Escribir biografías, un tema apasionante

Toda persona, cualquiera, tiene una historia interesante que contar

Quienes me leéis sabéis que he publicado relatos, novelas, cuentos infantiles, poesías, guiones de teatro… menos picar en la N-VI, lo que sea; y ya pensaba yo que no me quedaban así muchas cosas y estaba un tanto frustrado (porque no me gusta repetir géneros literarios) cuando de repente descubrí las biografías.

No mi autobiografía (que mi vida no me interesa a mí y menos creo que a vosotros, y hacéis bien)  sino la vida de otra persona. Pues estos días ando con una de un terrateniente hondureño, aunque también hay que decir que toda persona tiene una historia que contar, salvo, claro está, que te hayas pasado tu existencia yendo de casa al súper y del súper a casa, que como no cuente cómo evolucionó la mandarina en cincuenta años… pues tema tema, no le veo.

Lo de las biografías es flipante, bien sea de una persona que ha fallecido o que esté viva; te empiezan a dar datos y datos, fechas y fechas, haces cientos de preguntas y, al final, terminas sabiendo absolutamente todo de ella y cogiéndole cariño, como si fueras de su familia, aunque con la que tengo me llega y me sobra, si te contara… y no me digas tú, que seguro que estás en las mismas, que te conozco bacalao.

En esto de escribir sobre otra persona, si el personaje está vivo es más sencillo; pero si ha fallecido (como es el caso del terrateniente hondureño), necesitas ver muchas fotos, mirarle a los ojos, ver lo que rodea la fotografía, con quién, cómo y dónde está, y si tiene vídeos… mejor. Toda información es válida.

Claro que esto de las biografía, al menos en mi caso, tiene que cumplir una condición indispensable, que me sienta identificado con el personaje, porque si no, no puedo transmitir su dimensión, que es fundamental, y si no lo consigues… la biografía no sirve para nada.

Para eso hay cientos de empresas, aunque su método de trabajo no va conmigo; a estas le da los mismo que el personaje sea un leñador que un tornero fresador, con tal de cobrar… lo que sea. Unas suelen hacer unas cuatro entrevistas, de una hora cada una,  y ya con esa información les vale y,  otras, te piden una cinta grabada de varias horas y, en función de ella, hacen la biografía. Vamos, un desastre.

En fin, queridos amigos, aparte de desearos Feliz Navidad, pues eso, que por fortuna he descubierto una nueva vía de entretenimiento, en este caso, profunda, honda, mucho, como te diría yo… hondureña.

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¿Tú sabías que los gallegos hablan a los objetos?

Mira, yo esto de que el gallego auténtico hable a los objetos, el que sea, pero como si fueran seres humanos, con vida propia, lo descubrí hace tiempo cuando una señoriña entró en el  autobús de la empresa «Arriva España» (que tiene lo suyo para estas épocas) sacó de tarjeta, la puso sobre un aparato, no sonó el típico pitido y dijo: «¡ay!, hoy non quere».

Vamos, yo lo sé de toda la vida, pero igual tú no y por eso este artículo para; si eres gallego, que te des cuenta de ello y, si no lo eres, que nos conozcas, aunque eso de conocernos te puede llevar un buen rato, cinco o seis siglos, covid arriba covid abajo.

El conductor no sé que hizo con los dedos en el teclado del artilugio metálico (aunque por los movimientos  era la entrada de la Sinfonía nº 1 de Mahler, fijo) le dijo que pasara nuevamente la tarjeta por el aparato y tras otro silencio absoluto, la mujer espetó: «¿pero qué lle pasa hoxe?»,

Es decir, que la tarjeta es como tú o yo cuando nos ponemos burros, «non quere, non quere e non quere» y de vez en cuando enferma: tú o yo con fiebre y la tarjeta… a saber, como no habla… pero que algo le pasa, ni lo dudo

Yo me imagino que la señoriña, tras el viaje en autobús, llega a casa, saca la tarjeta, la pone sobre la mesa y se pone a hablar con ella como lo haría con su vecina o con una amiga para saber qué le sucede, y entre otras cosas le dice «mañán no me falles» o incluso la amenaza con «como me fagas outra, voute a cambiar, vou  y vou: arreó que si vou».

Los gallegos hablan a los objetos con naturalidad y lo mismo puede ser una tarjeta, una silla, una mesa, la cocina que un cohete aeroespacial… habla con todo; incluso con su vecino porque desde que le arrancó un árbol o se adentró en su finca, ese vecino ya para él no es un ser humano, sino un objeto más, como la tarjeta.

