Una ciudad indestructible, eso creo

 Esto de la desaparición de los pueblos pues es como lo de los dinosaurios, de repente, por una causa ajena a tu voluntad, se monta una liada de no te mees en la estratosfera… y a tomar viento el diplodocus, el tiranosaurio rex, el braquiosaurio, toda su parentela y algún afectado por un ERE.

Y eso puede ocurrir en muchas ciudades del mundo, desde Siberia hasta Burkina Faso, menos en Ferrol; en Ferrol, no; en Girona… sí; en Guadalajara… también; en Johannesburgo… tal vez, pero en Ferrol… imposible.

Un pueblo puede desaparecer por muchas razones. Por ejemplo: una villa de Castilla, de doscientos habitantes, pues va a uno, le toca un viaje a Galicia en uno de esos sorteos de rasca y gana… viene a esta esquina verde, descubre que con una barquita, una red y paciencia puedes pescar y comer… pues llega al pueblo, les explica que eso de partirse el lomo con una azada para tres girasoles no es plan, y ¡hala!,  todos a Galicia. Cogen de enseres, los meten en los coches, en carromatos o colgados de la chepa y allí ni no que ni dios. Conclusión, pueblo desparecido.

Otra causa… pues el frío. Empiezan a bajar las temperaturas de diecisiete a diez grados y caen incluso de vez en cuando unos copitos de nieve… pues la gente se lo toma en plan «mira qué curioso» o «hacía tiempo que…». Que bajan a menos tres grados… pues ya empieza el personal a tiritar de frío y con conversaciones de «y sí…», «a lo mejor…».

Pues justo eso de a lo mejor, no, más bien a lo peor, porque pasada una semana llega el tinglado a menos veinte, unos días después a menos treinta, se quedan allí pajaritos y solo valen para trocearlos y hacer cubitos para gin-tónics. Ni rastro de vida.

Y lo mismo puede pasar lo contrario, que de diecisiete grados se pase a veinticinco  y la gente, que se ponía un jersey a medianoche, pues salga en manga corta; que luego se llega a los treinta… pues a tomar aguas y refrescos a lo bestia, que llega a los cuarenta… entonces ya hay tiros por un botellín y, una semana después, ni con protección 18.500 queda allí un ser vivo considerado como tal.

Pues todo esto y más, pero muchos más, incluso maremotos, terremotos e invasión de alienígenas podrían llevarse por delante Ferrol; imposible,  nunca, porque un pueblo, una ciudad que empieza por FE, no hay dios que acabe con ella. Eso creo.
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Rozando la inmortalidad, logré otra hazaña

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Portada (5)

Yo comprendo que lo de Edison y la bombillita esa tiene su mérito, relativo, pero lo tiene, igual que Marconi y la Radio. No lo niego, pero estos chavales, sinceramente, no creo que lleguen a mi altura en lo que se refiere a proezas que marcan y marcarán la Historia Contemporánea y el devenir de los tiempos.

Y es que, y no me duelen prendas, yo, Manuel Guisande, son ya cuatro las gestas conseguidas, a saber: pelar un huevo cocido con cuchillo y tenedor, que se requiere una destreza fuera de lo normal; superar a Felix Baumgartner, que se tiró desde una altura de 39.045 metros, lo que es incomparable con lo mío, que fue escribir un artículo sin respirar, sin oxígeno y sin sherpas, para lo que precisé varios años de agotador entrenamiento; y, por último, en vez de arrancar la lechuga, la cebolla y el tomate de la huerta para llevar a la mesa… ir con el vinagre, el aceite y la sal a la zona verde y tomar allí in situ una ensalada. Impresionante estas hombradas se miren por donde se miren.

¿Y cuál ha sido mi última hazaña? Ocurrió ayer, justo ayer a las nueve y cinco minutos (GMT) ni uno más ni uno menos. A esa hora, después de una buena ducha me dispuse a afeitarme. Así que cogí la espuma, me la eché en la cara, y con la maquinilla empecé a rasurarme.

Fue solamente bajar el artilugio manual por un lado y sentí un placer, pero de tal magnitud que resultaba difícil de asimilar. Entonces limpié parte del vaho del espejo y comprobé que seguía teniendo pelillos en el rostro e inmediatamente miré la maquinilla y… en efecto, me había olvidado de quitar la funda de la cuchilla.

