Los gallegos tienen un mensaje de los extraterrestres

Parte de un capítulo del libro Galicia, la última emigración cósmica Libros Manuel Guisande, Amazon

Después de que Galicia, por causas desconocidas se desprendiera de España y estaba a 5.000 metros de altura, los gallegos eran felices; no pegan palo y estaba en un área con una temperatura estable que nunca imaginaron. Pasadena, que se llamaba así porque había estado en Pasadena (Usa) aunque su padre era de Monforte de Lemos y él de cerca de Fisterra, conducía el módulo lunar enviado por la NASA para dirigir Galicia. Fue el único que hizo el viaje con los extraterrestres por el cosmos y ahora a través de miles de televisiones, la Humanidad esperaba un mensaje de los alienígenas.

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Tras la alocución de Eladio, lo hizo Pasadena: «Boas, rapaces», y fue nada más decir estas palabras cuando al centro de operaciones ubicado en Fisterra, por comunicación interna, se recibieron cientos de llamadas de periodistas de todo el mundo en las que se preguntaba en qué idioma hablaba, si era castellano con faltas de dicción o…

Después de indicarles que era gallego, un idioma como el inglés o el francés, hubo más llamadas, ya que no encontraban la fórmula de llevar a cabo una traducción simultánea. Entonces, un responsable de la NASA que estaba escuchando la radio habló con Antucho y este con el presidente de la Xunta, Eladio Varela, al que comentó que los ingenieros estadounidenses podían crear un programa informático si le enviaban varios textos en gallego, que los introducirían en un ordenador especial y ya todos podrían descargarlo y comprenderlo, pero que la rueda de prensa se tendría que aplazar entre seis y ocho horas.

Cuando se lo explicaron a Pasadena, tras un «bo», dijo que esperaran unos minutos, «que xa chamo eu ao rapás de Portomarín».

−Neno.

− ¿Quén eres?− ¿Quen vou ser, carallo?, Pasadena, que resulta que ajora estes non entenden o galego… ni en China, ni en Xapón nin María Santísima, cajo na madre que os pareu…

− ¿E iso?

− ¿A min que me dis? ¿Qué queres que che dija…? estes, que te son así, moito jarvar e Josford do carallo, tanto estudiar e logo… −respondió Pasadena mientras fuera de cámara bebía a morro un botellín de cerveza.

−Non che preocupes, xa fago eu unha aplicación.

− ¿Que fas qué…?

− ¡¡¡Unha aplicaciónnnn!!!

− ¿¡¡¡Unha qué…!!!?

−Déixame a min, non coljes.

Mientras en las televisiones de todo el mundo aparecía la imagen congelada del módulo lunar y una música galáctica…

− ¿Pasadena?

−Dime, rapás

−Un segundiño, que vou ao alpendre a por un cable. Non coljes ¡eh!, non coljes.

Unos cinco minutos después…

−Xa está.

− ¿Xa está o qué? −respondió Pasadena.

−A aplicación. Apunta, que a entren en Play Store y…

− ¡¡Quieto!! ¿Qué falas de praias…?

−Non, home, non; ti apunta e di o que che dija eu, que ises o saben. Apunta.

−Apunto.

−Que entren en Play Store y que descarjen unha aplicación que chámase Jrelos. Repito, Jrelos, que ten un dibuxo cunha bandeira de Jalisia.

−Ben, xa está; eu so dijo.

Diez minutos después se volvía otra vez al directo, pillando por milésimas de segundo a Pasadena restregándose el brazo por la boca para secarse restos de cerveza mientras eruptaba y decía: «¡¡¡Aajjj!!!, que ben entra, ¡¡Diooosss!!».

Con la aplicación descargada, Pasadena explicó prácticamente lo que hasta entonces se sabía: que se trataba de un platillo volante en forma de mejillón de color rosa, que se abrió la parte superior y se deslizó una rampa y que eran diez alienígenas con cara de melón.

Todos estaban pendientes de la primera pregunta, que no era otra que si había algún mensaje para el planeta. Fue una televisión alemana la primera que pudo entrar en directo con un periodista.

−Señor Pasadena ¿le han dado algún mensaje?

−Home, non me chames señor, se estamos en familia… −respondió Pasadena riendo a carcajadas y abriendo los brazos en forma de cruz.

−Gracias, ¿algún mensaje, algún comunicado, algo que tengamos que saber?

−Mire, eu…

De repente otra interrupción, que aunque fue muy breve, en esta ocasión sí que pillaron a Pasadena tratando de arrancar con los dientes la chapa de otro botellín que acababa de coger.

Segundos después… y tras hacerle la misma pregunta.

−Pois si lle digo a verdade, eu non sei que carallo pasou; me din que entrei no ovni e que se foron con mijo voando, pero por miña madriña que está enterrada en Callobre, ¿sabe?, alí, preto da Curuña, que non recordo nada, nadiña, nadiña.

Entonces se escuchó un ¡¡ooooooohhh!! atronador de desilusión de los millones de personas que estaban en la Península.

−Pero… −insistió el periodista.

−Pois… ¿Qué carallo queres que che dija?

−Quizás a lo mejor… −añadió el informador.

−Non me dijas, rapás; din que estuve no aparato ise, e se o din, estuve; pero para min como que non estuve, pero si estuve, estuve.

Todo el planeta estaba un poco decepcionado, y muchos que se consideraban expertos y científicos comenzaban a analizar las frases de Pasadena por si encontraban alguna pista. Unos llamaron a la sede de Microsoft para preguntar si existía algún problema con la traducción simultánea, porque no comprendían la frase «din que estuve, e se o din, estuve; pero pra min como que non estuve, pero si estuve, pois estuve», y otros la estudiaban intercambiando palabras o leyéndola al revés por si se trataba de un mensaje que era preciso descifrar: «Pero-si-estuve, pois-estuve, e-se-o-din-estuve; pero-pra-min… din-que-estuve como-que-non-estuve, pero si estuve, estuve».

De la frase surgieron varias preguntas a las que se les buscaba un sentido, especialmente la de «din que estuve e se o din, estuve»: ¿Quién dice que estuvo?, ¿los extraterrestres?; si es así… ¿habló con ellos?; luego, si lo hizo… ¿cómo es que no se acuerda de nada?, ¿qué esconde?  ¿qué no quiere decir ese hombre llamado Pasadena? Y las dudas fueron creciendo más y más: ¿se llama realmente Pasadena? ¿existe? ¿es un ser humano? ¿es todo un montaje?

Para una minoría empezaba así a rondar en sus cabezas una nueva teoría de la conspiración mientras los dueños del canal DMAX se frotaban las manos, hartos de emitir la serie titulada La esfinge de Guiza, que ya iba por la entrega 7.495.647, y la de El cinturón de Orión, que acababa de superar los cinco millones.

Sin embargo, una inmensa mayoría, que en vez de los canales públicos se informaba por DMAX, se sentía satisfecha, ya que se podía confirmar de forma fehaciente que había vida en otro planeta, que se trataba por fin del primer contacto y que seguramente habría otros más.

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Los gallegos se encuentran con un ovni y hablan con los extraterrestres, pero...

Los gallegos reciben una visita inesperada en su viaje por el cosmos

El módulo lunar anclado en Fisterra, el cabreo del piloto y los aerostatos

Amancio Ortega, los bañadores y el tabaco.

Libros Manuel Guisande, Amazon

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Los gallegos se encuentran con un ovni y hablan con los extraterrestres, pero…

A los gallegos ya no les sorprendía nada tras un año viajando por el cosmos y cuando vieron el ovni…

Parte de un capítulo del libro “Galicia, la última emigración cósmica. Libros de Manuel Guisande, Amazon

Galicia se había desprendido de España por causas desconocidas y estaban a 5.000 metros de altura yendo de un lado al otro por el cosmos, se había encontrado con unos suecos, todos de Ikea, que misteriosamente les pasaba lo mismo, pero ahora se encontraban con un onvi, era el primer encuentro de un ser humano con los extraterrestres, pero….

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Aún estaban absortos por la inesperada visita cuando ya a media noche, Fandiño el amarrador dijo que a lo lejos veía un objeto luminoso; Pasadena enfocó el visor y se trataba de un ovni, igualito al que había descrito Furelos. Tenía forma de mejillón, era de color rosa y se fue acercando hasta situarse frente al módulo lunar. Entonces Pasadena llamó a la Xunta para comunicarlo.