1 ¿Es posible conocer al gallego?

2 El gallego… siempre sorprendente

3. El gallego y las vaquiñas

4. El gallego, la aldea y los rapaces

5 el coronavirus en la aldea…. muy distinto, pero mucho mucho

5-A Galicia: ” ¡¡¡ Es que no puede serrrrr !!!

6 En la aldeas… todos son parientes

7 ¿El gallego?, un santo, se ilusiona por todo

8El curioso concepto que tiene el gallego de la puntualidad

9 Esto solo se le ocurre a un gallego, genial

10Tú crees que el gallego podría independizarse… ummm

11 El gallego y sus frases que te destrozan

12 El lugar más importante y especial para el gallego

13 Una cualidad desconocida del gallego

15 El gallego eso de la muerte.. lo borda, es que lo borda

16. Las interpretaciones de: «¡¡¡¡Ay miña madriñaaaa!!!!».

17 El gallego, un crack regateando

18 El gallego, el sacho y la patata

19 El gallego y el amor por los animales

20. La naturalidad del gallego, a veces… te “mata”

21. Ni lo dudo, el gallego domina el más allá

22. Tela cuando un gallego dice «¡¡¡ cajoenróssss !!!»

24. Joé cuando las nuevas tecnologías llegan a la aldea… ¡¡¡ madre de dios !!!

…………..

Blog: Al fondo a la derecha

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Covid, ¿quién dice que no se puede parar la economía mundial?

Para el sistema, con tal de que trabajes, no importa si estás o no confinado

Al personal, el sistema le mete axiomas en el cerebro, como si no hubiera otra posibilidad, que las cosas tienen que ser así y no de otra manera, para que todo siga funcionando perfectamente, pero perfectamente engranado para una minoría, los todopoderosos.

Esto es como cuando nos dicen no a la violencia y, después, se juntan varios países, se toma una resolución en la ONU y se invade una nación y se masacrea a la población. Eso, por lo visto, vale y no es violencia.

Pues ahora el axioma es que la economía mundial no se puede parar. ¿Quién lo dice? Supongamos que en todo el mundo, pero EN TODO EL MUNDO, a cada familia se le da una cantidad de dinero para exclusivamente comer y que se quede en casa; supongamos que solamente se paga y bien, a todas las personas que sostienen los servicios mínimos como el agua y la electricidad, quienes producen los alimentos hasta que llegan a los supermercados, sanitarios y Fuerzas de Seguridad del Estado.

Y supongamos (como ante situaciones extremas hay que tomar medidas extremas) ni sanciones ni gaitas, quien incumpla el confinamiento (pues juegan con la vida de los demás) se pasa una, dos o tres noches en prisión.

Si esto se aplica en todo el mundo, pero en todo el mundo ¿cuál es el problema? Ninguno. Todo el planeta tendría lo suficiente para lo indispensable: alimentarse, sanidad, servicios como la luz y agua, y confinados (creando un sistema de salidas de casa por horas, bien por el número de DNI u otras formulas) hasta que haya una vacuna.

El problema es cuando en medio de una pandemia mundial, las multinacionales y los todopoderosos quieren seguir con sus negocios,  vendiendo coches, ropa, calzado y un largo etcétera de productos que no son de primera necesidad, y nos comen el cerebro diciendo que hay que trabajar. ¿Trabajar?, ¿Trabajar para ellos, para que tengan más y más arriesgando tu vida?

Si esta medida que he expuesto se aplicara en todo el mundo y se potenciara al máximo la investigación para encontrar una vacuna, no pasaría nada, absolutamente nada, y cuando se acabara la pandemia, todo podría volver a funcionar como antes. Que la economía mundial se puede parar….naturalmente que sí, otra cosa es que se quiera. ¿Utópico?, solo quien lucha por una utopía mejora el mundo.

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La tristeza del Covid solo lo arregla Georgie Dann

GEORGIE

No le deis más vueltas, la única solución a esta situación veraniega entre tristeza y toques depres es que vuelva Georgie Dann, que aunque tiene ochenta años para una canción del verano le queda más que fuerzas. Si vuelve Georgie Dann prometo bailar todos los días el chundachunda que nos meta en el cerebro, pero no una vez, no, desde que me levante hasta que me acueste aunque tenga que ir a saltos por el pasillo como si fuera un grillo.

Mira; yo porque no soy el presidente del Parlamento Europeo, que si lo fuera me voy directo a la casa de Georgie y le digo que esto es más que una situación de emergencia comunitaria, que regresa a los escenarios y bailamos todos el tema que se le ocurra o que esta pandemia no hay dios que la arregle. Que esto no lo soluciona ni mil virólogos ni siete mil Fernandos Simón y menos Salvador Illa, el ministro filósofo, lo ideal para dirigir Sanidad.

