Mala idea, presumir de arquitecto en la playa ante tu hijo

Del libro Relatos de verano para reír todo el año (Amazon, tapa blanda y kindle). Mi única pretensión… que sonrías; bueno, si lo compras… también.

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Hay algo más hermoso que el cubo y la palas… sí, lo hay: los excubos y las expalas; o sea, que hubieran sido un recuerdo al igual que la extinción de los dinosaurios o de los sarcosuchus imperator, que fueran a tomar viento, que no existieran e imposible reproducirlas. Pues no. Fíjate que se perdieron cosas en la glaciación ésa, desde animales y plantas hasta familias enteras que vivían de alquiler, pues resulta que justo el cubo y las palitas de marras no sucumbieron a la catástrofe, sino que incluso se multiplicaron por millones, con lo felices que seríamos todos los padres sin esos condenados útiles de verano…

Y es que cuando llega esta época de niveatur broncis, si tienes niños pequeños y vas a la playa, pues hay que hacer un castillo; y tú, que de castillo lo único que tienes es el apellido, que te llamas Miguel Ángel del Castillo… pues a hacer de arquitecto del medievo sin repajolera idea, que, de artista, también lo único que tienes es lo de Miguel Ángel porque el resto… Entonces, con una vocecita que porque estás con un niño se te perdona, que si no te encierra el Gobierno y te da una subvención porque te falta un hervor, empiezas: «Y aquí una torrecita, aquí la otra, y ahí la entrada. ¡Qué bonito queda ¿verdad?!».

Pero vamos a ver, joé, como que aquí una torrecita, aquí la otra y ahí la entradita… pero realmente tú crees que eso es un castillo… eso es una chapuza del 21. Tú qué crees, que el niño es tonto… que nunca ha visto castillos… pero tú mamón ¿sabes lo qué es la Xbox? Qué vas a saber lo que es la Xbox, si aún estás con el Juegos Reunidos Geyper de cartoncillo…

El chaval, que de castillos sabe más que tú, está esperando a que lo hagas con una muralla, con una empalizada, con un foso, un puente levadizo, un patio de armas, una zona para las caballerizas, el salón del trono… Tío, lo que has hecho es una cueva, una cueva pinchada de un palo y por eso tienes ahí al pequeño que ni se empata, que te mira como diciendo: «¡¡¡Dios, qué mula de padre tengo!!!». Y no lo dudes que lo piensa, no lo dice porque no puede ya que con un año no hay rapaz que hable, pero que lo piensa… vamos que si lo piensa. En confianza, si hasta tus amigos también lo piensan no lo va a pensar el crío, que te ve todos los días…

Y además de no saber ni lo que haces has cometido dos errores de bulto: uno, construir ese pseudocastillo cerca del mar, con lo cual al cuarto de hora ya están las olas destruyendo esa desfeita que acabas de hacer. Y dos, y la más importante, te has colocado justo al lado de un tipo que es la releche en esto de los castillos. Un miniaturista del copón que hasta ha traído una cajita con soldaditos de época para poner en las almenas tirando con arcos, con ballestas, con lanzas…

Sí, de acuerdo, ese pavo tiene cara de papón y seguro que lo es con esa cajita que da ganas de darle una patada y que acabe en el Gran Sol, pero ese no es el tema; el tema es que quieres hacer un condenado castillo y tú ni idea, pero tu hijo… tu hijo lo tiene claro, pero que muy claro: «¡¡Menuda mula de padre tengo!!». Y tienes suerte, porque yo soy el peque, paso de ti, le pido al otro que me adopte y le llamo papá.

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Del libro Relatos de verano para reír todo el año (Amazon, tapa blanda y kindle)

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1.- Tres relatos y presentación del libro

2.- Una cosa que solo ocurre en Galicia en verano

3.-

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Una cosa que solo ocurre en Galicia en verano

Del libro Relatos de verano para reír todo el año (Amazon, tapa blanda y kindle). Mi única pretensión… que sonrías. Por la boca muere el pez, y el escritor si no come.

Cuando empiezan las vacaciones y vas por primera vez a la playa, sobre todo si tienes críos, pues de 6, 7 o 10 años, más o menos tiene lugar el mismo ritual que cálculo yo que en Galicia data ya de la época de los vikingos, si no antes. Llegas, estiras las toallas, sacas de bote protector y mientras los chavales van al agua, pues tú en plan vigilante yendo de un sitio a otro con los ojos puestos en los peques mientras chapucean.

Entonces, en tanto caminas y te fijas en las conchas arrastradas por el mar, ocurre algo dentro de ti que te emociona. Ves a los críos disfrutar, divertirse con otros de su misma edad y piensas, a la vez que se te llenan los pulmones de aire fresco: «¡qué bonito ser padre!», y hasta hay quien como en un acto de contrición se dice a sí mismo: «mi vida sin ellos… mi vida sin ellos… tal como vivía…».