Hasta aquí normal, digamos que fue un despiste; por lo que retiré el plastiquillo y me afeité como siempre. Y aquí amigos míos, para los que estamos hechos de otra pasta, viene lo que marca un antes y un después de la Humanidad  y que lo pueden hacer también las mujeres porque creo que en situaciones límite se afeitan las piernas.

Tras estar perfectamente rasurado pensé: Si con barba de tres días en la cara disfrute tanto ¿cómo será la sensación perfectamente trasquilado? Así que entonces cogí otra vez la espuma, me la eché en la cara, puse el protector al aparato cortante y… es que me emociono y perdonad si hay alguna falta hortografia en el testo, fue algo indescriptible.

Bajé el aparatillo  por la piel a toda velocidad, desde la mejilla izquierda a la derecha pasando por la barbilla y haciendo un giro hacia arriba (como el logo de nike) y fue el éxtasis total. ¡Qué gustazoooo!.

Entonces, ya más tranquilo, pensé en los hombres que realmente han hecho historia y qué relación podría haber entre ellos y solamente encontré dos: Cristóbal Colón y Manuel Guisande porque a ambos nos une algo que es como una señal del más allá, un designio de Dios.

Cristobalín descubrió América en 1492; yo esta epopeya la hice ayer, en el 2016 ¿Y hay algo en común? ¡Vamos que si lo hay! Mirad: el 2016, el 2 significa eso, que somos 2, Colón y yo; y el 16, del año 2016, está más que claro, si sumas los dígitos de la fecha del descubrimiento, 1492, te da 16. Increíble. Colón, yo, y nadie más. Es que lo sabía.

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«El hombre que quería ser gallego». Relato

 

El hombre que quería ser gallego

No sé si era de Cuenca, de Teruel o quizás de Jaén, no lo recuerdo bien; pero por razones que nunca explicó, quería ser gallego. Era como una obsesión, tal vez influenciado por eso que decían de las meigas, el esoterismo y las tradiciones mitológicas y ancestrales… Quizás fuera por eso, pero a ciencia cierta no lo puedo asegurar. Lo cierto era que su abuelo había nacido en Betanzos, una hermosa villa cercana a A Coruña, y que su padre le había hablado muchas veces de Galicia.

Un día, hojeando varios volúmenes en una librería, encontró uno que se titulaba Relatos de absurdo contenido; lo abrió, y en una página leyó: «Ser gallego no es una cuestión de nacer o no en Galicia; ser gallego es un concepto, una creencia, y casi cualquiera puede ser gallego. Es más, un gallego puede sentirse gallego un día, al siguiente turco para volver nuevamente a ser gallego y a la semana de Kazajistán. Todo depende de su sentimiento».

Entusiasmado por lo que acababa de leer, prosiguió con la lectura: «Galicia es como un centro de operaciones, al igual que la Nasa, desde donde se controlan los viajes espaciales, y los gallegos son los astronautas que viajan por todos los confines. El gallego —se decía en el libro— no tiene una tierra propiamente dicha. Si vive en Japón, por ejemplo, él está en Galicia;  y lo mismo sucede si habita en Australia o en la India. Prueba de ello es que, si te invita a comer y abre la nevera, tendrá siempre, sea el lugar que sea, su botella de ribeiro, sus mejillones, su pulpo… Galicia realmente no existe, es una sensación, es algo tan interno que es una cuestión puramente metafísica». Se alegró, anotó el correo electrónico del autor (manuel.guisande@yahoo.es) y le escribió una carta en la que le decía que deseaba hablar con él para que le explicara más en detalle lo que significaba «ser gallego».

Unos días más tarde recibió la contestación y ambos quedaron en verse en Betanzos, adonde se había ido a vivir hacía poco tiempo. Durante la conversación no pudo indicar por qué quería ser gallego, pero que le atraía esa gente que lo mismo residía en un país que en otro, que se adaptaba a cualquier circunstancia, que ante la adversidad ponía buena cara y que siempre estaban felices.

El escritor le aclaró algunos conceptos que no comprendía y otros como que las palabras bo y home son parte importante del léxico gallego y que, prácticamente, no se necesitan otras para comunicarse y entenderse. Le puso varios ejemplos, insistiendo en que esos vocablos no eran lo esencial, sino que se trataban de una seña de identidad externa, nada más. La clave, lo fundamental, lo que determinaba ser gallego estaba en el interior de uno mismo. Quedó bastante convencido de lo que escuchó, y antes de irse le comentó que iba a hacer varios viajes por Europa y que a su regreso quedaría con él para charlar nuevamente, pues le había parecido muy interesante todo lo que le había comentado.