− Hola, son Pasadena.

−Diga, soy…

−Que un ovni está eiquí, frente a nós.

−¡¡¡Un ovni!!! ¿¿¿¡¡¡Seguro!!!???

−Home, o estou vendo… e están a baixar unha rampa.

−¡¡Voy a llamar al presidente, voy a llamar al presidenteee!!­

−Ti chama, oh, ti chama, total… non vexo que estes teñan prisa.

Por la pendiente descendieron lo más parecido a tres seres humanos: una especie de siluetas blancas, con una cabeza muy grande, similar a un melón, con dos ojillos pequeñitos, un cuerpo Buestilizado y unas piernas y brazos delgaditos que parecían de goma cuando los movían.

Buscando al presidente

Localizar a Eladio Varela no resultó fácil, ya que estaba de vacaciones. Normalmente, Varela, ya antes de ser nombrado presidente, iba a Castilla, donde tenía una tierra de cinco mil hectáreas en la que había plantado un frondoso pino, y debajo de él instalado una tienda de campaña de tela blanca, una mesa y una silla. Alrededor del árbol disponía de treinta bidones de agua para utilizar uno cada día del mes para ducharse, y otros tantos botellines de agua mineral para beber, y de lo único que se alimentaba era de comida envasada al vacío.

Hallar al presidente era de vital importancia y, después de diversas pesquisas, pudieron averiguar que las deseadas semanas de descanso, al no poder ir a Tierra de Campos, las estaba disfrutando encerrado en un hórreo en medio de una aldea de Os Ancares.

Inmediatamente, hasta allí se dirigió un coche oficial y cinco mil asesores, muchos de los cuales llegaron con pequeñas heridas en piernas, brazos y manos al rozarse con los toxos, y nada más comentarle la noticia del platillo volante y los alienígenas, decidió que no había tiempo para ir a San Caetano y que el mando único se establecería en el propio hórreo que ocupaba, por lo que su familia se trasladó a un alpendre.

No es que la caseta fuera mucho más cómoda, pero al menos su mujer y sus hijos podían entretenerse jugando con los gatos y gallinas y, sobre todo, estirar las piernas, lo que alegró a la esposa de Eladio, que en las rodillas empezaba a sentir síntomas de rigidez y agarrotamiento de tanto encogerlas en el estrecho habitáculo tradicional para guardar el maíz.

El hórreo, aunque exteriormente mantenía su típica estructura, su interior fue reformado totalmente adaptándolo a un improvisado despacho, con una mesa hecha con unas tablas de castaño, una silla de madera a la que le pusieron un cojín y, en la parte superior, en el tejadillo, donde estaba la cruz, le añadieron una superantena parabólica para captar la señal de Fisterra.

Todo quedó a la perfección como emplazamiento base, los paisanos de la zona ayudaron en todos los trabajos y por su colaboración, como les hacía ilusión, para darles una alegría a sus nietos, unos técnicos les crearon correos electrónicos a cada uno de ellos, con direcciones como filladopeixe@gmail.com pepón@yahoo.es panadeiro@hotmail.com, que repetían todos los días para no olvidarse.

El momento del contacto

Después de que Varela dispusiera de una línea directa con Pasadena, para lo que hubo que allanar, no sin esfuerzo y a una velocidad récord, cuatro montes para que la señal llegara nítida, este explicó al presidente que la situación era la siguiente: un ovni se había parado frente al módulo lunar, diez extraterrestres habían bajado por una rampa y todo indicaba que estaban a la espera de que alguno de su equipo se acercara a ellos.

El problema no era quién realizaría el contacto, sino que todos querían ser los primeros en comunicarse con ellos. Pepe Xirelo, el patrón de A Nosa Señora da Candelaria, alegaba que nadie mejor que él para tal cometido, ya que podría conocer los sistemas que utilizaban para navegar y así mejorar los del módulo lunar y hacerlo más eficiente para retornar a España.

Lito, por su parte, decía que si no fuera por él, que sa­bí­a inglés y que fue el primero que habló con su amigo Antucho, el de la NASA, ya estarían todos en el otro mundo «e nin extraterrestres nin ostias en vinajre».

Suso el redeiro optaba por una acción que todos consideraron violenta, aunque no mucho, cual era que, en un momento de despiste, atraparlos con una red; pero cuando Suso explicó que luego los metería en unas jaulas utilizando pinchos, fue descartado por todos con un «¡¡sal de aí, animal, inda queres que te caneen.. !!».

De alguna forma, complicada, pero forma al fin y al cabo, quien más puntos tenía era Lola, que decía que, debido a que era mujer, serían más condescendientes y la tratarían mejor en caso de que las cosas se torcieran y, además, que «ao mellor me quedo embarazada dun deles, teño un fillo e, como son listos a rabiar, cando o neno sexa un pouco maior xa nos din como baixar a España».  «Claro -dijo Pepe Xirelo, que para lo poco que hablaba era mejor que estuviera callado-, pero ijual te sale tonto coma a banda esa que tes de sete rapaces e facemos un nejosio de moito carallo: parvo, alieníxena e sen entendelo».

Lola a punto estuvo de arrearle una bofetada, pero gracias a la pronta intervención de Pasadena, que la cogió del brazo, el asunto no fue a mayores, y entonces dijo que el más preparado era él, que era quien dirigía el módulo lunar y que, además, tenía hilo directo con el presidente de la Xunta y que se trataba de una cuestión de Estado. Todos callaron y Pasadena se encaminó con paso lento hacia los extraterrestres, llevando en el oído un auricular con un microchip a través del cual Eladio Varela podía escuchar lo que decía y contarle lo que veía.

El momento era de máxima tensión. Pepe Xirelo, Suso, Fandiño, el maderero de Monterroso, Lito y Lola se mor­dían las uñas; Eladio, al teléfono, estaba a la espera, y unos treinta mil funcionarios de la Xunta fueron en peregrinación a rezar al Apóstol, y hasta la curia prohibió que ese día no se pusiera en funcionamiento el botafumeiro.

La medida fue adoptada por temor a que en un acto de desesperación, si todo salía mal, alguien se liara la manta a la cabeza y se arrojara contra el artefacto volador, alegando que limpiar de sangre el repujado era muy complejo y costoso. Sin embargo, para este menester, el arzobispado habilitó una zona de suicidios en una nave lateral, para que, si alguien lo deseaba, lo hiciera en la intimidad y no a lo bruto a la vista de todos. Incluso encargó hacer una portezuela en un lateral, hacia un arbotante, ya que la palabra arbotante iba más en consonancia con lo de tirarse e ir rebotando por las paredes de la catedral hasta caer al suelo, detalle que todos agradecieron.

La primera frase con los alienígenas

Pero no era el momento de preocuparse de que alguien quisiera descerebrarse, ya que por una línea interna todos estaban pendientes de lo que ocurría. Y lo que sucedió fue que, cuando Pasadena llegó ante los diez melones, como les empezaron a llamar, estos se separaron en dos grupos de cinco formando una fila en dirección a la rampa, dándole a entender que entrase, lo que hizo mientras  con un cigarrillo en la boca les dijo: «¿Pódese fumar?».

Eladio, al oír la frase, se tranquilizó un poco al comprobar que Pasadena estaba sereno y que las cosas parecían ir bien, pero también pensó que, para un primer contacto de humano con un ser de otro planeta, empezar con un «¿pódese fumar?» y que la frase no se podía borrar porque todo estaba grabado como prueba para la posteridad… pues un cierto bajón sí le dio.

Él prefería algo así como «somos gallegos y somos gente de paz» o incluso «somos galegos ¿e ti de que ves sendo?», que no es que fuera la maravilla de las presentaciones, pero un «¿pódese fumar?… ».  Claro que inmediatamente se repuso pensando que casi era mejor que hubiera comenzado así y no con un «cajoendiós», tan habitual en él.

En segundos, y con la adrenalina por las nubes, a Eladio hasta le dio tiempo a pensar si esa frase de Pasadena podría sentar mal a los alienígenas y que lo consideraran un maleducado, pero también caviló en qué iban a saber ahora los extraterrestres de urbanidad y buenos modales en la Tierra, lo que zanjó con un «bo…» y se quedó como más calmado, no mucho, pero algo más, sí.