Y así estás, como conmovido, a punto de que se te caiga una lagrimilla cuando oyes: «¡papá, veen¡, ¡papááá, veeeeen!». Y lo que es la vida, en instantes tu cerebro dice: «joé, esto de ser padre, meterme ahí con el frío que hace, ni de broma» y entonces piensas en lo hermosa que debe ser la vida de soltero, sin aguantar a estas bestiecillas, sin nadie, solo, pero absolutamente solo, pero como no lo estás… te acercas a la orilla y dices: «¡¡¡ahora voyyyy!!».

Mira, hay una fórmula matemática, pero no de ahora, si no de hace mucho tiempo, que es: velocidad es igual a espacio partido por tiempo; pues tú la destrozas, porque para quince metros que tienes que andar, adonde están tus hijos, te lleva casi media hora, que no hay animal en toda la fauna ibérica y mundial que sea así de lento. Y llega un momento, que es inherente al cargo de ser progenitor, que te metes en esas aguas galaicas y también tu inconsciente piensa: «estos se quedan huérfanos». Un frío, pero un frío…

Y tras cumplir con la tradición vuelves tiritando al arenal y se produce algo insólito que también solo sucede en estas tierras gallegas. En todo el Mediterráneo, pero en todo, incluye en esto Italia, Turquía, Albania, Egipto, Chipre, Libia, Croacia y Argelia… el personal sale del agua, coge de toalla y se seca. En Galicia no, en Galicia no te secas, te frotas, te das unas refriegas para entrar en calor y que te circule la sangre… que es mucho.

Pero esto no solo te ocurre a ti, ¡qué va!, sino a todos los que están en la playa, que a veces piensas si en vez de protector solar no será mejor llevar alcohol del 90 para darte un masaje y alcanzar temperatura estable o incluso un lingotazo. Y cuando ya estás bien, de repente haces casi de auxiliar de enfermería. Llega tu hijo temblando con los labios morados, como hinchados, y a darle unos frotis que solo te falta hacerle el boca a boca en plan prevención.

Mira, yo no conozco África ni falta que me hace; yo veo salir a mis hijas del agua, veo esos labios, me las imagino un poco más morenas y de ahí a apuntarlas ya a una maratón representando a Senegal, un paso; bueno, un paso, y si ganan algo… un chollo. Por cierto ¿a qué sabrá el alcohol del 90?, con hielo, me refiero.

Del libro Relatos de verano para reír todo el año (Amazon, tapa blanda y kindle) Por la boca muere el pez, y tambien el escrito si no come.

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1.- Tres relatos y presentación del libro

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Nuevo libro: «Relatos de verano para reír todo el año

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es tratada-foto-relatos-verano-ebook.jpgUn libro para que pases un buen rato, disfrutes y sonrías

Claro, si fuera pescador pescaría un pez, si fuera abogado defendería a un acusado y, si fuera médico, mandaría al otro mundo a un par de ellos que conozco; pero como se me ha dado por escribir… pues un nuevo libro, Relatos de verano para reír todo el año. (Amazon, tapa blanda 13€ y ebook 2,99)

¿Y qué vais a encontrar en este nuevo volumen? Relatos de verano para reír todo el año solamente pretende que pases un rato agradable en el que se cuentan las mil y una situaciones que nos ocurren a todos en esa época estival-festival. Desde el niño que te da un pelotazo cuando estas tumbado en el arenal; el amigo ese plasta que te visita inesperadamente y se alegra, pero tú no.

También está el que no hace más que darte la brasa para que te bañes en su piscina, que por lo visto la compró para eso, para que tú bañes y no él. Sin olvidar al que va a una fiesta popular con sus tropecientos hijos, pierde uno y tiene la mala suerte de encontrarlo. Un libro de humor costumbrista que trata sobre el existir y resistir en una singular y peculiar época del año: El verano

Y para que entres en calor, te pongo tres de los casi 60 relatos que contiene el libro.

LA MOVIDA DE LAS PISCINAS

Creo, no, estoy seguro que un día de estos van a prohibir el verano o lo van a reducir porque la gente en esta época del año dice cosas muy raras, o al menos a algunos les van a hacer un test psicológico para comprobar si están preparados para estar un mes junto a otros congéneres.

Yo no sé si te pasa a ti o es que a mí me caen todas, que puede ser; pero no es la primera vez que me presentan a alguien y, en vez de comentarte a qué se dedica para entablar así una conversación y buscar puntos en común y de encuentro… pues no pasa ni media hora y te suelta: «Pues tenéis que visitarnos y venir a la piscina, que ¡el agua está genial!».