Casi medio año después volvieron a verse en la misma localidad y entablaron una animada conversación en la que él de vez en cuando intercalaba bo y home; pero el escritor notó que cuando las pronunciaba estaban forzadas, un poco fuera de contexto, dichas en momentos en que no eran exactamente los apropiados. Él lo miró fijamente y le dijo al cabo de dos horas: «¿Sabes?, me siento gallego». «Y lo eres», contestó el escritor. «Lo dices por lo de bo y home, ¿no?», añadió mientras sorbía un vino tinto. «No, no; eres gallego, pero no por bo y home, lo eres por algo muy, pero que muy especial, que es la esencia del gallego», añadió el literato. «¿Cuál?», dijo sorprendido. El escritor soltó un bo e inmediatamente respondió: «Porque no hay dios que te entienda».

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FIRMA Ferrol, 22 abril, a las 19h, Central Librería (Real 71)

A Coruña, día 23, abril a las 13h, Librería Arenas (Cantón Pequeño 25)

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El comandante

No sabía muy bien por qué, pero siempre quiso ser piloto de aviación. Desde pequeño le atraía la aeronáutica y en su casa aún guardaba toda una colección de aviones de juguete que iban desde los primeros que empezaron a surcar los cielos hasta los más modernos.

Un problema en la vista le había impedido realizar los cursos de formación; sin embargo, él, con casi 50 años, se sentía comandante, aunque a nadie se lo decía para que no lo tomaran por loco. Desgraciadamente, sabía que en la sociedad en que vivía, contar las ilusiones, aunque fueran inalcanzables, era sinónimo de incomprensión, y por eso solía permanecer callado, como si no estuviera en este mundo, ausente; pero él, a su manera, hacía realidad su sueño.

Cuando llegaba a casa, se sentaba tranquilamente en una silla, sobre una mesa colocaba varios avioncitos a la altura de los ojos y con una potente lupa escrutaba hasta los más mínimos detalles: las formas de las hélices, de las alas, los timones, las cabinas, los mandos, los trenes de aterrizaje, las ruedas… eran reproducciones tan fieles, tan auténticas, tan extremadamente exactas que en ocasiones pensaba que, si pudiera volverse muy pequeñito, se introduciría en ellos y volaría. Eran pensamientos que iban y venían; luego retornaba a la realidad, a lo que era su trabajo: técnico en mantenimiento de ascensores.

Su quehacer diario nada tenía que ver con las aeronaves, pero cuando arreglaba una avería, imaginaba que los cables y chips del cuadro eléctrico del elevador eran las entrañas del motor de un Boeing o de un Airbus. Incluso a veces, cuando tenía que probar si el aparato funcionaba correctamente y accionaba alguna clavija para ponerlo en marcha, el sonido que producía era un sonoro y seco clic que identificaba con las comprobaciones del instrumental de vuelo para iniciar el despegue.

A su modo era feliz y, para seguir sintiendo esa pasión que tenía por volar, había alquilado un piso cerca de una gasolinera. No solo era por el olor a combustible, que le hacía creer que estaba en una pista de un aeropuerto a la espera de llenar los tanques de queroseno, sino también para acercarse al surtidor y, al ver como repostaba un coche, los números que marcaban los litros… 5, 20, 37, 50, 60… para él eran los pies que marcaba el altímetro y le indicaba cómo iba el ascenso.

En ocasiones, cuando en la estación de servicio se detenía un camión de gran tonelaje, lo que no sucedía habitualmente, bajaba inmediatamente de casa y disfrutaba viendo cómo llegaba a una altura de 300 y 400 metros que él multiplicaba por veinte. Entonces, de forma inconsciente, levantaba la cabeza, se ajustaba la corbata y miraba el cielo azulado sintiendo lo que era volar. Además, para darle un mayor realismo, para sentirse un auténtico comandante, solía llevar trocitos de algodón en los bolsillos, creaba diversas formas y figuras, las dejaba caer al suelo y, según descendían suavemente, las observaba al igual que si fueran nubes mientras su aeronave cortaba el firmamento.