Dentro del platillo volante, Pasadena comprobó que todo era de color rosa, con diversas tonalidades, y que no había materiales conocidos como la madera, el plástico, el mármol o el acero…, solamente distintas intensidades luminosas en varias partes de la nave: un rosa fuerte, uno pálido, otro tan clarito que casi era blanco…

Los alienígenas se sentaron haciendo una media luna como si hubiese una mesa delante, pero no había ni sillas ni mesa, sino que permanecían inmóviles en el vacío. Pasadena pensó en colocarse como ellos e, inmediatamente, estaba en el aire también sentado; luego pensó en acercarse a una zona de color rosa intenso y, de repente, se encontró frente a ella; después en otra más clarita y, nuevamente, ante ella. Entonces, se percató de que todo funcionaba mentalmente, por lo que imaginó dar dos volteretas en el aire y… ¡¡alehop!!, Pasadena, como si fuera un trapecista, dio dos impresionantes cabriolas tal y como las había calculado.

Alienígenas extrañados

Los extraños seres con cabeza de melón no decían nada, se miraban unos a otros a la espera de que se sentara, pero Pasadena le tomó tal gusto al asunto de las piruetas que dio doce seguidas, luego hizo el pino, y después se mantuvo estirado en el aire apoyando la mano en la barbilla como si fuera el protagonista de un anuncio de crema solar en El Caribe.

Ni entonces, ni incluso ahora, se sabe lo que piensa un extraterrestre, pero casi seguro que si de alguna forma se pudiera interpretar lo que cavilaban, era que Pasadena, si no era un merluzo, poco le faltaba porque tener esa oportunidad de hablar con un, quizás, antepasado muy lejano, y en vez de hacerlo, dar saltos y más saltos…, pero o los alienígenas eran unos santos o estaban hechos a todo porque paciencia tenían un rato largo mientras Pasadena se lo pasaba en grande rebotando por la nave como si fuera una pelota.

Cansado de tantas volteretas, pensó en sentarse frente a ellos y ¡¡zas!!, ya estaba. Los melones hicieron como un dibujo sobre la mesa inexistente, que consistía en un circulito rosa y otros más alejados; quizás querían decir de dónde venían, y Pasadena los miró fijamente dándoles a entender psíquicamente que iba a hablar con alguien. Para entonces, a Pasadena le pareció que la silueta de los melones, en vez de ser blanquecina, adquiría otro color, como tirando a gris, y creyó por un momento, pero un momento gallego, o sea, que no creyó nada, que igual se habían enfadado, pero rápidamente esa idea se le pasó, encendió otro cigarrillo y se dijo, «era boa».

− ¿Eladio?

− ¡¡Cuenta, Pasadena, cuenta, cuenta!! –respondió muy nervioso el presidente.

−Todo ben, moi ben, acaban de facer unos circuliños e supoño que é onde estamos e de onde veñen.

− ¿Pero te entienden al hablar?

−Home, non che sei, porque eiquí todo é mentalmente, supoño que sí.

−Píntales una paloma de la paz, para que vean que somos gente de bien, que no les queremos hacer daño, que somos sus amigos.

−É que eu non sei dibuxar unha paloma.

−Pero si es como una uve, como una gaviota…

−Xa, pero ijual me sae outra cousa e a liamos.

−Que no, hombre, que no,

− ¡¡Ó carallo vintenove!! Déixate de javiotas; a ver si van entender que a uve é unha uve de victoria, que lles vamos a conquistar, e se monta unha…

El equipo de Pasadena observó que la parte superior del platillo volante se cerraba, se elevaba unos cien metros y de repente, ¡ssshiuunnnn!, desaparecía ante sus ojos. Todos se quedaron pasmados, se miraron entre sí hasta que Pepe Xirelo, que tenía esa virtud de decir lo que no debía, murmuró: «¿Iste?, iste xa non volve»; pero no lo dijo con angustia, ni con desesperanza y ni tan siquiera con una cierta tristeza o melancolía, sino con una naturalidad… como si Pasadena hubiera cogido el Feve Ferrol-Viveiro, un saber estar…

Fandiño el amarrador también concluyó que no lo volverían a ver; igual que Suso el redeiro, el maderero de Monterroso y Lito; pero todo cambió cuando, tras oír a cada uno un comentario, cada cual más pesimista, Lola se remangó, se agarró el mandilón, respiró profundo y con los brazos cruzados dijo: «Malo será». Fue decir Lola «malo será» y después todos ellos a la vez, como si formaran parte del coro de los niños cantores de Viena, cuando sus rostros cambiaron de repente, comenzaron a sonreír y se sentaron en unas piedras. Fue tal la espontaneidad con que la dijeron, que segundos después, convencidos de que Pasadena regresaría, Lola ya hablaba de otra cosa.

−Eu pártome, pero é malo como un demo, enjaña á súa muller coa asistenta, e logo coa…

−Pero, Lola, ¿de qué estás a falar?

−Dunha serie, ¡oh!, dunha serie de televisión que se chama non sei qué de amor de… non sei qué, pero te é… ¡Ay como te é!!

−Home, Lola, que non é momento, non te é, que acaba de irse un amijo polos aires−le respondió el maderero de Monterroso.

− ¡¡Arreó!! pero si vai volver, vai volver; che dijo que volve, que volve−gritaba Lola riéndose.

−Xa, pero ao mellor…

− ¡¡Cajo no Dios bendito!! pero si vai volver, ¡¡¡vai volveeerrrrr!!!. Mira, ¡¡xa non conto nada!! −contestó Lola medio arrebatada.

Pero el enfado fue tan como que no, pues a los dos minutos… «E cando cheja a sobriña, tamén lle bota unha mirada…, é que che é… Moita jracia me fai, moita moita». Y después de contar historias y más historias de la serie, Lola hizo un alto para decir: «¿Oes, non notades que as pitas non comen como antes?», para luego…: «Vin a Rosa, a filla de Chelo, te está moi mal; moi mal moi mal; non creo que che pase outro inverno».

Y en tanto Lola no paraba de hablar y todos la escuchaban o hacían que la escuchaban, Pasadena estaba viviendo una experiencia alucinante. En el platillo volante, los melones se colocaron frente al área rosa tirando a blanco, hasta que poco a poco esa tenue capa fue desapareciendo para ver, con una gran nitidez, otros objetos de diferentes formas y colores que iban de un lado a otro por el espacio. Pasadena soltó entonces un «cajoenrós», pero o los alienígenas no entendían el gallego o si lo entendían les daba lo mismo, porque ni caso, ni se inmutaron, mientras con sus cabezas pegadas al ventanal observaban el firmamento.

Viaje por el cosmos en el ovni

A una velocidad tres veces superior a la de la luz, el ovni pasaba en vuelo rasante por todos los países europeos para luego adentrarse en los asiáticos y después en los africanos, en los de Oceanía y en los americanos; pero ocurría algo muy curioso. Aunque el paso por cada nación no duraba más de cuatro o cinco segundos, todo lo que formaba parte de los conocimientos de sus gentes, los melones lo aprendían al instante, incluso cualquier documentación o investigación, aunque fueran secretos de Estado.

Desde cuentos infantiles hasta fórmulas matemáticas de la física cuántica o teorías sobre la ingravidez o experimentos…, todo el saber de los terrícolas era succionado, y a Pasadena le ocurría lo mismo y, además, lo entendía todo. Pudo darse cuenta de que el planeta Tierra era como una minúscula partícula de una estrella, y que esa estrella era, a su vez, una ínfima parte de una galaxia, y esta de otras y así hasta el infinito.

Era todo tan increíble que, cuando pasaron por Egipto, comprendió perfectamente cómo se construyeron las pi­rámides, y en Perú para qué servían las líneas de Nazca, que al verlas le salió del alma: «¡Ah!, era para iso…, mira que non escoitei parvadas». Lo mismo le sucedió con el misterio del triángulo de las Bermudas, al igual que con la desaparición de la cultura maya o las piedras megalíticas de Stonehenge.