Yo cuando oigo eso, a punto estoy de decir que el agua la conozco, y también la electricidad e incluso el fuego y la rueda, pero por no molestar o coger una pértiga y largarme de allí… pues hablo del agua, y lo máximo que se me ocurre del H20 es decir lo fría que está en Galicia, es que no me da más de sí el tema.

Pues no me digas cómo, al que acabo de conocer me lleva a su chalé, a su piscina, y me empieza a contar cómo se construyó, que si el suelo y las juntas, que si este material y el otro, que si la impermeabilidad, que si las escaleras, que si las duchas, que si para no resbalar, que si le costó esto o lo otro, que cada cierto tiempo el cloro y el sistema de saneamiento…

Yo sinceramente soy muy prudente, pero mucho; en lo que va de verano me he metido entre neurona y neurona una docena de piscinas, una de ellas olímpica, siete trampolines, varios kilómetros de corcheras y un salto con tirabuzón carpado y no he dicho nada, pero nada de nada, mostrando un interés bárbaro por el asunto, y hasta me han dicho que soy muy agradable. Que también esto es raro, no hablas durante dos horas seguidas y dicen que eres muy agradable. Tampoco se trata de que quieras hablar de Kant, de la filosofía grecorromana o de los ovnis, pero del cloro… de la tabla periódica a mi edad… pero como el tío sigue con el cloro, medidas y proporciones, yo pienso: «¿Este tipo será analista? ¿habrá descubierto el agua?» «¿vivía en un desierto? pasan cosas tan raras…

De verdad que no entiendo la manía esa de invitar a la gente a la piscina, y menos sin flotador. A una comida… vale; a unos vinillos y tapeos… vale, a dar una vuelta en velero… vale, ¡pero a una piscina…! Y cuando ya el tema no da más de sí, ni yo tampoco, porque mentalmente has construido como 45.728 albercas y estás agotado, entonces el técnico experto en estanques y aljibes; o sea, en todo lo que es cóncavo y puede contener líquido, te dice: «¿quieres tomar una copa?». Y a ti, que te apetece un gin-tónic o una caña, por ejemplo, pues nada, que se te escapa y dices: «agua», qué se vas a decir ¿ginebra? ¿ron?, después de mil horas con el H20…

Sinceramente, o un día prohíben el verano o a algunos las vacaciones, que algo hay que hacer. Claro que, si me siguen diciendo que soy tan agradable, hasta igual pido que construyan más piscinas y si el agua tiene gas… mejor, así por lo menos aún me queda la posibilidad de, en un momento dado, autogasearme que, sinceramente, no lo descarto.

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EL CUBO Y LAS PALAS

 Hay algo más hermoso que el cubo y la palas… sí, lo hay: los excubos y las expalas; o sea, que hubieran sido un recuerdo al igual que la extinción de los dinosaurios o de los sarcosuchus imperator, que fueran a tomar viento, que no existieran e imposible reproducirlas. Pues no. Fíjate que se perdieron cosas en la glaciación ésa, desde animales y plantas hasta familias enteras que vivían de alquiler, pues resulta que justo el cubo y las palitas de marras no sucumbieron a la catástrofe, sino que incluso se multiplicaron por millones, con lo felices que seríamos todos los padres sin esos condenados útiles de verano…

Y es que cuando llega esta época de niveatur broncis, si tienes niños pequeños y vas a la playa, pues hay que hacer un castillo; y tú, que de castillo lo único que tienes es el apellido, que te llamas Miguel Ángel del Castillo… pues a hacer de arquitecto del medievo sin repajolera idea, que, de artista, también lo único que tienes es lo de Miguel Ángel porque el resto… Entonces, con una vocecita que porque estás con un niño se te perdona, que si no te encierra el Gobierno y te da una subvención porque te falta un hervor, empiezas: «Y aquí una torrecita, aquí la otra, y ahí la entrada. ¡Qué bonito queda ¿verdad?!».

Pero vamos a ver, joé, como que aquí una torrecita, aquí la otra y ahí la entradita… pero realmente tú crees que eso es un castillo… eso es una chapuza del 21. Tú qué crees, que el niño es tonto… que nunca ha visto castillos… pero tú mamón ¿sabes lo qué es la Xbox? Qué vas a saber lo que es la Xbox, si aún estás con el Juegos Reunidos Geyper de cartoncillo…

El chaval, que de castillos sabe más que tú, está esperando a que lo hagas con una muralla, con una empalizada, con un foso, un puente levadizo, un patio de armas, una zona para las caballerizas, el salón del trono… Tío, lo que has hecho es una cueva, una cueva pinchada de un palo y por eso tienes ahí al pequeño que ni se empata, que te mira como diciendo: «¡¡¡Dios, qué mula de padre tengo!!!». Y no lo dudes que lo piensa, no lo dice porque no puede ya que con un año no hay rapaz que hable, pero que lo piensa… vamos que si lo piensa. En confianza, si hasta tus amigos también lo piensan no lo va a pensar el crío, que te ve todos los días…