Un buen chundachunda, pero de los buenos, de esos que no te deja pensar, que te tiene medio mareado, alelado, como grogui, inconsciente, como anestesiado es lo que necesitamos precisamente ahora.

Que sí que, antes de esta nueva normalidad, cuando Dann sacaba la canción del verano te acordabas de la familia de D. Georgie… cierto; que en ocasiones parecía que la canción te perseguía aunque te escondieses bajo la cama… también; que hubo momentos que a punto estuviste por denunciar a la comisión de fiestas porque eran las tres de la mañana y, según Georgie Dan, «el negro no puede…», correcto

Que llegaba a un punto en el que a finales de agosto no tenías ya muy claro si eras español o de Senegal porque el negro se te metía en todas partes del cuerpo, incluso en la dermis y la epidermis, y para mí (aunque mi familia dice que no, que son cosas mías) yo hasta como que se me ponía el pelo rizado y me encontraba más moreno… también. Y que a veces estabas solo y de repente cantabas «el negro no puede, el negro no puede» y a la vez te decías medio flipando, « ¡qué diablos hago yo cantando el negro no puede…!», en efecto.

Y que hubo momento que no ya sabías si era un negro o una tribu porque cambiabas de dial y allí también estaba el negro… pues también. Pero ahora no es el momento de echar leña al fuego; ahora más que nunca necesitamos de forma imperiosa a George Dann y  su chundachunda descerebrante y… ¡hombre!, si de paso nos dice que era lo que no podía el negro… pues que matamos dos pájaros de un tiro.  ¡Ay!, si fuera el presidente del Parlamento Europeo…

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25. Para el gallego todos los vecinos son buenos, si son de fuera

Uno de cada tres núcleos de población en Galicia está al borde de ...
Relato 25 y último. Como el confinamiento estricto ya ha desaparecido y se puede dar una vuelta, hoy publico mi último relato del libro ¿Cómos somos los gallegos?, depende 2ª parte.

Solo espero que durante estos días confinamiento os haya entretenido, si es así, ya no pido más Un fuerte abrazo y ya sabéis donde me tenéis que por encima de ser escritor, antes que nada soy vuestro amigo. CUIDAROS SIEMPRE
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Una de las cosas más raras del gallego es el concepto que tiene de la bondad o, lo que es lo mismo, cuando dice que una persona es buena. Tú le preguntas a un gallego cómo son los nuevos inquilinos que han llegado a una casa, que por lo general a pocos metros siempre hay una que se alquila, y te dice: «Moi moi boas persoas, no fan ruido, no sabes si están o  non, se entran o saen, non falan… unha maravilla, estamos encantados».

Céntrate y si tienes un café solo a mano pégale dos tragos para espabilar y si aún te quedan optalidones de cuando eras niño hazte un bocata que malos no son. Mira, yo he estudiado este tema muchos años y aún ahora, con más de sesenta y la tarjeta dorada de Renfe, es que no lo pillo. Le doy vueltas y vueltas y que no, como que mi cerebro rechaza la idea, el planteamiento, que no entra en él.

Vamos a ver, tú llegas a la aldea después de un mes porque has estado fuera, preguntas a tu vecino qué tal son los que se han instalado y si te dicen que no hacen ruido, que no sabes si entran o salen, si duermen o no y que no hablan…, yo lo primero que pienso, porque estamos en Galicia, es que se dedican al contrabando de tabaco o que han subido de nivel y están ya con el uranio enriquecido o el polonio, pero que son «boas persoas, estamos encantados»… me da que eso sería lo último que diría.

Que son personas, sí, en eso estamos de acuerdo todos, incluso las vacas, está claro, porque para las pocas veces que los han visto tienen brazos y piernas, orejas y nariz, pero ojos no se sabe bien porque no te miran, pero ya con esos antecedentes físicos se presupone; pero que «son boas persoas e estamos encantados…».

Pues que no alcanzo a comprender esto porque yo estaría todos los días colgado de la ventana de casa o cuerpo a tierra con unos prismáticos a ver qué hacen, e incluso, haciéndome el despistado trataría de ir a su casa para pedirles sal, azúcar…, esas cosas que tanto unen a los vecinos y a ver si veo algo extraño, pero de encantado… ¡¡¡¡cómo voy a estar encantado, por diosssssss !!!! estaría neurótico comprando todo un equipo de localización nocturna.

