tomelloso, La Gomera o Tui.

Y en esto viajecitos, sobre todo si es por el norte de España, es normal que un día te digan que hay unos acantilados preciosos desde donde se ve la inmensidad del océano y que si vas por la carretera comarcal C-1428-DL, el paisaje es impresionante, con unas vistas… Entonces vas tú con tu coche, el GPS, y llegas al acantilado.

Bueno, esto de llegar al acantilado hay que explicarlo: el acantilado como tal no aparece, así como así, como lo hace un árbol en la llanura de Castilla, una vaca en medio de un campo o una avispa en el parabrisas, no. Primero, ponle unos cinco kilómetros, subes una cuesta que parece que vas a despegar, y mientras asciendes, no falla.

No has recorrido ni quinientos metros y tu mujer, esposa o acompañante, te dice frases como «mira que si nos caemos…» «mira que si pinchamos…» «y si nos quedamos sin gasolina…», que te da ganas de decirle: «No te preocupes, ¿ves aquel superpetrolero allá, en el medio del mar? pues le lanzo desde aquí una manguera y repostamos».

Y al poco rato… «tú mira al frente, no vayamos a chocar» «vete más despacio» «ten cuidado con…». Pues esto, no te lo pierdas mariló, es un viaje de placer, sí, de placer; es decir, que a los que van contigo no los has atado de pies y manos y metido en el coche a la fuerza, no, y estás seguro que no porque de hacerlo no se te olvidaría una cosa: amordazarlos, pero amordazarlos hasta que no pudieran decir ni «umm umm».

Y cuando ya has llegado a lo alto, pero a lo alto alto de todo, no tanto como al altísimo nuestro Señor, y donde lo lógico sería salir del coche y disfrutar de los acantilados con el mar de fondo… «¡Ay, vámonos!, que aquí que me da un miedo…» «¡ay, no salgáis del coche!» «¡venga venga, vámonos vámonos!».

 Yo cuando oigo esto pienso: «y si en vez de llevarlos por la cornisa cantábrica se asoman a la cornisa de casa, que más o menos es igual, y me ahorro esta serenata». Aunque también cavilas: «Y si para mayor seguridad los llevo a trescientos kilómetros de separación del acantilado… por León o Palencia, que a lo mejor disfrutan igual y me sale bastante más económico emocionalmente hablando…».

Y mientras desciendes por la zigzagueante carretera, tras ver el acantilado exactamente 2,085 segundos, lo que Mireia Belmonte hace en 200 mariposa, más de lo mismo: que si vete despacio, que te acercas mucho al desnivel, otra vez que si la gasolina, que se está haciendo de noche…

y entonces recuerdas esos documentales en los que se ve un caza que tiene unos botones y que al pulsarlos allá va a tomar viento el piloto saltando de la cabina empujado por una fuerza del copón a 3.000 o 4.000 metros, e instintivamente los buscas para ver si saltan todos y desaparecen. Pero no, ¡que van a desaparecer!, y cuando llegas a donde veraneas y te encuentras a unos amigos, entonces oyes una frase que te destruye, que te deja impresionado, pero mucho más que los acantilados, pero vamos, muchísimo más.

Aunque tu mujer tenga aún la tensión a 328 y a punto esté de que le salten las venas por eso de la descompresión, les suelta, así como: «Venimos de un sitio maravilloso, pero maravilloso, unos acantilados… ¡tenéis que ir! ¡no os los podéis perder!». Y justo eso es lo que piensas: «Si supieras tú a quien deseaba yo perder…».

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El verano y… el dichoso puertecito de mar

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No es porque sea tonto, que lo soy, o imbécil, que también; sino por precisar, por eso que llaman concretar o, mejor dicho, centrarnos, que casi queda mejor.

Cuando vas a un pueblecito que es puerto de mar y porque eres de Soria, que lo máximo que ves de agua es la del grifo, pues vas a ver eso, el puerto y el mar, hasta aquí lo tienes claro. Pero también cuando en las calles de la villa marinera no hay donde aparcar, entonces vas al dique de abrigo, un muelle inmenso, y aquí ocurre algo que debe de estar fechado de cuando el hombre inventó la rueda, allá por el MMMCMVIII ACDC.

Vas a estacionar el coche y, aunque el mar esté como a diez kilómetros, siempre hay alguien que dice: «Ten cuidado, no vayamos a caer». Y en ese momento te da ganas de decir: ¿sabes cuántos turismos caen al mar en un siglo? Pues desde que Nicolás Cugnot en 1769 creó el primer vehículo de vapor, al que llamó Fardier (textualmente carro pesado) pues tres o cuatro y ni la DGT tiene estadísticas, pero según tú, por bemoles vamos a caer hoy al mar, 15 de julio, a las 20 horas GMT, una menos en Canarias. Gracias, animoso.

Y si esto solo quedara aquí no sería tanto problema porque siempre hay gente temerosa para la que toda precaución es poca; ya sabes, esos que cruzan hasta por el paso de peatones y si ven una luz roja se paran, aunque sea la de un club de alterne; pero no falla el que dice cuando has encontrado sito para aparcar: «¡Ay!, no, yo me bajo». Y en efecto, se apea del coche, y tal cual lo ves por el parabrisas cavilas: «Ahogar no te ahogarás, pero como no te apartes de donde estás te atropello y te vas a quedar liso como un papelillo de fumar».