Sin embargo, no pudo menos que decir «arrecarallo» cuando descubrió que el Santo Grial se encontraba entre Chantada y Ourense, exactamente en el lugar de Soilán, en A Cova do Sabiñao, y al saberlo comentó para sí mismo: «Anda que non che levan un lote de anos buscándoo». Era tal la cantidad de información que recibía y analizaba su cerebro, que llegó un momento en el que Pasadena, y lo tenía al alcance con solo pensar en ello, ni le importó quién había matado a JFK, era tanto el saber…

Después de diez horas surcando estrellas y galaxias, el ovni se detuvo frente al módulo lunar, en el mismo lugar, pero exactamente en el mismo donde estaban el maderero de Monterroso, Suso, Pepe Xirelo, Lito, Fandiño y Lola, que al verlo dijo: «Mira que educadiños, que non nos despertaron…, si hasta o deixaron no mismiño, no mismiño lujar onde o colleron…,  mellor co bus do Calpita», y, nada más comentarlo, bajó Pasadena.

Todos se acercaron a él, pero ni le abrazaron, era tal la seguridad de que regresaría, que Pepe Xirelo le preguntó entusiasmado: «¿E hai mozas, conta conta, as viches, as viches?», pero Pasadena les explicó que, antes de comentar cualquier cosa, tenía que hablar con Eladio Varela, que era el presidente de la Xunta y a él debía darle la primera información. ¿Tenía Pasadena algún mensaje especial de los alienígenas para el máximo mandatario gallego?, ¿quizás para el presidente del Gobierno de España?, ¿tal vez para todos los habitantes del planeta o es que Pasadena solamente quería hacerse el importante? Pronto se sabría.

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Los gallegos reciben una visita inesperada en su viaje por el cosmos

El módulo lunar anclado en Fisterra, el cabreo del piloto y los aerostatos

Amancio Ortega, los bañadores y el tabaco.

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Los gallegos reciben una visita inesperada en su viaje por el cosmos

Los gallegos viajaban por el cosmos y eran felicies sin pegar palo al agua y tomando el sol

Parte de un capítulo del libro “Galicia, la última emigración cósmica

Galicia se había desprendido de España por causas desconocidas y estaba a 5.000 metros de altura. Un modulo lunar había sido enviado por la Nasa para que no fueran a la deriva pero, al estar anclado en la tierra, en Fisterra, no podían girar para descender.

Además, como y nadie trabaja y solo tomaban el sol, el presidente de la Xunta, Eladio Varela, ya no sabía si los gallegos querían bajar o quedarse. Pero de repente.. Libros Manuel Guisande, Amazon

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Los meses pasaban sin alteraciones, y Pasadena con su equipo, integrado por Lito el portero de la Xunta; Lola la palilleira de Camariñas, Pepe Xirelo el patrón de A Nosa Señora da Candelaria, Suso el redeiro, el maderero de Monterroso y Fandiño el amarrador, con la colaboración de Antucho, el de la NASA, tenían todo bajo control.

Con su tabaco de batea, sus vinos y música ambiental, Pasadena era feliz en el módulo lunar, ya que además también había sido nombrado funcionario, que hacia ya el 525.374, cobraba un sueldo de la Xunta y mostraba con orgullo una placa con su nombre en el que se podía leer el número de «auxiliar discontinuo», que lo de discontinuo le encantó porque iba mucho con su personalidad.

Un día que estaba escuchando la muiñeira de Lugo, vio a lo lejos algo que le pareció extraño; un objeto que, según se acercaba, y utilizando un visor especial que llevaba a bordo, pudo identificar que se trataba de un trozo de tierra como Galicia, pero menos grande, por lo que llamó a la Xunta.

− ¿Quén é?

−Soy el secretario 7.666.

− ¿Cal?

−El secretario 7.666.

− ¿E meu amijo o 1.234? –preguntó sorprendido Pasadena.

−Se encuentra mal.

− ¿Pero é grave? –inisitió Pasadena.

−Máis o menos, un infarto, el estrés.

−Bo, vasme a falar ti ajora a min de estrés, vasme falar de estrés, si por iso fora, eu estaría morto xa fai tempo; pois si que me da lástima, nunca na miña vida penséis que me dera pena un da Xunta, xa ves o que son as cousas, como che cambian, ¿verdade? Mira, chámote porque vexo un trozo de terra, que está a unhos cen kilómetros, que se acerca a nós a unha velocidade da ostia.

− ¿¡¡¡Cómo!!!?

−Sí, un trozo de terra, moi grande non; e tamén vexo que leva unhas bandeiras.

− ¿Está seguro?

−Home, non vou a estar si o vexo, tamén ti…

− ¿Y cómo son las banderas?

−Unha te ten unhas letras e sóname, pero a outra non, ten o fondo azul e no centro como algo amarelo.

− ¿No será la bandera de Asturias?

− ¡Que vai ser, oh!, ti andas parvo o que, que a de Asturias a sei de memoria, que meu concuñado é do Sporting de Xixón e no fai máis que loquearme; ata me levou a ver un partido no Molinón…

−Un momento que voy a ver en Internet cuál puede ser. Humm, hummm, pues tal como la describes, parece una bandera sueca, ¿pero cómo va a ser…?

− ¡¡Espera, carallo, espera!! ¡¡Arredemo que Deus me leve!! ¡¡Ay, que morro de risa!!!

− ¿¡¡¡Pero qué pasa!!!!?

− ¡¡Son os de Ikea!! ¡¡Os de Ikeaaaaaaaa!! se xa me sonaba a min isa bandeira co as letras, que as vin preto de Gadis…

− ¿Pero cómo va a haber unos suecos también volando?

− ¡Ay!, pois te os hai e veñen a fume de carozo. Vou ter que maniobrar e acelerar para poñerme a súa altura porque senón inda imos chocar.

Pasadena, que ya manejaba el módulo con una mano e incluso a veces se recostaba y sujetaba los mandos con las rodillas, se puso a un costado y, en efecto, pudo ver a un grupo de gente que ondeaba banderas y que lo saludaban, por lo que avisó a su equipo.

−Lola, Lito, Pepe Xirelo, Fandiño, Suso… ¿estades aí?

−Estamos−contestaron a coro.

− ¿Vicheis aos suecos?

−Home.

−Oes, estos suecos con todo o que é plejable e desplejable son moito ¡eh!; te están a facer un… espera, espera, sí, un trampolín xijante, ijualiño que os dos saltos de esquí. Manda carallo, xa levan a mitade en poco máis de trinta minutos.

− ¿Qué dis que fan? –preguntó Fandiño el amarrador.

−Pois un trampolín.

− ¿E pra qué?

− ¡E que carallo sei! ¡A min que me dis…! eu non son sueco… O fan e o fan.

Una hora después…

−Pasadena, ¿qué están a facer ajora? −dijo Lola.

−Pois xa terminaron o trampolín, e vexo que hai nove persoas subindo por unhas escaleiras. Levan un casco, unhos esquíes…, paréceme que van a saltar pra aquí.

De repente… shiun-shiun-shiun.

−¡¡Ostias!! pasaron rozando a Torre de Hércules, a catedral de Santiajo e non se esmagaron no ponte de Rande de milajro porque deron coma unha curva pra entrar de fronte en Fisterra. Caralló, xa chejaron, o mellor es que veñades mentras falo con eles.

Tras bajar del módulo lunar se acercó a ellos y se quedó atónito cuando uno le dijo «boas tardes»; era increíble, de los nueve que aterrizaron, asustando a unas vacas que pací­an tranquilamente en un prado, cuatro eran gallegos y cinco hablaban un idioma raro en el que entremezclaban palabras en gallego y otras que no entendía.

− ¿Pero sodes gallegos?

−Unhos sí e outros non−dijo uno que se presentó como Raúl Furelos Patiño, natural de Ribeira.

Pasadena pudo saber que en total eran ochenta las personas que vivían en un territorio con una superficie de unos mil campos de fútbol que en su día formó parte de un inmenso parque natural de la localidad de Abiko, al norte de Suecia. Furelos le comentó que veinte gallegos habían ganado un premio de supermercados Gadis para conocer el país nórdico y que, una vez allí, decidieron conocer esa zona, donde coincidieron con ochenta suecos que también estaban de visita y que, tras adentrarse en un área muy aislada, donde hicieron noche, al día siguiente se encontraron volando sin saber tampoco la causa.