Nadie conocía su secreto, pero mientras pilotaba irradiaba felicidad al escuchar el ruido de los motores de los automóviles que pasaban frente a la gasolinera y que para él eran los de su avión. Se sentía libre, con una paz infinita, y si por cualquier circunstancia no circulaban turismos y había un silencio absoluto, él, convencido de que había algún problema en el rotor, imaginariamente consultaba los datos del vuelo: altitud, velocidad, inclinación, temperatura… y en voz baja, sin que nadie lo oyera, informaba a la tripulación y al pasaje de lo que estaba sucediendo en tanto se ponía en contacto con la torre de control más próxima.

Nunca, pero nunca, había tenido un incidente y todos sus vuelos eran un ejemplo de suavidad tanto en el despegue como en el aterrizaje, y a veces hasta soñaba que daba charlas y conferencias sobre la profesión de comandante, la responsabilidad que suponía que de él dependieran cientos de vidas y cómo actuar en caso de una situación de emergencia.

Si tenía tiempo solía cambiar de gasolinera, iba a otras de la ciudad y de esta forma creía que se trataba de un vuelo transcontinental y que estaba en otro aeropuerto para hacer una escala técnica. Cuando esto sucedía, nada más llegar a la estación de servicio, con paso firme y decidido iba directamente a los lavabos y saludaba a los empleados, que para él era el personal de tierra. Hasta en más de una ocasión preguntaba si cambiaría el tiempo, para así estar al tanto de las posibles alteraciones meteorológicas y adoptar las medidas que consideraba oportunas para una mayor seguridad.

Muchas tardes las pasaba así, planificando viajes, rutas, pensando en alternativas ante posible eventualidades, memorizando los diversos protocolos y estudiando los nuevos avances de la navegación aérea. Por la noche, cuando se acostaba, tenía en su mesilla unos veinte relojes de diferentes tamaños dispuestos en arco frente a sus ojos. Cada uno de ellos marcaba distintas horas y, al apagar la luz, las manecillas fluorescentes resplandecían y creía que se trataba de un vuelo nocturno con todo el instrumental encendido al alcance de la vista. Había adquirido tal destreza y maña que, tumbado en cama y con una sola mano, era capaz de mover las agujas para modificar las características del vuelo.

Normalmente, tras una media hora tocando las manecillas se quedaba profundamente dormido hasta que la luz del día entraba por la ventana y la claridad le despertaba. Entonces miraba instintivamente los controles, se frotaba los ojos, bostezaba, se desperezaba, hacía que se ajustaba la corbata y para sí mismo confirmaba lo que siempre había pensado: los pilotos automáticos casi nunca fallan, pero el factor humano es imprescindible y para eso, él estaba allí.

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Un método para que la gente sonría en la calle

tropezarEs cierto eso que dicen que las ciudades son muy inhumanas, demasiado. La gente no habla, no te mira, no sonríe, no saluda… y entonces cuando lo haces… pues eres raro.

Tú vas a una parada de autobús (como me ha sucedido a mí muchas veces) y le dices a alguien a sí en plan tranquilo «pues hace buen tiempo…»,  y el tío o tía de turno te mira como extrañado, como si no fueras normal y, o dice «sí», y al minuto está al otro lado de la marquesina, o se queda callado.

A mí cuando me ocurre esto me da ganas de decirles: «Pero hombre, que solo he dicho sí, que no se trata de hacer una amistad para toda la vida, que tampoco me tienes que invitar a comer en casa, que solo he dicho que sí, pero por tu careto…». Entonces te da ganas de comentar: «Que mal día hace hoy ¿no?», a ver si así… ná, igual

Esto, como digo, me sucede a menudo; pero hace unos días me pasó una cosa que lo superó todo. Bajaba por un calle, cojo un cigarrillo y, normal, que no tengo fuego. Entonces miro para atrás y veo que viene una mujer de unos 40 años, le pregunto si tiene mechero, se para, busca en el bolso, coge uno, enciendo el pitillo, se lo devuelvo, me despido y sigo caminando detrás de ella. Total que a unos veinte metros llegamos a cruce; ella se detiene y gira hacia la derecha, yo igual, y de repente… de repente me mira ¡y se escapó!; sí, se ¡escapó corriendoooo!.

Mira yo no sé si el semáforo estaba en rojo, en verde, en naranja o gris marengo, yo lo único que vi fue a una tía hacer los cien metros lisos en 8,8 segundos y me quede allí, petrificado con el cigarrillo en la boca y los ojos como platos.