Y como si el asunto fuera una tradición, tras alejarse del vehículo, da unos pasos hacia adelante mientras mira como haces la maniobra, que supongo que se acerca por eso de que, si te caes, vivirlo intensamente, porque otra razón, es que no la veo, como que se va a tirar el tío ese a rescatarte…

Y al final, cuando ya has estacionado, cuando has dado cien mil vueltas visitando el pueblo y por fin te has dado cuenta de que la villa no da más de sí, que no hay ni dos ni tres plazas con jardines, que es la misma, pero la mismísima porque es imposible, pero totalmente imposible que haya tres tiendas con el nombre de «Empanadas Rodríguez»; cuando ya te habías olvidado de la película que te montaron al aparcar y decidís iros… de nuevo la misma historia.

Pero entonces ya no es solo él o ella, esto ya es plan grupo, como si con los que fueras, en vez de ser familiares o amigos fuera una banda, y oyes: «casi es mejor que saques el coche y nos subamos todos». Y claro, o eres totalmente imbécil, vives anestesiado o te crees un superhombre, pero todo da la sensación que si te matas, pues que no pasa nada, pero nada de nada, vamos, que te ahogas y se van todos a «Empanadas Rodríguez» a celebrarlo. Como si lo viera.

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La manía de ver chalés en verano

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Esto del verano es de locos, de descerebre total. Mira que tienes todo el año, pero todo, que son mogollón de meses, de días y de horas, horas todas las del mundo; pues llega esta época estival-festival y todo el personal quiere que vayas a su casa y en concreto a su urbanización. No te invitan el resto del año ni para un café y, llegan estas fechas, y ni que en vez de una casa tuvieran una barraca de ferias: ¡¡¡Pasen, pasen, paseeen y veaaaannn!!!  ¡¡¡La casa de los Guillérmez, la auténtica, paseen, paseeeeeeeen!!!

Vamos a ver; yo no he recorrido todas las urbanizaciones de España para escribir este relato, pero estoy seguro que con las que he visitado es suficiente para saber cómo son y, si me apuras, para hacerme agente inmobiliario porque me han enseñado de todo: el tipo de suelo, ventanas, techos, calefacciones, garajes, aislamientos, sistemas de seguridad, cierres…

Y en todas hay una cosa que no falla. Todas, pero todas, están a quince minutos de la ciudad. Ni media hora, ni veinte minutos; quince y nada más que quince. Te acuerdas de aquella canción tan antigua del Dúo Dinámico que decía: «♫♫♫ Quince / años / tiene mi amooor / Quince / años / tiene mi amooor ♫♫♫». Pues eso. Quince

Yo, que vivo en A Coruña, un día fui a una que llegó un momento que a punto estuve de decir: «¿y por qué no vamos ya hasta Gijón… total?», pero me contuve, aunque no sé muy bien porqué, ya que la verdad es que hacía tanto tiempo que no visitaba Asturias y que no tomaba una sidra…

A mí las urbanizaciones nunca me atrajeron, nunca le encontré yo una cosa a eso de vivir en una especie de barricada alejado del personal. Además, pensaba que, en las urbanizaciones, al vivir así, en plan tribu, con cercas, pinchos y alambradas, pues que la gente se conocía, que hacían unas fiestas del copón entre ellos y que no querían que participara gente de fuera por eso de la intimidad; pero descubrí que no, que ni encerrados en cien metros cuadrados se quieren conocer.

¿Y cómo lo averigüé? Pues un día que fui a una y cuando mi amigo decidió pasear al perro…. bueno bueno con la caminata, nunca tal susto viví. Fue dar el can cuatro pasos y allí ser armó la de dios: una jauría, unos ladridos, unos arrebatos bestiales de los canes lanzándose a dentelladas contras las vallas de los chalés… y claro, si no se conocen ni los perros, que lo normal es que se empaten, salvo excepciones, ¿cómo se van a conocer los propietarios? Imposible.

Pues después de dar una vuelta por la urbanización hablando a gritos entre aullidos y gruñidos, finalmente regresamos a la casa, que por mi podía ir a cualquier otra, con tal de no estar en la calle con aquella animalada, lo que fuera.

Pensaba que mi amigo iba a hablarme de lo que acabábamos de vivir, porque te lo juro que no sé por qué la gente va de safari al Serengueti para vivir experiencias fuertes; pero no, de repente me dijo: «Aquí se vive una tranquilidad…». Y claro, cuando dijo eso pensé: «Aquí… ¿aquí dónde?, será en el sofá ¿no? porque lo que es afuera…». Y me quedé callado, dije que sí por eso de mejor que decir no; pero de verdad que me daba unas ganas de preguntar si en la urbanización tenían como vecino a Ángel Cristo…

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3 La playa y el «momento sombrilla»

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La playa y el «momento sombrilla»

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No sé si es cosa mía o si les ocurre a más personas, pero el momento en el que vivo con más intensidad el verano es cuando voy a la playa y pongo la sombrilla. Yo comprendo que para otros tal vez sea encontrarse con viejos amigos, un viaje por los confines de la tierra o incluso pegarse una mariscada a lo burro, que hay gente pató; pero para mí, como lo de poner la sombrilla, no hay.