Yo no veo a mis nuevos vecinos en un mes y cambio todas las cerraduras, monto barricadas, trincheras, trampas y todos los sistemas disponibles de defensa, y a la familia les digo que vamos a jugar a los soldados y todos a hacer guardias.

Estoy seguro que estaría tan obsesionado que sería levantarme por la mañana y en vez de decir buenos día diría: «¿Alguna novedad en el frente? porque eso lo tengo claro que allí, justo allí, delante de la puerta de mi casa está el frente.

Y si aun así no consiguiese nada al cabo de varios meses, pasaría al método «queteveo», y como en esas películas de las cárceles en las que se fugan dos o tres, colocaría tremendo foco a la altura de la chimenea cuya luz giraría despacito yendo de izquierda a derecha y de derecha a izquierda para iluminar el acceso a mi vivienda, así en plan «yo de encantado nada».

Pero también estoy seguro de que mis vecinos, ante las preguntas de si los han visto, si saben ya quiénes son y a que se dedican me dirían: «¡¡¡¡Ay Jisande, vas tolear!!!!». Y, sinceramente, no sé si voy a enloquecer, pero en cuanto me dieran la tarjeta de platino, que no sé si la hay,  voume, y entonces sí, ya en Singapur, si me preguntaran por los inquilinos, no tendría dudas: «¿Los nuevos vecinos?, encantadores, pero es que encantadores en-can-ta-do-res».

 

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24. Joé cuando las nuevas tecnologías llegan a la aldea… ¡¡¡ madre de dios !!!

Cómo elegir una desbrozadora de mano económica y potente

Relato 25 del libro ¿Cómo somos mos los gallegos?, depende 2ª parte
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Lo de los avances tecnológicos en la aldea no es que estén mal vistos, pero el gallego en general es reticente a ellos; hay algo así como «eso es un lío», y como tiempo tiene de sobra ya que vive de su pensión y de un huerto para matar las horas, pues cuando se pone a trabajar prefiere hacerlo como siempre: a mano.

Obvio es decir que algunos adelantos fueron aceptados y que con ellos mejoró en mucho la vida del gallego, como el tractor para los agricultores o la motosierra para los madereros, que el Ibuprofeno tiene un límite y aunque tomes pastillas a paladas no hay quien te mitigue esos dolores de espalda; pero lo que es, digamos, herramientas modernas y caseras, no están mucho por la labor y cuando lo están…, tela cuando lo están.

Gelito, un vecino que se dedicaba a limpiar fincas, siempre lo hacía todo con la fouciña; cogía de instrumento manual, se inclinaba hacia adelante en un ángulo de cuarenta y cinco grados, se acercaba a las silvas y dale que te dale, como el padre que le da un cachete en el culo al hijo por hacer una trastada, pero a lo bestia, una furia, una ira, una violencia…

La vida de Gelito y la de la aldea no sufría alteraciones relevantes, incluso diría que había días que todo transcurría a cámara lenta hasta que un día compró una desbrozadora, que para quien no lo sepa es una máquina como una escoba que lleva un pequeño motor y en cuyo extremo hay unos hilos o cuchillas que al girar se llevan por delante cualquier mala hierba.

El primer día que la utilizó nos dimos cuenta porque se oía ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm y claro, una abeja, que era a lo que más se parecía, poco probable, pero lo que ya nos confirmó que no era un insecto fue  oír a grito pelado «¡¡¡¡cajoenrós!!!!», «¡¡¡¡a madre que te pareu!!!!», que eso no sé si venía en las instrucciones o fue una contribución de Gelito al mundo de la combustión líquida.

Como el ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm seguía y seguía, pues allí nos acercamos todos a ver la novedad, y joé con la novedad…, a Gelito solo le faltaba un traje de camuflaje; iba de un lado a otro a toda velocidad, a la izquierda, a la derecha, hacia adelante, hacia atrás, todo era vertiginoso.

Gelito sudaba, se sacaba la gorra de Maderas Sánchez, se pasaba la manga de la camisa por la cabeza y la frente y, sin parar, lo mismo cortaba briznas de hierbas a ras de suelo, que ramas de árboles o le daba a las manzanas a ver si caían.

Tan ilusionado estaba Gelito y con tanto ímpetu se había adentrado en las nuevas tecnologías que de vez en cuando se le encasquillaba el arma, porque no hay quien me lo quite de la cabeza que aquello era un arma, y entonces tras un par de «cajoenrós» y una docena  de «a madre que te pareu», no sé qué hacía con unos destornilladores que la ponía nuevamente en marcha y… ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm», «ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm.