Pero he descubierto un sistema para que la gente sonría, y no falla nunca, pero nunca. ¿Qué cuál es?. Tropezar. Tú tropiezas o haces que tropiecen contigo… y la petarda tía atleta que se fugó o el percebe ese de la parada del autobús… bueno, una sonrisa por si te pasó algo, una preocupación, una educación, unos modales…

Yo desde que he descubierto esto no hago más que tropezar. Veo una calle y si hay pocas personas, no voy por ella; pero como encuentre una atestada de gente…..allá me voy de cabeza y en cuanto puedo tropiezo con alguien. Y como esto de tropezar no está claro de quién fue con quién…. unas caras de amabilidad y unas disculpas en plan «perdón es que fue al girar para coger al niño…» que te da ganas de decirle para ser más feliz «repítalo hombre, repítalo, que no fue al coger al niño, fue un poco antes».

Te lo juro que desde que practico esto me encantaría ya salir tropezando desde casa porque cuando regresas te dices: «Si es que la gente es de una buenaza, de una bondad, de una alegría, de una humanidad…». Lo único malo es cuando te acuerdas de esa frase que dice: «El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la  misma piedra», y debe ser verdad porque como tropieces dos veces con el mismo tío… me da que el asunto de la alegría se va al tacho.
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Iglesias, Rajoy, Sánchez y Rivera se citan más que en una casa de alterne

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A lo mejor aquí, en su ambiente, Sánchez, Iglesias, Rivera y Rajoy llegan a un acuerdo

Dicen los politólogos, y tienen razón, que lo que está ocurriendo ahora en España nunca ha sucedido; que nunca ha pasado, por el resultado de las elecciones, que un partido pueda conformar Gobierno sin la intervención de varios. Cierto, pero lo que no dicen es que el Parlamento más que un Parlamento parece un club de alterne donde ideas no, pero citas… las que quieras.

Un día Iglesias sube su cotización, su precio, diciendo que tiene que haber referendo; al día siguiente Sánchez se crece en plan Ibex y jura que no, con lo cual no hay cita. Entonces, días más tarde, Iglesias se pone de rebajas y comenta que no hay «líneas rojas», aunque nadie sabe si las hay blancas porque el asunto va de droga dura, y que sí puede haber cita.

De repente en el club aparece Rivera, Riverita I El niño de yo por el medio, que en plan maestro de cúchares, se cita con Sánchez y con Rajoy… pero no con Iglesias porque Iglesias no quiere e intercede Sánchez con otra cita, para que Iglesias se cite con Riverita I. Y entonces, en una maniobra de la reoca repiroca dice que tampoco le importa citarse otra vez con Rajoy, y Riverita I que con los dos, y que si fuera posible también se cita con Iglesias.

Y así… pues sinceramente, mientras estén en el Parlamento, estos no se entienden en años; ahora que si quedan todos, pero todos, en un club de alterne de la carretera de La Coruña, te digo yo que en una noche, en su ambiente, tenemos Gobierno fijo. Total, pagarles una juerga más… será por dinero… bo.
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La Letizia y su merde

letiLetizia en México antes de jugar a las cartas y que le tocara el Rey

Yo no tenía pensado hablar de la Letizia; ya sabes, la chica esa de la tele que jugó a las cartas y le tocó el Rey; la que se quitó el nombre de María en el Registro Civil por su relación católica con la Virgen María, y que en más de una ocasión dijo que era comunista, atea, y luego se casó por la Iglesia. En fin, cada uno es como es y otros ni saben como son, tiene que haber de todo.

El caso es que no tenía pensado hablar de ella porque el mundo de los parásitos, en el buen sentido de la palabra, no me interesa nada, pero cuando un parásito hace algo… pues te intriga, te llama la atención y te dices: «¡Vaya, ha hecho algo!», «¿qué habrá hecho?».

El asunto es que la chica de la tele, a su amigo y empresario Javier López Madrid, imputado por las tarjetas black, le envió un twit que textualmente dice: “Te escribí cuando salió el artículo de lo de las tarjetas en la mierda de LOC (suplemento de El Mundo) y ya sabes lo que pienso Javier. Sabemos quién eres, sabes quiénes somos. Nos conocemos, nos queremos, nos respetamos. Lo demás, merde. Un beso, compi yogui».