Yo cuando instalo la sombrilla me emociono; algo imposible de describir recorre mi cuerpo porque me siento igual o más que Neil Armstrong cuando fijó la bandera americana en la Luna, unos nervios… Yo no sé si es por influencia de mi mujer, Veneatra Paynther, que es de Estados Unidos, de Ohio, pero cuando ella, que maneja el módulo lunar, encuentra un sitio para aterrizar en el arenal, yo me transformo.

Y hasta mis movimientos son lentos, como si hubiera menos gravedad, y respiro de forma entrecortada, aunque esto no lo tengo muy claro si es por la euforia del momento o por haber cargado con diez flotadores, cuatro sillas, dos bolsas con toallas, otras dos con bocadillos y haber hinchado cuatro colchonetas… pero como que el aire no me entra bien.

Tras alunizar, agarro el mástil y busco el lugar idóneo. Es cierto que tardo algo, porque a veces la comandante Paynther, una profesional, con carácter, sí, pero una profesional, me dice: «Pero ponla, date prisa» y entonces… pues que las cosas no se hacen así como así y (esto no lo sabe ella) me comunico con Houston vía telepática: «Roger Roger, que la comandante Paynther me dice que coloque ya la sombrilla». «Recibido Jhon Guisande, entonces pasamos al plan B, cambio» «ok, Roger, plan B, confirmado, cambio».

Y al poco rato «Houston Houston, preciso nueva telemetría y coordenadas, el mástil no entra entre la toalla, la bolsa de los bocadillos y el agua, cambio». «Aquí Houston, ¡¡has dicho agua!! ¡¡has dicho aguaaa!! ¡¡¡has encontrado aguaaaaaaa!!!, cambio». «Roger, negativo, es la botella de agua mineral, repito, botella de agua mineral, cambio».

Y al final, cuando ya coloco, sin que nadie lo sepa, me llevo la mano a la frente, hago un saludo militar que nin diola, y hay veces que se me caen como unas lagrimillas, pero es un momento, no creas que lloro a mares.

Yo cuando veo la sombrilla flamear, que está bien orientada con respecto a los demás planetas, que incide directamente al sol y cruza perpendicularmente al Cinturón de Orión, tengo la sensación del deber cumplido, que he servido para algo en la vida, que todo el duro entrenamiento de invierno para que la sombrilla quede perfecta ha merecido la pena.

Yo en esos momentos me da la sensación de que todo ese sacrifico me ha hecho ser más hombre, más buena persona, y cuando veo esa sombrilla que no cae, que permanece en pie, firme, inmóvil, sin un ligereo movimiento, de verdad yo… es que me emociono, pero siento que no sé si he dado un pequeño paso para el hombre y un gran salto para la Humanidad, pero con la sombrilla clavada que me he sacado un peso de encima… ni lo dudo.

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Mala idea, presumir de arquitecto en la playa ante tu hijo

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Hay algo más hermoso que el cubo y la palas… sí, lo hay: los excubos y las expalas; o sea, que hubieran sido un recuerdo al igual que la extinción de los dinosaurios o de los sarcosuchus imperator, que fueran a tomar viento, que no existieran e imposible reproducirlas. Pues no. Fíjate que se perdieron cosas en la glaciación ésa, desde animales y plantas hasta familias enteras que vivían de alquiler, pues resulta que justo el cubo y las palitas de marras no sucumbieron a la catástrofe, sino que incluso se multiplicaron por millones, con lo felices que seríamos todos los padres sin esos condenados útiles de verano…

Y es que cuando llega esta época de niveatur broncis, si tienes niños pequeños y vas a la playa, pues hay que hacer un castillo; y tú, que de castillo lo único que tienes es el apellido, que te llamas Miguel Ángel del Castillo… pues a hacer de arquitecto del medievo sin repajolera idea, que, de artista, también lo único que tienes es lo de Miguel Ángel porque el resto… Entonces, con una vocecita que porque estás con un niño se te perdona, que si no te encierra el Gobierno y te da una subvención porque te falta un hervor, empiezas: «Y aquí una torrecita, aquí la otra, y ahí la entrada. ¡Qué bonito queda ¿verdad?!».