Como a mí me gusta el motociclismo, te lo juro que hubo momentos que estando en casa y al oír el ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm me imaginaba a Marc Márquez o a Valentino Rossi haciendo trazadas por las aldea, pero claro, una carrera puede durar cincuenta minutos y lo de Gelito eran horas y horas, por lo que deduje que su especialidad, más que la velocidad, era la resistencia.

Y es que el ruido no paraba. Estabas tranquilamente escribiendo en el ordenador… y de repente… ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm; ibas un día a leer un libro mirando los árboles de la finca…, lo abrías y… ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm.

Mi familia dice que no, que nunca me he movido por nada, salvo para temas de trabajo, pero yo les aseguraba que, aun estando quieto, tenía una sensación de velocidad y que todo pasaba volando, que incluso los días me parecían más cortos al oír el ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm, aunque luego me explicaron que era por otra cosa, que estábamos ya en enero y no en julio.

Ni que decir tiene que con Gelito llegué a un acuerdo institucional en el que, como hombres de palabra, no hizo falta firmar ningún papel para que durante la siesta no utilizara la desbrozadora; y por supuesto, también sobra decir que al cabo de un mes quemó el motor.

Yo no sé qué dijo de una válvula o de una chispa; pero lo que sé es que hasta llegó la nueva desbrozadora…, una tranquilidad, un sosiego, una calma, una paz… hasta que un día… ñiuuuummmmm, ñiuuummmm, ñiuuummmmm. Un estrés y un susto la repentina aparición de la maquinaria… y nuevamente, no me digas cómo, mi mente se fue directamente a Márquez y Rossi, pero para mí que ese año quien ganó fue Gelito.

 

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22. Tela cuando un gallego dice «¡¡¡ cajoenróssss !!!»

Relato 22, del libro ¿Cómo somos los gallegos?, depende 2ª parte. Animo


Municipios gallegos alertan de

Esto de hablar, de expresarse, de comunicarse es muy distinto en las ciudades que en las aldeas, pero que muy distinto, distintísimo. En las urbes, tú oyes a un tío decir una ristra de tacos sin parar y lo primero que piensas es: «¿Y este bestia un día será padre?», después: «A ver si todos tenemos suerte y es impotente», y por último: «Este tío es un maleducado».

Esto no ocurre en estos maravillosos lugares en los que como mucho viven diez o doce habitantes; en estos sitios las palabrotas y las blasfemias no son tales, es como decir «buenos días» o «encantado de verte»; es más, si alguien no te dice un taco…, como que no le caes bien o, como dice Maruja: «Iste non é da miña orquesta».

Que te digan un taco en la aldea no es un insulto, es como una presentación en sociedad, como una puesta de largo, como si don Vito Corleone te besara en la mejilla y te dijera «ya sei de la famiglia», y entonces pasas a formar parte de la vida rural, de una civilización desconocida, más avanzada de lo que te imaginas y en la que destaca la inteligencia.

Tú en una aldea dices «pareces bobo» y quedas de auténtica pena, haces un ridículo espantoso; ahora, tú dices «me cajo na Vir…» y sin especificar si es María, Teresa, Dolores o Eulalia y quedas que nin diola.

¿Y cuáles son estas frasecillas que unen tanto? Pues las hay para todos los gustos, aunque las más abundantes son aquellas que empiezan por «cajo». Tú oyes un «cajo» y lo que viene después es inesperado, como el gallego. Las más familiares son «cajo na madre que te pareu», «cajoenrós», «cajo en dios» o «cajo nacona», utilizando esa diferencia sexual de la mujer, que no me digas por qué se utiliza, pero tú di «cajo nacona» y quedas bien; ahora, que te da no sé qué decir eso y prefieres decir «eres tonto…», allá tú si quieres vivir aislado y te hacen el vacío.

Pero los «cajos» tienen una variante que depende de lo que estés haciendo; si son unas ramas que quieres cortar y no puedes… «cajo na rama que la pareu»; si se trata de una punta en una madera…, «cajo no clavo de cristo»; cualquier objeto vale para ponerle un «cajo».

Y con estas, más «vai tomar vento, «vai tomar polo cú» y el típico «carallo», pues ya tienes para empezar a entrar en ambiente, que luego ya vienen otras que son así como muy singulares de la zona como «prejiceiro», que es lo mismo que decir vago, o «pirocho», que es lo mismo que decir que eres bobo.