Y además de no saber ni lo que haces has cometido dos errores de bulto: uno, construir ese pseudocastillo cerca del mar, con lo cual al cuarto de hora ya están las olas destruyendo esa desfeita que acabas de hacer. Y dos, y la más importante, te has colocado justo al lado de un tipo que es la releche en esto de los castillos. Un miniaturista del copón que hasta ha traído una cajita con soldaditos de época para poner en las almenas tirando con arcos, con ballestas, con lanzas…

Sí, de acuerdo, ese pavo tiene cara de papón y seguro que lo es con esa cajita que da ganas de darle una patada y que acabe en el Gran Sol, pero ese no es el tema; el tema es que quieres hacer un condenado castillo y tú ni idea, pero tu hijo… tu hijo lo tiene claro, pero que muy claro: «¡¡Menuda mula de padre tengo!!». Y tienes suerte, porque yo soy el peque, paso de ti, le pido al otro que me adopte y le llamo papá.

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UNA VISITA A UNOS ACANTILADOS

 En esta época tan dada a no estar quietos, una de las cosas que se suelen hacer son excursiones, pequeños viajecillos para conocer sitios, para hacer miles de fotos y luego no saber si aquello era Tomelloso, La Gomera o Tui.

Y en esto viajecitos, sobre todo si es por el norte de España, es normal que un día te digan que hay unos acantilados preciosos desde donde se ve la inmensidad del océano y que si vas por la carretera comarcal C-1428-DL, el paisaje es impresionante, con unas vistas… Entonces vas tú con tu coche, el GPS, y llegas al acantilado.

Bueno, esto de llegar al acantilado hay que explicarlo: el acantilado como tal no aparece, así como así, como lo hace un árbol en la llanura de Castilla, una vaca en medio de un campo o una avispa en el parabrisas, no. Primero, ponle unos cinco kilómetros, subes una cuesta que parece que vas a despegar, y mientras asciendes, no falla. No has recorrido ni quinientos metros y tu mujer, esposa o acompañante, te dice frases como «mira que si nos caemos…» «mira que si pinchamos…» «y si nos quedamos sin gasolina…», que te da ganas de decirle: «No te preocupes, ¿ves aquel superpetrolero allá, en el medio del mar? pues le lanzo desde aquí una manguera y repostamos».

Y al poco rato… «tú mira al frente, no vayamos a chocar» «vete más despacio» «ten cuidado con…». Pues esto, no te lo pierdas mariló, es un viaje de placer, sí, de placer; es decir, que a los que van contigo no los has atado de pies y manos y metido en el coche a la fuerza, no, y estás seguro que no porque de hacerlo no se te olvidaría una cosa: amordazarlos, pero amordazarlos hasta que no pudieran decir ni «umm umm».

Y cuando ya has llegado a lo alto, pero a lo alto alto de todo, no tanto como al altísimo nuestro Señor, y donde lo lógico sería salir del coche y disfrutar de los acantilados con el mar de fondo… «¡Ay, vámonos!, que aquí que me da un miedo…» «¡ay, no salgáis del coche!» «¡venga venga, vámonos vámonos!».

 Yo cuando oigo esto pienso: «y si en vez de llevarlos por la cornisa cantábrica se asoman a la cornisa de casa, que más o menos es igual, y me ahorro esta serenata». Aunque también cavilas: «Y si para mayor seguridad los llevo a trescientos kilómetros de separación del acantilado… por León o Palencia, que a lo mejor disfrutan igual y me sale bastante más económico emocionalmente hablando…».

Y mientras desciendes por la zigzagueante carretera, tras ver el acantilado exactamente 2,085 segundos, lo que Mireia Belmonte hace en 200 mariposa, más de lo mismo: que si vete despacio, que te acercas mucho al desnivel, otra vez que si la gasolina, que se está haciendo de noche… y entonces recuerdas esos documentales en los que se ve un caza que tiene unos botones y que al pulsarlos allá va a tomar viento el piloto saltando de la cabina empujado por una fuerza del copón a 3.000 o 4.000 metros, e instintivamente los buscas para ver si saltan todos y desaparecen. Pero no, ¡que van a desaparecer!, y cuando llegas a donde veraneas y te encuentras a unos amigos, entonces oyes una frase que te destruye, que te deja impresionado, pero mucho más que los acantilados, pero vamos, muchísimo más.