Pero vamos a ver, joé, como que aquí una torrecita, aquí la otra y ahí la entradita… pero realmente tú crees que eso es un castillo… eso es una chapuza del 21. Tú qué crees, que el niño es tonto… que nunca ha visto castillos… pero tú mamón ¿sabes lo qué es la Xbox? Qué vas a saber lo que es la Xbox, si aún estás con el Juegos Reunidos Geyper de cartoncillo…

El chaval, que de castillos sabe más que tú, está esperando a que lo hagas con una muralla, con una empalizada, con un foso, un puente levadizo, un patio de armas, una zona para las caballerizas, el salón del trono… Tío, lo que has hecho es una cueva, una cueva pinchada de un palo y por eso tienes ahí al pequeño que ni se empata, que te mira como diciendo: «¡¡¡Dios, qué mula de padre tengo!!!». Y no lo dudes que lo piensa, no lo dice porque no puede ya que con un año no hay rapaz que hable, pero que lo piensa… vamos que si lo piensa. En confianza, si hasta tus amigos también lo piensan no lo va a pensar el crío, que te ve todos los días…

Y además de no saber ni lo que haces has cometido dos errores de bulto: uno, construir ese pseudocastillo cerca del mar, con lo cual al cuarto de hora ya están las olas destruyendo esa desfeita que acabas de hacer. Y dos, y la más importante, te has colocado justo al lado de un tipo que es la releche en esto de los castillos. Un miniaturista del copón que hasta ha traído una cajita con soldaditos de época para poner en las almenas tirando con arcos, con ballestas, con lanzas…

Sí, de acuerdo, ese pavo tiene cara de papón y seguro que lo es con esa cajita que da ganas de darle una patada y que acabe en el Gran Sol, pero ese no es el tema; el tema es que quieres hacer un condenado castillo y tú ni idea, pero tu hijo… tu hijo lo tiene claro, pero que muy claro: «¡¡Menuda mula de padre tengo!!». Y tienes suerte, porque yo soy el peque, paso de ti, le pido al otro que me adopte y le llamo papá.

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Una cosa que solo ocurre en Galicia en verano

Del libro Relatos de verano para reír todo el año (Amazon, tapa blanda y kindle). Mi única pretensión… que sonrías. Por la boca muere el pez, y el escritor si no come.

Cuando empiezan las vacaciones y vas por primera vez a la playa, sobre todo si tienes críos, pues de 6, 7 o 10 años, más o menos tiene lugar el mismo ritual que cálculo yo que en Galicia data ya de la época de los vikingos, si no antes. Llegas, estiras las toallas, sacas de bote protector y mientras los chavales van al agua, pues tú en plan vigilante yendo de un sitio a otro con los ojos puestos en los peques mientras chapucean.

Entonces, en tanto caminas y te fijas en las conchas arrastradas por el mar, ocurre algo dentro de ti que te emociona. Ves a los críos disfrutar, divertirse con otros de su misma edad y piensas, a la vez que se te llenan los pulmones de aire fresco: «¡qué bonito ser padre!», y hasta hay quien como en un acto de contrición se dice a sí mismo: «mi vida sin ellos… mi vida sin ellos… tal como vivía…».

Y así estás, como conmovido, a punto de que se te caiga una lagrimilla cuando oyes: «¡papá, veen¡, ¡papááá, veeeeen!». Y lo que es la vida, en instantes tu cerebro dice: «joé, esto de ser padre, meterme ahí con el frío que hace, ni de broma» y entonces piensas en lo hermosa que debe ser la vida de soltero, sin aguantar a estas bestiecillas, sin nadie, solo, pero absolutamente solo, pero como no lo estás… te acercas a la orilla y dices: «¡¡¡ahora voyyyy!!».

Mira, hay una fórmula matemática, pero no de ahora, si no de hace mucho tiempo, que es: velocidad es igual a espacio partido por tiempo; pues tú la destrozas, porque para quince metros que tienes que andar, adonde están tus hijos, te lleva casi media hora, que no hay animal en toda la fauna ibérica y mundial que sea así de lento. Y llega un momento, que es inherente al cargo de ser progenitor, que te metes en esas aguas galaicas y también tu inconsciente piensa: «estos se quedan huérfanos». Un frío, pero un frío…

Y tras cumplir con la tradición vuelves tiritando al arenal y se produce algo insólito que también solo sucede en estas tierras gallegas. En todo el Mediterráneo, pero en todo, incluye en esto Italia, Turquía, Albania, Egipto, Chipre, Libia, Croacia y Argelia… el personal sale del agua, coge de toalla y se seca. En Galicia no, en Galicia no te secas, te frotas, te das unas refriegas para entrar en calor y que te circule la sangre… que es mucho.

Pero esto no solo te ocurre a ti, ¡qué va!, sino a todos los que están en la playa, que a veces piensas si en vez de protector solar no será mejor llevar alcohol del 90 para darte un masaje y alcanzar temperatura estable o incluso un lingotazo. Y cuando ya estás bien, de repente haces casi de auxiliar de enfermería. Llega tu hijo temblando con los labios morados, como hinchados, y a darle unos frotis que solo te falta hacerle el boca a boca en plan prevención.

Mira, yo no conozco África ni falta que me hace; yo veo salir a mis hijas del agua, veo esos labios, me las imagino un poco más morenas y de ahí a apuntarlas ya a una maratón representando a Senegal, un paso; bueno, un paso, y si ganan algo… un chollo. Por cierto ¿a qué sabrá el alcohol del 90?, con hielo, me refiero.