Los tacos en la aldea son una forma de expresarse con cariño y una demostración palpable , pero que muy palpable, de que el gallego es trabajador, mucho,  porque si no oyes nada, es que allí no se pega palo al agua, pero tú escuchas un «¡¡¡¡cajoenrósssssss !!!!» con más decibelios que un Airbus… y es que se está currando currando, pero currando de eso, de carallo.

 

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21. Ni lo dudo, el gallego domina el más allá

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21. Ni lo dudo, el gallego domina el más allá

De Valença do Minho a Monçao – Gata con botas

Relato 21 del libro ¿Cómo somos los gallegos?, depende, 2ª parte
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Cierto es que el gallego no es Dios, pero poco le falta o a mí me lo parece porque resulta imposible de entender que domine la naturaleza hasta límites insospechados porque si no… que alguien me explique cómo viendo el cielo y así, como si nada, con una ojeada, sea capaz de saber si va a llover, cuánto tiempo y que no falle.

Yo no conozco ser humano que pueda afinar tanto con las condiciones meteorológicas, y os lo juro que no me fumé un canuto y que lo que te voy a contar lo viví, aunque no me lo creía y todavía sigo sin creerlo.

Un día en la aldea, Luis de Vilachá, que para que me entiendas lo mismo te arregla un enchufe que si se pone te hace un trasplante de hígado, vamos que es capaz de estropear y arreglar todo al mismo tiempo, estaba haciendo unas obras en una casa y, claro, en ellas, aunque de miranda, participamos todos.

Que si el tabique central está aquí, que por allí pasa el muro de contención, que esa viga de castaño no va a caer que lleva ahí más de cien años… y entonces, ya que estás echas una mano, aunque a mí me tienen por inútil y cuando digo que ayudo, solo oigo: «¡¡¡¡Sal de ahí oh!!!!». Y así estábamos cuando Luis miró para el cielo y dijo: «Vai chover, casi entramos na casa e lojo sejimos».

Yo oí eso y tuve dos pensamientos que fueron al unísono: Uno, el más importante, fue poner unos vinos porque en la aldea no se entiende un descanso si un vino o una cerveza. Y el segundo fue mirar al cielo, como al infinito, y sí, en efecto, allá, pero como muy allá, muy a lo lejos, había algo grisecillo, medio oscurillo, una nubecilla, pero vamos, tan pequeña ella…

Al verla, me dije a mí mismo: «Y aquello va a llegar hasta aquí y va a llover…», y no añadí nada más porque me parecía imposible y, sobre todo, porque para entonces, al lado de los vasos, aparecieron dos botellas de vino, pan y chorizo y tuve esa sensación de que no era el momento de que alguien me fuera a sacar de dudas, bebiendo todo el personal a una velocidad de un vaso por minuto…, como para pararse alguien a explicarme lo de la nubecilla.

Así que, siguiendo ese refrán de «dónde fueres, haz lo que vieres», pues cogí de viandas, vaso de tintorro y, cuando ya me había olvidado de la meteorología…, un chaparrón…, no unas gotitas, no, un chaparrón tela. Y así estaba, aún lloviendo, cuando Luis de Vilachá, sin mirar el reloj ni na dijo: «Comedes a ostia; veña, acabar xa, que isto para e hai que traballar».

Alucinante, fue decir eso, y terminar prácticamente con lo que habían puesto en la mesa, cuando Luis de Vilachá salió de la casa y, como si el tiempo en vez de clima fuera un autobús, dijo: «Xa parou», y se dirigió al cubo del cemento que yo a punto estuve de ir al psiquiátrico para que me lo explicaran.

Yo pensaba que alguien iba a decir algo ante semejante hecho, que es en Roma o Jerusalén y como hay Dios que juran que es un milagro; pues nada, como si fuera lo más normal, cada uno siguió en su puesto ayudando a Luis con los calderos, el agua, el cemento…

En tanto seguíamos con la obra yo todavía no daba crédito a lo vivido hasta que Luis se paró, encendió un cigarrillo y dijo: «Hoxe sí, hoxe sí que fixemos ¡¡eh!!». Algo más comentó, pero realmente no sé qué dijo porque yo estaba como levitando ante lo sucedido, volvimos a entrar en la casa, aparecieron otras botellas que se acabaron en segundos y cuando ya Luis se iba a ir le pregunté: «Oye, Luis, ¿cómo sabías que iba a llover cinco minutos e iba a parar?».

Si te soy sincero me esperaba, pues un cierto razonamiento, una explicación, un algo o incluso que dijera que fue casualidad, pero no; Luis me miró extrañado y entonces la respuesta me desequilibró mentalmente: «Home, ¿non o viches?». La respuesta no la entendí bien; bueno, ni yo ni el resto de Europa ni un chamán, y cuando le insistí, pues otra con la que a punto estuve de agonizar: «É que é eisí, ven a nube, chove e se vai». Y visto así, pues como que es muy sencillo, viene la nube, llueve y se va. La verdad es que no sé cómo no había caído antes.