Aunque tu mujer tenga aún la tensión a 328 y a punto esté de que le salten las venas por eso de la descompresión, les suelta, así como: «Venimos de un sitio maravilloso, pero maravilloso, unos acantilados… ¡tenéis que ir! ¡no os los podéis perder!». Y justo eso es lo que piensas: «Si supieras tú a quien deseaba yo perder…».

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(Amazon, tapa blanda 13€ y ebook 2,99)

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Las situaciones insólitas de las cabalgatas de Reyes

Si hasta los Reyes están con el agua al cuello… ya ni te cuento

Todos los años, o casi todos, las cabalgatas de Reyes tienen sus curiosidades; esos detalles que las hacen, digamos, un poco distintas, gajes típicos de Oriente, pero este año ha habido algunos muy curiosos.

En Oropesa del Mar iban los reyes tan felices en una zodiac cuando faltando unos diez metros para la playa, la embarcación volcó y allá se fueron al agua lo Magos, y aunque no les pasó nada, todavía hay dudas sobre qué ocurrió con los camellos y pajes, si se ahogaron o saben bucear de carallo, porque ni pista de ellos.

En Madrid, por lo visto, Gaspar ha sido, por su belleza, la atracción de las mujeres; sí, de las mujeres, no de las niñas y niños, no, de las con ya tienen unos añitos. Incluso alguna ha escrito en redes sociales: «ven a mi casa con o sin regalos que tienes los brazos abiertos», que supongo que lo de «brazos abiertos» es una figura literaria, que donde dice «brazos»… tú ya me entiendes, y no soy más explícito porque estoy escribiendo en horario infantil, exactamente son las 18.50 horas del 7 de enero del 2022.

Pues de todas estas situaciones, la más alucinante y surrealistas ocurrió hace unos años en un pueblo que ahora no recuerdo. El asunto fue que la cabalgata discurría por varias callejuelas; Melchor, Gaspar y Baltasar no tuvieron problemas en pasar, pero una carroza con la figura de Mickey Mouse no entraba, pero no porque fuera grande el armazón, no; lo que eran grandes, pero inmensas, eran las orejas del gilipolla ese del Mickey.

¿Qué hacer? ¿cómo solventar el problema? Si el muñeco se pudiera girar entraría con las orejas de canto, pero como no era el caso… no te lo pierdas, ¡¡¡le cortaron parte de las orejas!!!, como lo lees, ¡¡¡le cortaron las orejaaaas!!!, no una, ¡¡¡las dooos!!! como dos soles.

Vamos a ver. Yo soy un niño o una niña de cuatro o cinco años y veo en directo cómo a Espinete le cortan la nariz…. y tengo un trauma para toda la vida, que con esa edad te queda que ni te cuento; y si mi madre esta embarazada de mí y oigo lo que me imagino, no salgó ¡¡que diablos voy a salir!

Seguro que algún padre, al ver cómo le serraban las orejas, diría a sus hijos que no, que no le estaban haciendo nada, pero como estos chavalines se las aben todas, fijo que darían una patada al suelo y llorando dirían: «papá, tú eres bobo, ¡¡¡queque lelele cortaaaaron las orejasjajas!!!». Trauma Total II, en los mejores cines

Claro, hay situaciones que un padre no sabe muy bien qué hacer, si coger de hacha y arrancarle las orejas al alcalde, llevar directamente al chaval al psiquiatra y pedir descuento, porque un par de virus no hay quien se los quite, o admitir que eres bobo, que eso es lo más fácil; pero que vayas con tu niño o niña y ante los mismísimos Reyes Magos te digan que eres bobo… el hacha y a por el alcalde.

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El misterio de la mosca y las patitas en la cabeza

Estaba estos días de una actividad frenética; es decir, tumbado en el sofá y con una preciosa mesita al lado, no por su estética, sino por su contenido: móvil, mando de la tele, zumo de naranja, paquete de tabaco, pastel de merengue… una maravilla.

Pues en ese estado de celeridad, de dinamismo eléctrico, primero pensé en Ómicron, y como lo resolví inmediatamente, todos infectados, cavilé en otras cosas más importantes que nos afectan, al menos a mí, y mucho.

Y así estaba cuando vi una mosca en casa. Me fijé en ella y vi como movía sus patitas sobre la cabeza; claro, esto, me hizo replantear mi existencia desde el punto de vista de homo sapiens y la primera pregunta que me asaltó fue: ¿mueve las patitas para lavarse la cabeza, para limpiarla? ¿Las mueve para rascarse? ¿es una forma de avisar a otras que se separen porque van a iniciar el vuelo?

Ante estas dudas vitales cavilé mientras con una cucharilla cogía un poco de merengue y encendía un cigarrillo, que en la vida siempre hay cosas que no se pueden dejar de lado, que lo primero es lo primero.