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Nuevo libro: «Relatos de verano para reír todo el año

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es tratada-foto-relatos-verano-ebook.jpgUn libro para que pases un buen rato, disfrutes y sonrías

Claro, si fuera pescador pescaría un pez, si fuera abogado defendería a un acusado y, si fuera médico, mandaría al otro mundo a un par de ellos que conozco; pero como se me ha dado por escribir… pues un nuevo libro, Relatos de verano para reír todo el año. (Amazon, tapa blanda 13€ y ebook 2,99)

¿Y qué vais a encontrar en este nuevo volumen? Relatos de verano para reír todo el año solamente pretende que pases un rato agradable en el que se cuentan las mil y una situaciones que nos ocurren a todos en esa época estival-festival. Desde el niño que te da un pelotazo cuando estas tumbado en el arenal; el amigo ese plasta que te visita inesperadamente y se alegra, pero tú no.

También está el que no hace más que darte la brasa para que te bañes en su piscina, que por lo visto la compró para eso, para que tú bañes y no él. Sin olvidar al que va a una fiesta popular con sus tropecientos hijos, pierde uno y tiene la mala suerte de encontrarlo. Un libro de humor costumbrista que trata sobre el existir y resistir en una singular y peculiar época del año: El verano

Y para que entres en calor, te pongo tres de los casi 60 relatos que contiene el libro.

LA MOVIDA DE LAS PISCINAS

Creo, no, estoy seguro que un día de estos van a prohibir el verano o lo van a reducir porque la gente en esta época del año dice cosas muy raras, o al menos a algunos les van a hacer un test psicológico para comprobar si están preparados para estar un mes junto a otros congéneres.

Yo no sé si te pasa a ti o es que a mí me caen todas, que puede ser; pero no es la primera vez que me presentan a alguien y, en vez de comentarte a qué se dedica para entablar así una conversación y buscar puntos en común y de encuentro… pues no pasa ni media hora y te suelta: «Pues tenéis que visitarnos y venir a la piscina, que ¡el agua está genial!».

Yo cuando oigo eso, a punto estoy de decir que el agua la conozco, y también la electricidad e incluso el fuego y la rueda, pero por no molestar o coger una pértiga y largarme de allí… pues hablo del agua, y lo máximo que se me ocurre del H20 es decir lo fría que está en Galicia, es que no me da más de sí el tema.

Pues no me digas cómo, al que acabo de conocer me lleva a su chalé, a su piscina, y me empieza a contar cómo se construyó, que si el suelo y las juntas, que si este material y el otro, que si la impermeabilidad, que si las escaleras, que si las duchas, que si para no resbalar, que si le costó esto o lo otro, que cada cierto tiempo el cloro y el sistema de saneamiento…

Yo sinceramente soy muy prudente, pero mucho; en lo que va de verano me he metido entre neurona y neurona una docena de piscinas, una de ellas olímpica, siete trampolines, varios kilómetros de corcheras y un salto con tirabuzón carpado y no he dicho nada, pero nada de nada, mostrando un interés bárbaro por el asunto, y hasta me han dicho que soy muy agradable. Que también esto es raro, no hablas durante dos horas seguidas y dicen que eres muy agradable. Tampoco se trata de que quieras hablar de Kant, de la filosofía grecorromana o de los ovnis, pero del cloro… de la tabla periódica a mi edad… pero como el tío sigue con el cloro, medidas y proporciones, yo pienso: «¿Este tipo será analista? ¿habrá descubierto el agua?» «¿vivía en un desierto? pasan cosas tan raras…

De verdad que no entiendo la manía esa de invitar a la gente a la piscina, y menos sin flotador. A una comida… vale; a unos vinillos y tapeos… vale, a dar una vuelta en velero… vale, ¡pero a una piscina…! Y cuando ya el tema no da más de sí, ni yo tampoco, porque mentalmente has construido como 45.728 albercas y estás agotado, entonces el técnico experto en estanques y aljibes; o sea, en todo lo que es cóncavo y puede contener líquido, te dice: «¿quieres tomar una copa?». Y a ti, que te apetece un gin-tónic o una caña, por ejemplo, pues nada, que se te escapa y dices: «agua», qué se vas a decir ¿ginebra? ¿ron?, después de mil horas con el H20…

Sinceramente, o un día prohíben el verano o a algunos las vacaciones, que algo hay que hacer. Claro que, si me siguen diciendo que soy tan agradable, hasta igual pido que construyan más piscinas y si el agua tiene gas… mejor, así por lo menos aún me queda la posibilidad de, en un momento dado, autogasearme que, sinceramente, no lo descarto.