Tanto a Lola, Lito, Pepe Xirelo, Fandiño como a Suso, que acababan de llegar, les explicó que, aunque la mayoría eran suecos, poco a poco los convencieron de que era mejor que aprendieran gallego: «E pouco a pouco te van entrando polo aro», añadió Furelos. «O que non pronuncian ben é a X gallega, ¿sabes?, aí eles…, non sei, como que non lle pillan o truco, patinan, pero polo demáis… te saben a ostia de Galicia: a historia, os ríos, os afluentes, os montes…, ata te leen a Rosalía de Castro, Castelao… e tamén un autor noviño, que non sei si se chama Lisandre, Isandre o Jisandre, aljo así».

Pasadena y su equipo los invitaron a pasar unos días con ellos, diciéndole a Furelos que le presentarían al presidente de la Xunta y que, además, podrían contactar con sus familias, que seguro que los habrían dado por desaparecidos y que les darían una gran alegría.

Cuando Furelos oyó la palabra familia, fue como si le mentaran al mismísimo diablo porque inmediatamente dijo que de parientes no querían saber nada, que por una herencia de una finca «non acabamos a ostias, pero a ostias ostias de puro milagro, e como eu casi todos». Explicó que todos eran felices tal como estaban, yendo de un sitio a otro y que, precisamente por eso, por ir sin rumbo, no habían perdido ni una pizca de identidad gallega.

Pasadena lo entendió perfectamente, pero no sabía explicarlo porque cuando lo hacía mezclaba herencias con pueblos, hórreos on temas de religión barcas con nécoras; y Lola, Lito, Fandiño, Pepe Xirelo y Suso, aunque decían sí con la cabeza, tampoco comprendían nada, pero cuando llegó el maderero de Monterroso y dijo: «que si é eisí… é eisí, e así é», ya todo se aclaró.

Furelos estaba muy seguro de lo que decía; no querían saber nada de los familiares galaicos, y menos de Suecia, país del que dijo que se pasaba un frío horroroso y que lo único que deseaban era seguir su camino y llevarse, eso sí, varios miles de litros de vino Ribeiro, que le fueron entregados al momento.

−Pois Fureliño, a verdade que é unha pena que non querades quedar−dijo Fandiño en voz baja y con un tono de cierta tristeza.

−Jracias, é que ademáis temos que descansar, que levamos unha racha cos ovnis e os alieníxenas…

− ¿¡¡¡Ovnis, alieníxenas!!!? ¿¡¡¡Pero de verdades que os haiiiii!!!? −preguntó asombrado Pepe Xirelo, el patrón de A NosaSeñora da Candelaria, que en más de una ocasión, faenando por el Gran Sol, estaba convencido de que alguna noche vio algo raro en el cielo, pero que nunca se atrevió a comentar.

−Sí, home, extraterrestres, hai de abondo por eiquí, unhos pesaos, pero unhos pesaos que non hai quen os ajuante.

− ¿E cómo son?

−Non é por nada, pero estes alieníxenas te ten máis conto… Eu non sei quen dixo que eran intelixentes, son unha manada de parvos de carallo; cando os veades xa veredes, xa veredes, xa.

Tras despedirse, Furelos cogió un silbato que llevaba en el bolsillo, pero no sonó a un pitido fuerte, sino como un sonido suave pero muy intenso. Entonces, desde donde había venido, se subieron al trampolín cuarenta suecos que se deslizaron por la rampa y… shiun-shiun-shiun. En menos de diez minutos se situaron al lado de Furelos.

Como si fueran robots, sin saludar ni nada, de debajo de sus ropas, oculto entre los pantalones, los calcetines y los zapatos, comenzaron a sacar palitos y más palitos que fueron juntando, mientras otros, tornillitos y llavecitas para apretarlos. Era alucinante verlos; a una velocidad increíble, en silencio, perfectamente coordinados y sin tener que ver ningún plano, pero ninguno, poco a poco iban levantando otro trampolín para lanzarse por él y regresar.

Cuando llevaban unos ochenta metros de altura, Pepe Xirelo y Lola pensaron que ya habían terminado, mientras el maderero de Monterroso, que era el que más se fijaba en todo y le encantaba hacer cálculos, miraba y remiraba de dónde sacaban tantas maderitas, porque así a lo bobo, una a una, por muy pequeñitas que fueran, estimó que una tonelada de peso llevaban bien a gusto.

Ya habían acabado la descomunal obra, en poco más de cinco horas, cuando una joven sueca se acercó a Furelos y a Pasadena y les mostró un catálogo de Ikea, señalándoles unas páginas donde se veían impresionantes casas.

Tanto Pasadena, Lito, Lola, Suso el redeiro, Pepe Xirelo como Fandiño el amarrador y el maderero de Monterroso no entendían nada hasta que Furelos les dijo si deseaban alguna, que era un regalo. En una de las hojas había una mansión inmensa, de unos mil metros cuadrados útiles, con dos pisos y varios porches. Todos se quedaron mirando la imponente edificación, pero les daba vergüenza pedirla porque una cosa era un pequeño obsequio, como una caseta para las herramientas, y otra…

Furelos, que se percató de ello, llamó a la chica y, tras enseñarle lo que casi parecía un palacio, avisó a otros compañeros, construyeron un palo inmenso de unos mil metros de alto y, arriba de todo, pusieron un cartel inmenso con el número catorce para que lo vieran sus compatriotas y que correspondía a la megacasa elegida.

En cuestión de minutos, empezaron a llegar hombres y mujeres con tablones, marcos de ventanas, cristales, puertas… y en siete horas erigieron el espectacular edificio. Luego, Furelos se abrazó al equipo de Pasadena, se despidió con un «ata logo», subieron por el trampolín y se marcharon.

Todos estaban impresionados por lo sucedido, pero lo que les dejó atónitos fue que, cuando los suecos regresaron a su campamento, lo hicieron con tan solo la vestimenta que traían y no les sobró ni un palito ni un tornillito. Entonces, Lola contó que, cuando fue a Marineda City, en A Coruña, compró en Ikea un armario para guardar la ropa y tardaron más de dos semanas en montarlo «e ao final, houbo madeiras que xa as clavamos a martillazos porque non entediamos os planos; en cambio estes…, ¡¡carallo cos suecos…!!».

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El módulo lunar anclado en Fisterra, el cabreo del piloto y los aerostatos

Amancio Ortega, los bañadores y el tabaco.

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Unos singulares funcionarios de la Xunta

En verano, miles de funcionarios iban a O Salnés, dónde se había retenido algo de mar y podían bañarse

Parte de un capítulo del libro “Galicia, la última emigración cósmica”

Pasadena, que era el piloto del módulo lunar enviado por la NASA, tenia ya mucha confianza con el presidente de la Xunta, Eladio Varela, que le hizo al gunas confesiones mientras se creó, sobre todo en verano, como una doble infraestructura administrativa.

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Habían pasado dos años y medio desde que Galicia se había separado de España, el gabinete del presidente de la Xunta y el de Pasadena formaban ya un binomio perfectamente compenetrado, con gran fluidez en las comunicaciones, pero con unos principios claros: que los responsables de la Xunta hablaran todo lo que quisieran, pero que no hicieran nada, y que a ellos los dejaran actuar, pues habían demostrado su efectividad en multitud de operaciones de mayor o menor calado, pero siempre por el bien de Galicia.

Esto no agradaba mucho a Eladio, pero era consciente de la realidad, y así se lo confesó un día a Pasadena: «Teño unha banda de asesores…», a lo que le contestó: «E menos mal que só tes dos mans para poner xente a dedo, que chejas a ter tres…».

Y era incuestionable, una gran parte de los 340.000 funcionarios enchufados, cifra que aumentaba año tras año, prácticamente solo valían para llamarle «señor presidente» o para decir sí a todo, pero iniciativa…, ninguna, salvo para ir a veranear a Sanxenxo. Para eso sí que tenían una actividad frenética, endiablada.

Cuando llegaban las vacaciones de verano, el tramo de autopista que unía Santiago con Pontevedra estaba repleta de turismos conducidos por hombres y mujeres que trabajaban en las distintas consellerías. Hasta tal punto formaban unas colas tan impresionantes en el peaje de O Salnés, con retenciones de varias horas, que algún funcionario había tramitado in situ el expediente de algún paisano firmando sobre el capó del coche.