¿Las mueve para lavarse la cabeza?, no creo, aunque habría que ver su testa con un megamicroscopio por si hay una minúscula gotita de agua. ¿Las mueve para rascarse?, ya sería muy raro, pero muy raro, que siempre tuviera un granito en la cabeza, que rascarse se rasca… seguro, pero siempre en el mismo sitio… no es posible.

Ya solo me queda la tercera opción: ¿es una forma de avisar a otras que se separen porque va a iniciar el vuelo?, esto también sería muy extraño porque era la única mosca que hay en casa. Esto me llevo a dos cinclusiones de una rapìdez mental impropia de mí: o esta mosca es ciega o es tonta. Y tras esta conclusión… ¡ay, mi querido amigo!, descubrí algo vital, algo que puede cambiar el mundo de la Biología, de la Zoología y si me apuras de la Psiquiatría y del trayecto en bus de Cedeira a Ponteceso.

¿Cómo vas a saber la vida de la mosca, de la paloma torcaz o de la babosa Ninja de Borneo si no eres mosca, paloma o babosa, aunque baboso igual sí? Entonces me percaté que el conocimiento humano que tenemos sobre toda la bichería está basado en falsedades, en creencias, en opiniones, pero en nada científico, constatable, en nada en plan «yo cuando fui mosca…» o «yo cuando fui babosa».

Y claro, ahora, cuando veo un documental sobre animalejos, no me creo nada, pero nada de nada y es solo oirlos y ando con la mos… ¡oh, noooo! ¿¡¡¡qué hace la mosca detrás de la orejaaaaa!!!?

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¿Inmunidad de rebaño?, pues yo ya me siento oveja

Yo no sé cómo explicarlo, porque aunque desde hace tiempo el Gobierno no habla de inmunidad de rebaño, yo me siento oveja; aunque si te soy sincero, me siento oveja desde que nací, y si me apuras, antes. No hay quien me lo quite, yo nunca fui Manuel Guisande, yo fui y soy ¡¡OVEJA!!.

¿Y por qué me siento oveja? ¿qué sucede para que tenga una sensación de que en vez de hablar, balo? ¿y cuando digo vestir me sale embestir?, pues todo está en la mirada. ¿Tú has visto alguna vez la mirada de una oveja? ¿las has visto bien, pero bien bien, sin complejos?

Te explico. Las ovejas tienen ojos saltones, que no es mi caso; pero su mirada es como quien dice sorprendido y en voz baja con toda la ternura del mundo «¿qué pasa…?». Pues eso me sucede a mí con esto de la Covid y no paro de preguntarme «¿qué pasa…?, ¿qué pasa…?»; hombre, también puede ser por lo de bovino, que yo a veces soy de un bobino que ni te cuento.

Pues entre que ya de nacimiento tengo tendencia hacia el ovis orentalis aries, que así se llama técnicamente este bicho lanar, con lo de la inmunidad de rebaño que hablaba el Gobierno, pues el asunto se me ha acentuado, ¡¡¡pero si hasta noto que tengo el pelo como encaracolado y no lo puedo peinaaaarrr!!

¿Y eso es malo? ¿es malo sentirse oveja?, pues no, sinceramente, no; yo cuando salgo de casa hago una labor ímproba; es pisar la acera y empiezo «mee, meee, meeeee» y te parecerá una tontería, pero cuando me escuchan veo unas caras tan alegres diciéndose unos a otros «¡¡ya tenemos inmunidad!! ¡¡ya tenemos inmunidad!! ¡¡ya tenemos inmunidad!!».

Yo sé que no es verdad, que de inmunidad de y que, no sé tú, pero yo ya estoy esperando la cuarta, quinta, sexta y como si me quieren inyectar suero de jamón y queso; va a ser ahora por dosis, si mi brazo ya está hecho a ello, que es quitarme la camisa para dormir y hasta siento dolor… pero oye, quitarle la alegría al personal me da un no sé qué…

A mí lo de ser oveja no me importa nada, pero nada nada; bueno molesta un poco eso de tener que embestir, eso sí; y ahí radica mi preocupación ¿hasta cuándo tengo que ser oveja?, es que tengo miedo porque no he oído a ningún millón de virólogos hablar de esto y como del virus se sabe tan poco, no vaya a ser que mute y que de oveja pase a cabra y de cabra a cabr… y eso, eso sí que no, querido Ómicron.

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Esto de comer es una obsesión ¿no?

No lo digo porque es Navidad, sino en general, a mí esto del comer me tiene frito; yo no sé qué pasa, pero desde hace poco más de un año no me hablan de otra cosa y hasta creo ya en la resurrección y que mis amigos realmente no nacieron más o menos como yo, por el 58, sino que son la reencarnación de quienes vivieron la Guerra Civil o la II Guerra Mundial y que pasaron un hambre… pero un hambre, tela.