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EL CUBO Y LAS PALAS

 Hay algo más hermoso que el cubo y la palas… sí, lo hay: los excubos y las expalas; o sea, que hubieran sido un recuerdo al igual que la extinción de los dinosaurios o de los sarcosuchus imperator, que fueran a tomar viento, que no existieran e imposible reproducirlas. Pues no. Fíjate que se perdieron cosas en la glaciación ésa, desde animales y plantas hasta familias enteras que vivían de alquiler, pues resulta que justo el cubo y las palitas de marras no sucumbieron a la catástrofe, sino que incluso se multiplicaron por millones, con lo felices que seríamos todos los padres sin esos condenados útiles de verano…

Y es que cuando llega esta época de niveatur broncis, si tienes niños pequeños y vas a la playa, pues hay que hacer un castillo; y tú, que de castillo lo único que tienes es el apellido, que te llamas Miguel Ángel del Castillo… pues a hacer de arquitecto del medievo sin repajolera idea, que, de artista, también lo único que tienes es lo de Miguel Ángel porque el resto… Entonces, con una vocecita que porque estás con un niño se te perdona, que si no te encierra el Gobierno y te da una subvención porque te falta un hervor, empiezas: «Y aquí una torrecita, aquí la otra, y ahí la entrada. ¡Qué bonito queda ¿verdad?!».

Pero vamos a ver, joé, como que aquí una torrecita, aquí la otra y ahí la entradita… pero realmente tú crees que eso es un castillo… eso es una chapuza del 21. Tú qué crees, que el niño es tonto… que nunca ha visto castillos… pero tú mamón ¿sabes lo qué es la Xbox? Qué vas a saber lo que es la Xbox, si aún estás con el Juegos Reunidos Geyper de cartoncillo…

El chaval, que de castillos sabe más que tú, está esperando a que lo hagas con una muralla, con una empalizada, con un foso, un puente levadizo, un patio de armas, una zona para las caballerizas, el salón del trono… Tío, lo que has hecho es una cueva, una cueva pinchada de un palo y por eso tienes ahí al pequeño que ni se empata, que te mira como diciendo: «¡¡¡Dios, qué mula de padre tengo!!!». Y no lo dudes que lo piensa, no lo dice porque no puede ya que con un año no hay rapaz que hable, pero que lo piensa… vamos que si lo piensa. En confianza, si hasta tus amigos también lo piensan no lo va a pensar el crío, que te ve todos los días…

Y además de no saber ni lo que haces has cometido dos errores de bulto: uno, construir ese pseudocastillo cerca del mar, con lo cual al cuarto de hora ya están las olas destruyendo esa desfeita que acabas de hacer. Y dos, y la más importante, te has colocado justo al lado de un tipo que es la releche en esto de los castillos. Un miniaturista del copón que hasta ha traído una cajita con soldaditos de época para poner en las almenas tirando con arcos, con ballestas, con lanzas…

Sí, de acuerdo, ese pavo tiene cara de papón y seguro que lo es con esa cajita que da ganas de darle una patada y que acabe en el Gran Sol, pero ese no es el tema; el tema es que quieres hacer un condenado castillo y tú ni idea, pero tu hijo… tu hijo lo tiene claro, pero que muy claro: «¡¡Menuda mula de padre tengo!!». Y tienes suerte, porque yo soy el peque, paso de ti, le pido al otro que me adopte y le llamo papá.

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UNA VISITA A UNOS ACANTILADOS

 En esta época tan dada a no estar quietos, una de las cosas que se suelen hacer son excursiones, pequeños viajecillos para conocer sitios, para hacer miles de fotos y luego no saber si aquello era Tomelloso, La Gomera o Tui.

Y en esto viajecitos, sobre todo si es por el norte de España, es normal que un día te digan que hay unos acantilados preciosos desde donde se ve la inmensidad del océano y que si vas por la carretera comarcal C-1428-DL, el paisaje es impresionante, con unas vistas… Entonces vas tú con tu coche, el GPS, y llegas al acantilado.

Bueno, esto de llegar al acantilado hay que explicarlo: el acantilado como tal no aparece, así como así, como lo hace un árbol en la llanura de Castilla, una vaca en medio de un campo o una avispa en el parabrisas, no. Primero, ponle unos cinco kilómetros, subes una cuesta que parece que vas a despegar, y mientras asciendes, no falla. No has recorrido ni quinientos metros y tu mujer, esposa o acompañante, te dice frases como «mira que si nos caemos…» «mira que si pinchamos…» «y si nos quedamos sin gasolina…», que te da ganas de decirle: «No te preocupes, ¿ves aquel superpetrolero allá, en el medio del mar? pues le lanzo desde aquí una manguera y repostamos».

Y al poco rato… «tú mira al frente, no vayamos a chocar» «vete más despacio» «ten cuidado con…». Pues esto, no te lo pierdas mariló, es un viaje de placer, sí, de placer; es decir, que a los que van contigo no los has atado de pies y manos y metido en el coche a la fuerza, no, y estás seguro que no porque de hacerlo no se te olvidaría una cosa: amordazarlos, pero amordazarlos hasta que no pudieran decir ni «umm umm».

Y cuando ya has llegado a lo alto, pero a lo alto alto de todo, no tanto como al altísimo nuestro Señor, y donde lo lógico sería salir del coche y disfrutar de los acantilados con el mar de fondo… «¡Ay, vámonos!, que aquí que me da un miedo…» «¡ay, no salgáis del coche!» «¡venga venga, vámonos vámonos!».