Era tan grande la afluencia de empleados de la Xunta a Sanxenxo, que la práctica de solventar cualquier papeleo en O Salnés se extendió tal manera que, se llegó creó como una especie de administración paralela, pues eran muchas las personas que, en vez de ir a Compostela, esperaban a la época estival para solventar asuntos burocráticos en el peaje.

Ahora, Eladio se planteaba dos cuestiones fundamentales: una era si hacer descender o no a Galicia hasta la península, ya que los estudios técnicos, en caso de que un día se decidiera retornar, demostraban que la descarga de tierra con aerostatos podía dar lugar a que separase la provincia de Pontevedra.

Y otra duda se planteaba el presidente de la Xunta, ya que en caso de volver a España, si el pueblo gallego se acostumbraría a vivir como antes o a las dos o tres semanas tendría lugar una revuelta para retornar al espacio.

El miedo estaba, sobre todo, si en ese posible motín participaban los trabajadores de Vulcano, los de la Naval, que esos no se andaban con tonterías de protestas con florecitas ni pancartitas, porque cuando querían algo eran como un ejército, con un armamento capaz de todo y por eso respetaban siempre sus reivindicaciones.

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El módulo lunar anclado en Fisterra, el cabreo del piloto y los aerostatos

Amancio Ortega, los bañadores y el tabaco. Parte de un capítulo anterior de “Galicia la útima emigración cósmica”

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El módulo lunar anclado en Fisterra, el cabreo del piloto y los aerostatos

Parte de un capítulo del libro “Galicia, la última emigración cósmica”

(Pasadena, que había nacido cerca de Fisterra, pero le llamaban Pasadena porque trabajó en ciudad del mismo nombre, en Estados Unidos, tenia problemas en el módulo lunar; pero no era una cuestión de motores, que siempre desde que dejó la Ford en USA decía que “os motores “son miña vida”.

Era una cuestión personal. Pese a todo, junto con Lola la palilleira de Camariñas, el rapaz de Portomarín, el patrón de A Nosa Señora da Candelaria, Suso el redeiro y el maderero de Monterroso -que todo lo pesaba a ojo- tenían una idea para descender Galicia a la península y dejar atras los 5.000 metros que la separaban de tierra. Tras hablar con Antucho, que trabaja en la NASA y era concuñado de Lito, la solución era….)

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Para Eladio Varela era alucinante, no había transcurrido ni una semana y las palilleiras de toda Galicia, coordinadas por Lola, habían realizado un buen trabajo ayudadas por más de cinco mil madereros que sin descanso unieron troncos y más troncos de árboles de una altura de unos mil metros que clavaron en las cumbres más altas para hacer de soporte de la inmensa cubierta de encajes para que no afectara los rayos uvas a los personas y animales.

Eladio, en una reunión, explicó a los asistentes la hazaña lograda por las artesanas del bordado, que tenían previsto acabar el trabajo en quince días y lo hicieron en siete, por lo que Eladio, en una servilleta de papel, aún con restos de grasa de anchoas, firmó allí mismo concederles el premio Artesanas de Galicia. El presidente de la Xunta estaba feliz cuando el asesor 1.324 le hizo una seña, ya que había recibido una llamada urgente, por lo que se dirigió a su despacho, que distaba unos pocos metros.

−Soy el presidente−dijo con voz grave y firme Eladio Varela.

−Eu son Pasadena, o piloto do módulo lunar; a ver, que eisí non se pode traballar, se sajen así… eu paro, eu paro.

− ¿Pero qué pasa?

− ¿Qué vai pasar, que vai pasar?; pois que cando pasamos de noite por enriba de calquera cidade, coma pode ser Burgos, Valencia o Huelva, a xente enfócanos con raios láser e linternas pra vernos e eisí non hai Dios quen dorma, é imposible. ¿Ti sabes o que é pasar por Madrid o Barcelona e que che enfoquen catro millóns de luces…? É a ostia, che digo que é a ostia, a ver si facedes algo, que non pejo ollo. E despois están os avión.

− ¿Qué aviones?

−Pois como estamos a uns cinco mil metros, e eles van por os dez mil, entón se acercan a nós, fan voos rasantes e os ruidos son insoportables.

−Hombre, no creo…

−Pero si non paran; incluso baixan a velocidade pra facerse selfis, carallo… O acaban con isto o eu deixo o módulo lunar y a tomar polo cu, ata os collóns, estou farto.

−Lo hablaré con el presidente del Gobierno de España, aunque la comunicación no es fácil.

− ¡Ah!, entón otra cousa, dille ao presidente de España que lle dea as jracias ao presidente de Portujal, polo da pancarta.

− ¿Qué pancarta?

−A pancarta.

− ¿Pero cuál?

− ¿Pero estades a jobernar o a qué carallo estades? A ver, homiño, a ver. En Portujal, en Portujal, desde Viana do Castelo ata preto de Oporto, de Oporto, te hai casi oitenta kilómetros e fixeron unha pancarta da reostia que di: «Irmáns galegos, esperámosvos». Pois iso, que lle dea as gracias a os irmáns portujeses.

−Ah, bien, de acuerdo; y por lo demás… ¿cómo van las cosas? −preguntó el presidente.

−Home, ¿qué queres que che conte que ti non sepas?; pois, nos trinta días que levo pilotando, todo ben, podo manexar isto, pero baixar no baixa porque como te está anclado ó morro, non vira.

−Alguna solución…

−De iso xa falamos eiquí, no bar O Tomate, e di un veciño que o mellor é que veñan de esos jlobos que van polo aire carjados de area e a voten eiquí, a ver se eisí baixamos un anaco.

−Pues es una buena idea.

−Home.

−Pues voy a hablar con…

−Pero ti espera, que te están os percebeiros desde Ribadeo ata A Guardia baixando polo precipicio pra calcular máis o menos o grosor de Jalisia e despois, un amijo madereiro, que é de Monterroroso e que compra montes a ollo, xa nos di o que pesa e canta terra necesitamos.

Después de colgar, Pasadena llamó a Lito para que ha­blara con Antucho, el de la NASA, a ver si con el satélite podía averiguar el peso de Galicia y la cantidad de arena que se precisaba para descargar, insistiéndole en que «conten como contamos nós e non con esa parvada de pies, puljadas e non sei que máis» −dijo Pasadena.

Mientras en el módulo lunar, Pasadena ya había colocado un par de botellas de Ribeiro, un termo con café y una botellita de orujo, esperó la llamada.

− ¿Eres Lito?

−Son.

− ¿Qué din os da NASA?

−Que pesa trinta e oito billóns de toneladas e que vanse necesitar trescentos millóns de area.

−Pois eiquí ao de Monterroso danlle corenta billóns de toneladas de peso e que se necesitan catrocentas de area, dille a Antucho que fagan as contas outra vez.

Non coljes, que chamo por outro lado.

Al cabo de un cuarto de hora…

−Carallo, Pasadena, con ise de Monterroso, corenta billóns clavadiños, ni un máis ni menos; ese amijo teu fixo unha conta niquelada; e tamén din que sí, que hay que botar catrocentos millóns de area como di teu amijo.

−Non si, se xa che decía eu…

 −Oes, me din Antucho que che prejunte de parte dos da NASA en qué traballa o de Monterroso.

− ¿Quén? ¿Iste…? non traballou na súa puta vida.

−Pero algo estudaría.

−Que carallo iba a estudiar. Déixote, que mañán é a Festa do Choco de Redondela e imos a ela.

−Pero ti non podes, que tes que manexar o aparato.

−Carallo si podo; o rapás de Portomarín vai poner un sistema de non sei quei automático de navejación.

− ¿E se pode?

−Non se vai poder…

− ¿Queres que prejunte a Antucho?

−Prejunta, oh, prejunta.

−Espera.

−Espero, pero apura.

−Oes, que me din Antucho que falou cos inxenieros da NASA e que non se pode, que non se pode.

−Mira, Litiño, non me marear, eu voume á Festa do Choco e xa verás como se pode.