Y tiene que ser así porque no es normal, no-es-nor-mal, no lo es, que te encuentres con un colega, vayas a tomar un café sobre las cinco de la tarde y te cuente que el día anterior fue a no sé dónde y que si tomó una sopa, que luego unos unos calamares, que si una fabada y unas especies de empanadillas azucaradas… que te lo explica como si te interesara la tontolaba de la empanadilla esa, pero como es amigo… bueno, no tanto ya, pero aún es…

Como le tienes cierto aprecio, pues lo dejas hasta que llegue a los chupitos y el postre y, cuando crees que ya vais a poder hablar de otras cosas menos primitivas, pues no; va, y entonces, lo que nunca imaginaste se hace realidad.

Como si cogiera impulso, te mira y matiza: «fue un plato de cuchara, pero de cuchara cuchara», que te lo dice con unos ojos como si el día anterior acabara de descubrir el fuego o la rueda… una cara de ido…

Esto de ido, si te lo dice y estás por Algeciras, cerca de Marruecos, pues tiene un pase, que por esa zona se cuece lo que se cuece y no precisamente al baño de María, tú ya me entiendes, que maría maría solo hay una, pero que te lo cuente en A Coruña…

Ya ves lo que es la vida; la cuchara, ese artilugio que lo has lanzado al fregadero con la mano, como si nada y que si pudieras con una patada, también, pues ahora es el icono de la buena comida, un signo de calidad.

Y como él sigue dale que te dale con las viandas y te cuenta no sé que del rollazo es del MasterChef y que un tío lloró porque logró hacer unas albóndigas rellenas… que tiene su aquél el asunto, como que no hay cosas por las que llorar, pero por unas albóndigas… pues entre que son los cinco de la tarde y con tanta comida a deshora estás ya casi con arcadas (la de Noé incluida) pues te vas porque lo tienes claro; de amigo nada y si sigue… este me come el coco.

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Covid: quiero ser negacionista, pero… ¡¡no puedoooo!!

A mí esto de la Covid me tiene destrozado; yo quería ser negacionista, pero no puedo, imposible; toda la vida diciendo «sí, sí, sí…», pues que no me sale el «no»; así que me impuse a mí mismo una especie de terapia para ser el negacionista perfecto.

Un día que me levanté muy temprano me dije: «las vacunas no valen, no valen, las vacunas no valen, no valen», pero a la vez que pensaba esto, una voz interior me decía «sí que valen, Guisande; sí que valen».

Esto era una lucha interna a la que no veía solución (trazas, que diría mi abuela), así que decidí empezar a negar el entorno más cercano «Manuel Guisande, no existe, Manuel Guisande no existe» y cuando no sé porqué me sentí a gusto con llamarme Raúl Fornelos, decidí seguir con el proceso porque estaba, como decirte, entusiasmado.

Al día siguiente me dije: «la catedral de Santiago no existe, la catedral de Santiago no existe» y entonces pongo la televisión gallega y… joé, pues la catedral ocupando toda la pantalla porque unos peregrinos no sé si hicieron el camino en patinete o en bañador.

Yo comprendo que cualquier ser humano se derrumbaría, pero yo, no; yo estoy hecho de otra pasta, anulé el canal de la TVG y me crecí, reconozco que me crecí porque me dije «Nueva York no existe, Nueva york no existe» y, como ya había cruzado el atlántico, pues ya que estaba allí… «el continente americano no existe, no existe y no existe».

 Como negacionista iba como una moto, te lo juro que sí porque en tres días no existía América, Asia, África… joé, me salían los noes con una facilidad… por ejemplo, había momentos que me decía. ¿Y Jap…?, no dejaba ni terminar la palabra, Japón, que como un resorte me salía: «no existe»; ¿y Rusi…? «no existe» ¿y Ocea…? «no existe».

Te lo juro que estaba maravillado, era ya un negacionista perfecto, hasta tal punto que me arranque las cuerdas vocales y las consonantes para no escuchar esa voz interior que al principio me decía que las vacunas eran efectivas.

Estaba yo de un negacionista total por todo el mundo, cuando de repente, estoy en casa, llaman al teléfono, lo cojo y oigo una voz gallega que me dice «Señor Guisande, ten que vacinarse».

Y oye, no sé si porque la chica de la llamada tenía acento de Cambados o porque de tanto estar fuera Galicia, tenía ya morriña… me salió un sí, pero un sí de la leche y a tomar viento tanto negacionismo; me calcaron tres inyecciones y como más que persona me sentía vaca, una felicidad al sentirme marela… pero es que ni te lo imaginas ¿no?, digo ¿sí?