 Yo cuando oigo esto pienso: «y si en vez de llevarlos por la cornisa cantábrica se asoman a la cornisa de casa, que más o menos es igual, y me ahorro esta serenata». Aunque también cavilas: «Y si para mayor seguridad los llevo a trescientos kilómetros de separación del acantilado… por León o Palencia, que a lo mejor disfrutan igual y me sale bastante más económico emocionalmente hablando…».

Y mientras desciendes por la zigzagueante carretera, tras ver el acantilado exactamente 2,085 segundos, lo que Mireia Belmonte hace en 200 mariposa, más de lo mismo: que si vete despacio, que te acercas mucho al desnivel, otra vez que si la gasolina, que se está haciendo de noche… y entonces recuerdas esos documentales en los que se ve un caza que tiene unos botones y que al pulsarlos allá va a tomar viento el piloto saltando de la cabina empujado por una fuerza del copón a 3.000 o 4.000 metros, e instintivamente los buscas para ver si saltan todos y desaparecen. Pero no, ¡que van a desaparecer!, y cuando llegas a donde veraneas y te encuentras a unos amigos, entonces oyes una frase que te destruye, que te deja impresionado, pero mucho más que los acantilados, pero vamos, muchísimo más.

Aunque tu mujer tenga aún la tensión a 328 y a punto esté de que le salten las venas por eso de la descompresión, les suelta, así como: «Venimos de un sitio maravilloso, pero maravilloso, unos acantilados… ¡tenéis que ir! ¡no os los podéis perder!». Y justo eso es lo que piensas: «Si supieras tú a quien deseaba yo perder…».

………….

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Las situaciones insólitas de las cabalgatas de Reyes

Si hasta los Reyes están con el agua al cuello… ya ni te cuento

Todos los años, o casi todos, las cabalgatas de Reyes tienen sus curiosidades; esos detalles que las hacen, digamos, un poco distintas, gajes típicos de Oriente, pero este año ha habido algunos muy curiosos.

En Oropesa del Mar iban los reyes tan felices en una zodiac cuando faltando unos diez metros para la playa, la embarcación volcó y allá se fueron al agua lo Magos, y aunque no les pasó nada, todavía hay dudas sobre qué ocurrió con los camellos y pajes, si se ahogaron o saben bucear de carallo, porque ni pista de ellos.

En Madrid, por lo visto, Gaspar ha sido, por su belleza, la atracción de las mujeres; sí, de las mujeres, no de las niñas y niños, no, de las con ya tienen unos añitos. Incluso alguna ha escrito en redes sociales: «ven a mi casa con o sin regalos que tienes los brazos abiertos», que supongo que lo de «brazos abiertos» es una figura literaria, que donde dice «brazos»… tú ya me entiendes, y no soy más explícito porque estoy escribiendo en horario infantil, exactamente son las 18.50 horas del 7 de enero del 2022.

Pues de todas estas situaciones, la más alucinante y surrealistas ocurrió hace unos años en un pueblo que ahora no recuerdo. El asunto fue que la cabalgata discurría por varias callejuelas; Melchor, Gaspar y Baltasar no tuvieron problemas en pasar, pero una carroza con la figura de Mickey Mouse no entraba, pero no porque fuera grande el armazón, no; lo que eran grandes, pero inmensas, eran las orejas del gilipolla ese del Mickey.

¿Qué hacer? ¿cómo solventar el problema? Si el muñeco se pudiera girar entraría con las orejas de canto, pero como no era el caso… no te lo pierdas, ¡¡¡le cortaron parte de las orejas!!!, como lo lees, ¡¡¡le cortaron las orejaaaas!!!, no una, ¡¡¡las dooos!!! como dos soles.

Vamos a ver. Yo soy un niño o una niña de cuatro o cinco años y veo en directo cómo a Espinete le cortan la nariz…. y tengo un trauma para toda la vida, que con esa edad te queda que ni te cuento; y si mi madre esta embarazada de mí y oigo lo que me imagino, no salgó ¡¡que diablos voy a salir!

Seguro que algún padre, al ver cómo le serraban las orejas, diría a sus hijos que no, que no le estaban haciendo nada, pero como estos chavalines se las aben todas, fijo que darían una patada al suelo y llorando dirían: «papá, tú eres bobo, ¡¡¡queque lelele cortaaaaron las orejasjajas!!!». Trauma Total II, en los mejores cines

Claro, hay situaciones que un padre no sabe muy bien qué hacer, si coger de hacha y arrancarle las orejas al alcalde, llevar directamente al chaval al psiquiatra y pedir descuento, porque un par de virus no hay quien se los quite, o admitir que eres bobo, que eso es lo más fácil; pero que vayas con tu niño o niña y ante los mismísimos Reyes Magos te digan que eres bobo… el hacha y a por el alcalde.

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El misterio de la mosca y las patitas en la cabeza

Estaba estos días de una actividad frenética; es decir, tumbado en el sofá y con una preciosa mesita al lado, no por su estética, sino por su contenido: móvil, mando de la tele, zumo de naranja, paquete de tabaco, pastel de merengue… una maravilla.

Pues en ese estado de celeridad, de dinamismo eléctrico, primero pensé en Ómicron, y como lo resolví inmediatamente, todos infectados, cavilé en otras cosas más importantes que nos afectan, al menos a mí, y mucho.