Un día después, el secretario 1.324 recibía una llamada de Pasadena en la que le informaba que los cuatrocientos millones de toneladas de arena se distribuyeran de la siguiente forma: cien millones en O Barco de Valdeorras, otros cien en Sanxenxo, un par de kilos en Vimianzo y el resto, casi doscientos, en Mondoñedo.

Sin pérdida de tiempo, el secretario 1.324 se puso en contacto con todas las asociaciones de España y de Europa amantes de los aerostatos y coordinó la operación para que transportaran la arena a los lugares indicados. Tan solo diez horas más tarde, cerca de cincuenta mil globos sobrevolaban Galicia.

La llegada de los artilugios aéreos fue una auténtica fiesta; los aerostatos surcaban los cielos y los niños jugaban en todas partes a ver quién veía uno de un color determinado o que tuvieran un dibujo de un animal o de un muñeco. Incluso hubo un detalle que emocionó a todos los gallegos cuando vieron que diez globos de nacionalidad finlandesa se colocaron de tal forma en el cielo que recrearon la bandera de Galicia. Fue un momento tan emotivo que, según algunos vecinos de la zona de Celanova, «ata os conexos empezaron a chorar».

Eso poca gente se lo creyó, incluso la TVG se desplazó al lugar para hacer un reportaje sobre la insólita reacción de los animales, pero cuando llegaron y, pese a estar veinte días al lado de ellos, los conejos no solo no lloraban ni estaban deprimidos, sino que muy al contrario, comían como bestias y se tiraban de cabeza a la alambrada de la caseta donde estaban encerrados para afilar los dientes.

Sin embargo, el pueblo gallego, muy dado al drama, aunque las imágenes eran muy elocuentes, creyó firmemente que los animales lloraban por algo tan simple como lo que dijo un habitante de Fornelos de Montes: «E ¿por qué non iban a chorar?  ¿non ten ollos?». Y claro, si tenían ojos y no chapas de cervezas Mahou, pues evidentemente podían haber llorado.

Y lo que también conmovió a los gallegos fue la respuesta de agradecimiento a los finlandeses, ya que en Betanzos, aunque no era San Roque, todos se pusieron manos a la obra como si fuesen un solo hombre y construyeron un inmenso globo de papel en el que se podía leer: «Gracias, Finlandia, isto non é o Fin».

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Amancio Ortega, los bañadores y el tabaco. Parte de un capítulo anterior de “Galicia la útima emigración cósmica”

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Amancio Ortega, los bañadores y el tabaco

El clima en la estratosfera era ideal, y los gallegos por primera vez en su historia descubrían el agua templada

Parte de un capítulo de “Galicia, la última emigración cósmica“. (Tras desprenderse Galicia de España por causas desconocidas, Pasadena guiaba el módulo de mando, enviado por la NASA y anclado en Fisterra (como si fuera un coche) y el presidente de la Xunta, Eladio Varela hacia una singular petición.

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Además de las impresionantes cosechas, otro de los descubrimientos de estar en el espacio fue, a diferencia de lo que se pensaba, que a cierta altitud pasarían frío, resultó justo lo contrario. Galicia se desplazaba a través de una masa de aire cálido, como una especie de microclima galáctico, con una temperatura media por la mañana de veintitrés grados y de quince a la noche, por lo que el equipo integrado por Pasadena y sus colaboradores, al que se unió Fandiño, experto amarrador, hizo una inaudita petición a Eladio: que se pusiera en contacto con Amancio Ortega para que les hicieran llegar un millón y medio de bikinis y setecientos mil bañadores para hombre, de las tallas X, L, XL y XXL, pero de diferentes colores, «que non somos un exército», se señalaba en un escrito.

También se indicaba en el texto que iban a cubrir con plásticos el interior del estadio de Balaídos, convirtiéndolo en una inmensa caja sin tapa para que desde varios aviones de transporte lo llenaran de crema líquida protección solar 50, que luego ellos ya se encargarían de recoger en pequeños botecitos que repartirían por toda la comunidad para echarse por el cuerpo y así evitar quemaduras y estar morenos, «que estamos de un riquiño, así morenochos, que nin che conto», se decía también en el informe.

Dada la extraña petición, el secretario 1.234 se puso en contacto con el superasesor 27, Rogelio Amor y Amor, que desde que tomó posesión no había hecho nada, lo que fue muy valorado por Eladio Varela, y este con Amancio Ortega, que acababa de comprar Marruecos, Argelia y Túnez, así como Australia, porque le hacía ilusión tener un continente propio. Esto del continente, para muchos resultó ser muy raro, como así lo explicaba un anciano mientras fumaba con un amigo un cigarrillo en una calle de Mazaricos: «Se xa ten Carrefur, pra que quere Continente, é que non o entendo e non o entendo».

Localizar a Amancio no resultaba fácil porque estaba liado con uno de los mayores obstáculos de su empresa, precisamente en España, concretamente en Zaragoza, donde se hallaba el centro logístico para la distribución mundial de su industria textil y quería cambiar el nombre de Zaragoza, que ya de por sí era explicitito, por Gozazara para que no hubiera dudas.

Pero Amancio, del que todos aseguraban que su emporio textil lo había creado de la nada, vendiendo batas, mientras otros aseguraban que fue con botones sin agujero para luego crear varias factorías dedicadas a la perforación de botones sin agujero, estaba seguro de que lograría cambiar el nombre de la ciudad, pero no porque poseyera miles de millones y comprara la voluntad popular, sino por una cuestión personal, por ser la capital maña. y así se lo comentó a sus directivos: «¿Maña?, van a saber lo que es tener maña».

Cuando Amancio Ortega, que se hallaba en Londres negociando la adquisición de una empresa que se dedicaba a comprar empresas de otras empresas, fue conocedor de la petición, se puso en contacto con el Pentágono para que le habilitaran una línea directa con Pasadena sin ningún tipo de interferencias. Una vez que se comunicó con él, le hizo saber que, en veinte universidades americanas y otras tantas europeas, estaban diseñando quinientos zepelines, con capacidad para cien mil personas cada uno, que aterrizarían en Galicia para evacuarlos y ponerlos a salvo, por lo que estimaba que en algo más de una semana comenzarían lo que denominó «Operación Onde Estés».

El nombre no dejaba lugar a dudas, consistía en rescatar a todos los gallegos, absolutamente a todos allí donde estuvieran, por muy remoto que fuera el lugar, pero Amancio, que era un lince de la estrategia comercial, sabía que, al ser patrocinada por él, la gente, en vez de decir «Operación Onde Estés», diría «Operación Inditex», como así fue.

Cuando Amancio explicó su propuesta, Pasadena; Pepe Xirelo, Lito, Lola la palilleira; Fandiño el amarrador; Suso el redeiro y el maderero de Monterroso no pudieron menos que exclamar:

− ¡¡¡Pero Amanciño, oh!!! ¿Pra que jastaches? ¿¡¡¡Como imos abandonar Jalisia!!!? Ti toleaches, ¿non?

−Por encima de todo, antes que nada están vuestras vi-das−contestó Amancio mientras firmaba la compra de Li-bia, Egipto y Sudán y pedía que le trajeran un helado de coco y cacahuete.

− ¡Ay non, Amancio! ¡Ay non non!, nós non deixamos Jalisia, antes morrer na nosa terra.

−Pero hombre…

−Nin homes ni mulleres, dilles que non che saquen os cartos, que xa pensaremos algo, malo será.

−Pero…

−Amancio, atende, que che o ajradecemos ijual, que sabemos que o fas por ben, pero que non, que de eiquí non marchamos.

−Entonces…

−Ti manda os bikinis e os bañadores e que enchen o campo de Balaídos co protector solar, que xa fas bastante. Oes, Amancio, ¿podo pedirte un favor? −dijo Pasadena.

−Dime.

−Mira, coma ti eres co único que falo que está en España…, unha prejunta: ¿Cómo te está o sitio de onde saimos voando?

−Pues igual, solo que ahora el mar llega a Ponferrada.

−Aahh, ¿sejuro que está ijual?

−Igualito.

− ¿Tamén as bateas?

−También.

−Mira, non che o tomes a mal, nin entendas cousas raras, ¿vale? Como che digo, é porque eres co único co que falo que está en España.