 

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20. La naturalidad del gallego, a veces… te “mata”

A Casa Dos Martinez / Cooking Blog. : POSTALES DESDE LA ALDEA..

Relato 20
Uno más, un día menos, eso esperamos todos. ANIMO
———————————————————————————————————————————–

De los encuentros entre la cultura urbana y la rural, cuando alguien va a a la aldea, cuando se trata de la sencillez y la naturalidad no se libra nadie, ni hombres ni mujeres, ni niños ni niñas, ni abuelos o abuelas, salvo que estén muertos, que entonces… pues que se libran.

Y así le ocurrió a mi hija Victoria cuando tenía unos cinco o seis años, que Maruja la acogió como si fuera su hija y le enseñaba todo tipo de cosas del mundo rural. Yo, la verdad, asistí a alguna conversación entre mi vecina y mi hija y no entendía a ninguna de ellas, ni el tema del que charlaban ni lo que decían, pero como una vez Victoria, estando yo escribiendo, se acercó a mí, apoyó su cabecita en mi hombro y en voz baja me dijo: «Papá, tú no eres normal, pero para bien»… pues qué quieres que te diga, entre que me ahorré una explicación paternofilial y que ellas eran felices hablando…, para qué me iba a meter.

Tras varios días, una mañana, Victoria, a la que hubo que aclararle que no se trataba de un perrocan, sino que en gallego se utiliza más la palabra can que perro para designar al bicho ese de las dentelladas, salió de casa toda pizpireta tras decirme que no había pegado ojo porque un gallo había estado toda la noche cacareando y que se lo iba a comentar a Maruja.

Yo comprendo que para una niña de cinco o seis años años «no pegar ojo» una noche debe ser tremendo, aunque dudo que ella sepa lo que es para unos padres estar durante dos o tres seguidos acunándola, pero tampoco es cuestión aquí de teorizar.

El caso es que a la media hora, como si fuera una experta diplomática en conflictos intersectoriales, Vito regresó a casa y comentó que había hablado con Maruja y que ya lo iba a solucionar. No sé ya si era media tarde, cuando desde lo lejos se oyó un grito: «¡¡¡¡Victoriña veennnnnn, Victoriña vennnnnn!!!!»; Vito salió escopetada de casa, y aún estaba resonando el eco de «¡¡¡¡Victoriña veennnnnn, Victoriña vennnnnn!!!!», cuando se escuchó otro entre lágrimas: «¡¡¡¡Pa-pa-papaaaá, pa-pa-papaaaaaaá, pa-pa-papaaaaaá !!!!», y como ese era yo, ya que vi que nadie más se levantaba, pues también salí a ver qué sucedía.

Los niños tienen eso; que cuando están llorando desconsolados y te acercas para que te digan la causa de esa angustia, todavía nadie ha conseguido que el chaval te explique entre sollozos lo ocurrido y te lleves de por medio un «no entiendessssss» o un «eres tontooo», fruto, obviamente, del nerviosismo, que tú educarlos…, vamos que si los tienes educados.

Cierto es que el tema tenía su cosa porque cuando llegó a la casa de María más feliz que Caperucita Roja con el cestito para la abuelita, para entonces mi vecina tenía el gallo cogido por el cuello y tras decirle: «iste é o que non te deixa dormir», le arreó un tajo en el cuello que la pobre Vito salió espantada.
Ni que decir tiene que la niña se sentía culpable por la muerte del gallo, que no comimos pollo en meses, y eso que estaba de oferta, que hasta los huevos fritos les teníamos así como reparo y que para entonces ya éramos dos los que no pegábamos ojo: mi hija, que se despertaba, y yo que la consolaba. Cosas de la naturalidad.

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III. Un enfermo muy listillo

Los coches del Tour de Francia - We Love Cycling - Spain Relato III Volvemos con otro relato, un enfermo muy listillo, del libro Relatos de absurdo contenido. Animo, aunque me da que acabaremos en bañador en casa 😉 ___________________________________________________________________________________________ 

 Estaba destrozado, las listas de espera en la Seguridad Social era tan largas que ya no sabía qué hacer para curar sus frecuentes dolores estomacales, que  le producían insoportables retortijones.

La cita con el especialista la tenía para dentro de tres meses y cada vez que pensaba en ello, automáticamente comenzaba a sentirse mal; pero un día, viendo la televisión, se dio cuenta de que en el ciclismo estaba la solución.