Y así estaba cuando vi una mosca en casa. Me fijé en ella y vi como movía sus patitas sobre la cabeza; claro, esto, me hizo replantear mi existencia desde el punto de vista de homo sapiens y la primera pregunta que me asaltó fue: ¿mueve las patitas para lavarse la cabeza, para limpiarla? ¿Las mueve para rascarse? ¿es una forma de avisar a otras que se separen porque van a iniciar el vuelo?

Ante estas dudas vitales cavilé mientras con una cucharilla cogía un poco de merengue y encendía un cigarrillo, que en la vida siempre hay cosas que no se pueden dejar de lado, que lo primero es lo primero.

¿Las mueve para lavarse la cabeza?, no creo, aunque habría que ver su testa con un megamicroscopio por si hay una minúscula gotita de agua. ¿Las mueve para rascarse?, ya sería muy raro, pero muy raro, que siempre tuviera un granito en la cabeza, que rascarse se rasca… seguro, pero siempre en el mismo sitio… no es posible.

Ya solo me queda la tercera opción: ¿es una forma de avisar a otras que se separen porque va a iniciar el vuelo?, esto también sería muy extraño porque era la única mosca que hay en casa. Esto me llevo a dos cinclusiones de una rapìdez mental impropia de mí: o esta mosca es ciega o es tonta. Y tras esta conclusión… ¡ay, mi querido amigo!, descubrí algo vital, algo que puede cambiar el mundo de la Biología, de la Zoología y si me apuras de la Psiquiatría y del trayecto en bus de Cedeira a Ponteceso.

¿Cómo vas a saber la vida de la mosca, de la paloma torcaz o de la babosa Ninja de Borneo si no eres mosca, paloma o babosa, aunque baboso igual sí? Entonces me percaté que el conocimiento humano que tenemos sobre toda la bichería está basado en falsedades, en creencias, en opiniones, pero en nada científico, constatable, en nada en plan «yo cuando fui mosca…» o «yo cuando fui babosa».

Y claro, ahora, cuando veo un documental sobre animalejos, no me creo nada, pero nada de nada y es solo oirlos y ando con la mos… ¡oh, noooo! ¿¡¡¡qué hace la mosca detrás de la orejaaaaa!!!?

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¿Inmunidad de rebaño?, pues yo ya me siento oveja

Yo no sé cómo explicarlo, porque aunque desde hace tiempo el Gobierno no habla de inmunidad de rebaño, yo me siento oveja; aunque si te soy sincero, me siento oveja desde que nací, y si me apuras, antes. No hay quien me lo quite, yo nunca fui Manuel Guisande, yo fui y soy ¡¡OVEJA!!.

¿Y por qué me siento oveja? ¿qué sucede para que tenga una sensación de que en vez de hablar, balo? ¿y cuando digo vestir me sale embestir?, pues todo está en la mirada. ¿Tú has visto alguna vez la mirada de una oveja? ¿las has visto bien, pero bien bien, sin complejos?

Te explico. Las ovejas tienen ojos saltones, que no es mi caso; pero su mirada es como quien dice sorprendido y en voz baja con toda la ternura del mundo «¿qué pasa…?». Pues eso me sucede a mí con esto de la Covid y no paro de preguntarme «¿qué pasa…?, ¿qué pasa…?»; hombre, también puede ser por lo de bovino, que yo a veces soy de un bobino que ni te cuento.

Pues entre que ya de nacimiento tengo tendencia hacia el ovis orentalis aries, que así se llama técnicamente este bicho lanar, con lo de la inmunidad de rebaño que hablaba el Gobierno, pues el asunto se me ha acentuado, ¡¡¡pero si hasta noto que tengo el pelo como encaracolado y no lo puedo peinaaaarrr!!

¿Y eso es malo? ¿es malo sentirse oveja?, pues no, sinceramente, no; yo cuando salgo de casa hago una labor ímproba; es pisar la acera y empiezo «mee, meee, meeeee» y te parecerá una tontería, pero cuando me escuchan veo unas caras tan alegres diciéndose unos a otros «¡¡ya tenemos inmunidad!! ¡¡ya tenemos inmunidad!! ¡¡ya tenemos inmunidad!!».

Yo sé que no es verdad, que de inmunidad de y que, no sé tú, pero yo ya estoy esperando la cuarta, quinta, sexta y como si me quieren inyectar suero de jamón y queso; va a ser ahora por dosis, si mi brazo ya está hecho a ello, que es quitarme la camisa para dormir y hasta siento dolor… pero oye, quitarle la alegría al personal me da un no sé qué…

A mí lo de ser oveja no me importa nada, pero nada nada; bueno molesta un poco eso de tener que embestir, eso sí; y ahí radica mi preocupación ¿hasta cuándo tengo que ser oveja?, es que tengo miedo porque no he oído a ningún millón de virólogos hablar de esto y como del virus se sabe tan poco, no vaya a ser que mute y que de oveja pase a cabra y de cabra a cabr… y eso, eso sí que no, querido Ómicron.

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