Claro, esto de decir «merde» en ese mundo de la reminiscencia que son las tribus, con un Rey que es inviolable y rodeado de chamanes-asesores, no es normal, pero no es normal si la Reina fuera eso, una Reina, pero al ser Reina postiza… pues qué esperas… si ese mundo no es el suyo…

Si fuera realmente Reina y no de carambola, pues la habrían educado de otra forma y con formas, pero como no es así, pues la chica de la tele suelta merde y menos mal que solo dijo eso o solo sabemos que dijo eso, que ese es otro tema.

Yo creo que lo mejor es  tratar de comprenderla porque ella más que de la Realeza es del Reality show, pero para ser del Reality show la verdad nos sale bastante cara porque podía hacer algo más que comprarse ropa e ir del brazo de su marido como si fuera un llavero. Y es que curiosamente he entrado en la web de la Casa Real, y la chica, en una semana, lo que ha hecho es ir a un concierto y a una exposición. De verdad neniña, ya que Reina Reina, en el sentido estricto no eres, y educada, por lo que se ve, tampoco mucho, al menos curra un poco hija.

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A ti, ¿qué es lo que más te impresiona en la vida?

arenilla

Pensar es fatal ¿verdad? Es que estos días, dándole y dándole al cerebro llegué a la conclusión que no comprendo cómo la gente se sorprende por ciertas cosas, y especialmente en vacaciones, que al personal se le da por ver y fotografiar y fotografiar todo, que luego ya no atina y lo mismo dice «mira que bonita es esta foto de Guadalajara» o «esta de Sant Sadurní del Vallés», cuando realmente es Estepona, se hacen tantas fotos a lo loco…

Yo lo que sé que llega a un megayate a un puerto de España y allá va todo dios a verlo, menos yo; va la gente a Estados Unidos, y lo primero que hace es ver y ver más y más rascacielos hasta que vuelve a España con vértigo, menos yo, que les echo así una ojeada con desdén, y listo. ¿Por qué?, ¿por algo especial?, ¿tal vez complejo de superioridad?, ¿de inferioridad?, ¿quizás simplemente complejo?.

Pues no lo sé, pero lo que sé es que me importa un verdadero bledo el megatrasatlántico y el hipermegaedificio porque al final todo se trata de una realidad, de algo archiconocido: las matemáticas. Sumas, restas, multiplicaciones, divisiones o ecuaciones... y ya con los resultados, lo mismo puedes construir un barquito de un centímetro que uno de ocho kilómetros, un edificio de cuatro plantas que uno de 8.888. Nada especial.

Entonces ¿qué me impresiona? ¿qué es lo que a mí me hace cavilar? ¿qué es lo que me hace pensar, meditar y sorprende en esta vida? Pues las arenillas; sí, esa arenilla que se te mete en un zapato es la que a mí me hace replantear para qué estoy aquí.

Es que el asunto es mucho. Vas con un amigo por una acera que ha sido limpiada y requetelavada por la mañana, de repente se para y dice: «espera, que se me ha metido una arenilla». Entonces saca de zapato, le da unos golpes al suelo, le da la vuelta al calzado, cae una arenilla, luego mete el pie y dice «vamos, ya está».

Y yo pienso «¿cómo que vamos?, ¿cómo que ya está?». Pero vamos a ver, en un suelo asfaltado de cualquier ciudad o en una acera con adoquines superlimpio ¿cuál crees tú que es la posibilidad que una arenilla, pero de esas que hay que verlas con un microscopio, se te meta en el zapato?, ¿cuál crees que es la probabilidad que con la punta del zapato o un borde les des justo justo a la de la arenilla y que como esa imagen a cámara lenta de una gota de gua que cae al vacío gire por el aire, dé no sé cuantas vueltas, vaya a la misma velocidad a la que andas y se meta en tu zapato, entre el calzado y el calcetín?, ¿una entre mil? ¿una entre mil millones?. Pues quizás más ¿y esto no es impresionante? ¿realmente esto no es alucinante?, ¿cómo que «vamos y ya está»?

Ni «vamos», ni «ya está».Yo cuando sucede esto pienso en el mundo, en si hay leyes desconocidas para el ser humano, en la complejidad del cosmos, en el mas allá, en el más acá, en las casualidades, en las probabilidades, en… ¿un trasatlántico, un rascacielos?, cuestión de matemáticas; pero lo de la arenilla… lo de la arenilla, como para quedarse de piedra.

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