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Nuestras madres sí que tenían imaginación

Descarao, nuestras madres sí que tenían imaginación, mucha; también tenían hijos, prueba de ello, yo, que escribo este artículo, pero imaginación… ¡buah!, imaginación les sobraba, y algún hijo me da que también.

Bueno; el asunto es que hace unos días estaba en un bar cuando una joven le enseñó a su madre (unos setenta tacos) un vídeo de una persona en la que a grito pelado le explicaba cómo era una prenda de vestir que le iba a hacer.

Yo en esto de la alta costura femenina tengo algunos vocablos inconexos como «sisa», que siempre me sonó a robar, pero me da que no, que no veo yo a mi madre entrando con una recortada en un banco; «manga rangla», gran misterio; palabra de honor, honor a estas alturas…; y entredos, que para mí siempre fue un enigma porque no sé si es que la prenda era para dos personas, que la utilizaban en días alternos, o es que la pagaban a medias. Ni idea.

El caso es que antes; tú estabas en casa, tu madre hablaba por teléfono con la modista o alguien que le hiciera la ropa, y más o menos oías: «y entonces lleva una sisa, pero no es palabra de honor, con estampados y falda plisada, sin canesú ¿no?».

También de vez en cuando se escuchaba la frase «tipo marinero», pero te lo juro que sería de un marinero pijo, plan velero Ibiza, porque los marineros que conocí en Galicia y en el País Vaco…. todo menos copiarles la ropa; para tomar un aguardiente o liar cigarrillos, lo que quieras, pero para fusilarles la vestimenta… con escamas de sardinas, manchas de aceite del motor y agujeros por todas partes…

Pues después de todas esas explicaciones de la modista… ¡¡alucinante!!, tal cual se lo había descrito era como ella lo había imaginado, igualito, pero igualito igualito, sisa arriba, sisa abajo, clavadito. A nosotros los hombres no dicen que hagamos lo mismo y si cuando vamos a por un traje nos dan un pañuelo o solo la corbata, ya vamos que ardemos, imposible imaginar; y es que somos brutos, pero brutos brutos.

Nosotros lo más que imaginamos es cuando al preguntar por un coche que ha comprado un amigo, este nos dice: «¿sabes el Volkswagen escarabajo que tiene Antonio, que es rojo?, pues lo mismo, pero en blanco». Vamos un derroche de energías, un esfuerzo… Bueno, quizás exagero, porque un poco de imaginación sí que le echamos, porque a veces preguntamos si es de dos o cuatro puertas.

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Ya sé por qué los finlandeses se suicidan

Después de estudiar años y años este asunto de los suicidios, que me estaba matando, ya sé por qué los finlandeses son, entre los países más avanzados de Europa, los tipos que más se quitan la vida que, entre nosotros, ya no sé para que se la dieron, para desaprovecharla así… pero bueno, eso es otra cosa.

Yo, si te soy sincero, al principio no lo entendía, pues me decía, «pero si estos tienen unos servicios públicos alucinantes, ganan buenos sueldos, pasean por bulevares preciosos ¡¡y hasta sus hijos son rubios!!», que parece que no, pero influye; que no es lo mismo levantarse y ver a un chaval con el pelo color negro azabache, que te da un punto funerario, que a un imberbe rubicundo, que es todo alegría. Y ya lo que me desesperaba era, «¡¡¡pero si además ni utilizan paraguassssss!!! Entonces… ¿por qué se suicidan?

Pues no lo entendía y no lo entendía; cierto que el hecho de que el país, Finlandia, empiece por «FIN», cierto marrón es, no lo vamos a negar, pero aún así… pues estaba que no estaba, dándoles vueltas al asunto cuando me di cuenta que la culpa de todo la tienen las casas en las que viven. Sí, sus casas son el motivo principal del suicido.

Tú ves una casa finlandesa, de esas preciosas de madera, bien barnizadas y limpias que ni te cuento ¿y qué sucede? Pues que si solo las ves… nada, pero si vives en ella… joé, si vives en ella.

Como no sales porque hace un frio del demonio, pues oye, que te pones a verla y a verla, te fijas en los maderos, en las vigas y… claro, ocho horas diarias viendo vigas, y como la cuerda para hacer alpinismo la tienes al lado bien enrolladita… pues que el asunto de colgarte te tienta. Que ocho horas viendo una viga son muchas horas de dios, y así un día y otro y otro…

En España eso no ocurriría, porque puedes ver las vigas que quieras que lo primero que piensas es «pongo yo aquí una cuerda, y al carallo la casa, fijo que con mi peso…» y entonces no te cuelgas, ¡¡qué te vas a colgar!! Tú decides colgarte en España, se cae la casa y no te suicidas, te matan, que no es lo mismo, parecido sí, pero lo mismo… no ¡¡qué va a ser!!

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