No es que creyera que haciendo deporte se pondría bien, y aunque así fuera, no estaba dispuesto a hacer ninguna actividad, a realizar un esfuerzo que fuera ir más lejos que andar al estanco a por tabaco. Cualquier tratamiento lo aceptaba, como si tuviera que tomar 20 o 140 pastillas diarias, pero moverse, hacer ejercicio a sus 50 años… ni de broma.

Un día a media tarde, viendo la Vuelta Ciclista a España se percató de cómo los periodistas que retransmitían la prueba, en ocasiones, comentaban que tal o cual corredor se acercaba al coche médico para que lo atendieran. Cuando esto sucedía, por el televisor veía que el deportista se agarraba a la puerta del vehículo, no pedaleaba y era llevado tranquilamente mientras un auxiliar sanitario sacaba el cuerpo por la ventanilla y le ponía un vendaje o le suministraba algún líquido en alguna parte del cuerpo, según fuera el percance que hubiera tenido.

Sin pensárselo dos veces, acudió a una tienda de deportes, compró una bicicleta de carreras y toda la equipación, incluido un aerodinámico casco de colores con visera muy oscura, lo que le alegró enormemente. Miró en Google y comprobó que la salida de la etapa del día siguiente era en Vilamayor del Condado, a tan solo 80 kilómetros de donde vivía.

Analizó las diferentes rutas para llegar a la localidad y allá se fue en su turismo, vestido de ciclista y con la bici en un anclaje sobre el techo de su R-5, que parecía de posguerra. Nada más llegar sabía que lo único que tenía que hacer era localizar el coche médico, subirse a su Orbea Avant, ponerse el casco que le cubría prácticamente todo el rostro, acudir al punto de partida y, una vez iniciada la etapa, ir al vehículo y explicarle al doctor que tenía un fuerte dolor estomacal.

No habían pasado ni cinco minutos desde que los ciclistas se habían puesto en marcha cuando se arrimó al turismo y consiguió agarrarse a duras penas a la puerta. Sudoroso por el esfuerzo realizado, casi no tenía aliento para decirles a los ocupantes que padecía intensos ardores, que no era un dolor continuo, sino más bien esporádico, como punzadas.

l facultativo pidió a su ayudante unas pastillas y le indicó las dosis que tenía que tomar. Tras guardarlas en el maillot, disimuladamente dejó que el coche siguiera su ritmo, paró en un lado de la carretera, se echó en un descampado entre unos arbustos y, ya más tranquilo, sacó el bidón con agua e ingirió los medicamentos.

Días más tarde, en casa, las molestias habían remitido, y una semana después desaparecido; pero al mes volvieron de nuevo, aunque con menor intensidad. Entró nuevamente en Google, comprobó que la siguiente etapa comenzaba en Burgos e hizo lo mismo que en Vilamayor del Condado: se acercó al coche y explicó su dolor, a la vez que comentaba que hacía unos días le habían dado unas medicinas pero que…

El facultativo habló con su ayudante y le entregó otras distintas advirtiéndole de que eran más fuertes. ¡Y que si eran! Increíblemente con ese nuevo tratamiento se encontraba genial, ni un síntoma. Dos meses sin padecer malestar alguno le pareció milagroso, por lo que inmediatamente averiguó quién era el especialista.

Se llamaba Mario Angelo Franelli, italiano, nacido en la Toscana, con una dilatada trayectoria profesional en el ámbito de la medicina deportiva, concretamente en el ciclismo profesional de ruta en carretera. Averiguó también que era el médico oficial de las carreras más importantes que se celebraban en Europa y que en muchas ocasiones sus servicios eran solicitados también por los organizadores de otros países, especialmente de Sudamérica.

En aquel momento decidió que el tal Mario Angelo Franelli sería su médico de cabecera, y que si lo fue, vamos que si lo fue; durante años, sin que nadie lo sospechara, se hacía revisiones periódicas. Para ello, lo único que tenía que hacer era acudir a las carreras que fijaba el calendario ciclista, buscar la etapa, presentarse con la misma indumentaria que la de algún equipo participante y siempre con ese casco que impedía que alguien pudiera ver que no se trataba de un jovenzuelo.

De esta forma, además de a la Vuelta Ciclista España, en ocasiones acudía al Tour o al Giro, e incluso a pruebas que tenían lugar en otros continentes. Como le decían sus amigos: «Estás genial, le has dado un giro a tu vida…». «¿Un Giro?, y seis o siete también», pensaba él.

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