−Vale−respondió intrigado Amancio mientras le presentaban una máquina novedosa que imitaba su firma y que hacía un millón a la hora, ya que estaba cansado de tanto estampar su rúbrica en documentos.

−Mira, en Portujal, en Coimbra, teño un socio que lle chaman Alfonso de Amarantes, máis conocido por O Es-pañol; apunta, Alfonso de Amarantes. Ben, pois lle dices que vaia a batea e que saque as catro mil cajetillas de jius-ton e que as meta nun jlobo e que a descarje eiquí, en Fiste-rra, que xa as collo eu, ¿comprendes, Amancio?

−Sí, pero las cosas ilegales…

−Atende, oh, que estamos nunha situación moi complicada; eu che son moi sincero, eu sen tabaco de contraban-do non son ninjén, non sei, me falta aljo.

−Bueno, yo se lo digo y nada más, ¿dices que se llama?

−Pero non apuntaches… A ver, oh; Alfonso de Amarantes, O Español, Alfonso de Amarantes.

−Vale, hasta otra conexión; ya me dicen que van para ahí los bikinis, los bañadores y la protección solar. ¡Ánimo, Pasadena!

− ¡Espera espera, Amancio!

−Dime.

−Mira, e que é unha cousa que levo eiquí coma un puñal clavado no peito, pero desde sempre, ¡eh!

−Dime.

− ¿Pódoche prejuntar unha cousa moi personal?, se non queres non pasa nada, ¡eh!

−Sí, hombre, pregunta lo que quieras, ¿qué es?

− ¿Ti que carallo fas con tantos millóns?

−Pues creo empresas, puestos de trabajo…

−Non, xa, pero eu non me refiro a iso, sino cando vas de festa.

− ¡Ah!, nada especial, igual que tú, tomo algo con los amigos, charlo con ellos, me río…

−Enton, iso de que compras unha isla para festas e caralladas non e certo ¿non?

−Claro que no, como voy hacer esas locuras.

−Oes, perdoa por a prejunta ¡eh!, é que era unha curiosidade moi jrande a que tiña.

−Nada, no te preocupes; si necesitas algo, llámame.

−De acordo, ¡¡oes oes!!, mira ¿que te chamo, Amancio o señor Amancio…?

−Dalo mismo, como quieras.

−Ah, ben, unha aperta.

−Hasta luego.

−Ata logo, Amancio.

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Escribir biografías, un tema apasionante

Toda persona, cualquiera, tiene una historia interesante que contar

Quienes me leéis sabéis que he publicado relatos, novelas, cuentos infantiles, poesías, guiones de teatro… menos picar en la N-VI, lo que sea; y ya pensaba yo que no me quedaban así muchas cosas y estaba un tanto frustrado (porque no me gusta repetir géneros literarios) cuando de repente descubrí las biografías.

No mi autobiografía (que mi vida no me interesa a mí y menos creo que a vosotros, y hacéis bien)  sino la vida de otra persona. Pues estos días ando con una de un terrateniente hondureño, aunque también hay que decir que toda persona tiene una historia que contar, salvo, claro está, que te hayas pasado tu existencia yendo de casa al súper y del súper a casa, que como no cuente cómo evolucionó la mandarina en cincuenta años… pues tema tema, no le veo.

Lo de las biografías es flipante, bien sea de una persona que ha fallecido o que esté viva; te empiezan a dar datos y datos, fechas y fechas, haces cientos de preguntas y, al final, terminas sabiendo absolutamente todo de ella y cogiéndole cariño, como si fueras de su familia, aunque con la que tengo me llega y me sobra, si te contara… y no me digas tú, que seguro que estás en las mismas, que te conozco bacalao.

En esto de escribir sobre otra persona, si el personaje está vivo es más sencillo; pero si ha fallecido (como es el caso del terrateniente hondureño), necesitas ver muchas fotos, mirarle a los ojos, ver lo que rodea la fotografía, con quién, cómo y dónde está, y si tiene vídeos… mejor. Toda información es válida.

Claro que esto de las biografía, al menos en mi caso, tiene que cumplir una condición indispensable, que me sienta identificado con el personaje, porque si no, no puedo transmitir su dimensión, que es fundamental, y si no lo consigues… la biografía no sirve para nada.

Para eso hay cientos de empresas, aunque su método de trabajo no va conmigo; a estas le da los mismo que el personaje sea un leñador que un tornero fresador, con tal de cobrar… lo que sea. Unas suelen hacer unas cuatro entrevistas, de una hora cada una,  y ya con esa información les vale y,  otras, te piden una cinta grabada de varias horas y, en función de ella, hacen la biografía. Vamos, un desastre.

En fin, queridos amigos, aparte de desearos Feliz Navidad, pues eso, que por fortuna he descubierto una nueva vía de entretenimiento, en este caso, profunda, honda, mucho, como te diría yo… hondureña.

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¿Tú sabías que los gallegos hablan a los objetos?

Mira, yo esto de que el gallego auténtico hable a los objetos, el que sea, pero como si fueran seres humanos, con vida propia, lo descubrí hace tiempo cuando una señoriña entró en el  autobús de la empresa «Arriva España» (que tiene lo suyo para estas épocas) sacó de tarjeta, la puso sobre un aparato, no sonó el típico pitido y dijo: «¡ay!, hoy non quere».

Vamos, yo lo sé de toda la vida, pero igual tú no y por eso este artículo para; si eres gallego, que te des cuenta de ello y, si no lo eres, que nos conozcas, aunque eso de conocernos te puede llevar un buen rato, cinco o seis siglos, covid arriba covid abajo.

El conductor no sé que hizo con los dedos en el teclado del artilugio metálico (aunque por los movimientos  era la entrada de la Sinfonía nº 1 de Mahler, fijo) le dijo que pasara nuevamente la tarjeta por el aparato y tras otro silencio absoluto, la mujer espetó: «¿pero qué lle pasa hoxe?»,

Es decir, que la tarjeta es como tú o yo cuando nos ponemos burros, «non quere, non quere e non quere» y de vez en cuando enferma: tú o yo con fiebre y la tarjeta… a saber, como no habla… pero que algo le pasa, ni lo dudo

Yo me imagino que la señoriña, tras el viaje en autobús, llega a casa, saca la tarjeta, la pone sobre la mesa y se pone a hablar con ella como lo haría con su vecina o con una amiga para saber qué le sucede, y entre otras cosas le dice «mañán no me falles» o incluso la amenaza con «como me fagas outra, voute a cambiar, vou  y vou: arreó que si vou».

Los gallegos hablan a los objetos con naturalidad y lo mismo puede ser una tarjeta, una silla, una mesa, la cocina que un cohete aeroespacial… habla con todo; incluso con su vecino porque desde que le arrancó un árbol o se adentró en su finca, ese vecino ya para él no es un ser humano, sino un objeto más, como la tarjeta.

1 ¿Es posible conocer al gallego?

2 El gallego… siempre sorprendente

3. El gallego y las vaquiñas

4. El gallego, la aldea y los rapaces

5 el coronavirus en la aldea…. muy distinto, pero mucho mucho

5-A Galicia: ” ¡¡¡ Es que no puede serrrrr !!!

6 En la aldeas… todos son parientes

7 ¿El gallego?, un santo, se ilusiona por todo

8El curioso concepto que tiene el gallego de la puntualidad

9 Esto solo se le ocurre a un gallego, genial

10Tú crees que el gallego podría independizarse… ummm

11 El gallego y sus frases que te destrozan

12 El lugar más importante y especial para el gallego

13 Una cualidad desconocida del gallego

15 El gallego eso de la muerte.. lo borda, es que lo borda

16. Las interpretaciones de: «¡¡¡¡Ay miña madriñaaaa!!!!».

17 El gallego, un crack regateando

18 El gallego, el sacho y la patata

19 El gallego y el amor por los animales

20. La naturalidad del gallego, a veces… te “mata”

21. Ni lo dudo, el gallego domina el más allá

22. Tela cuando un gallego dice «¡¡¡ cajoenróssss !!!»

24. Joé cuando las nuevas tecnologías llegan a la aldea… ¡¡¡ madre de dios !!!

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Covid, ¿quién dice que no se puede parar la economía mundial?

Para el sistema, con tal de que trabajes, no importa si estás o no confinado

Al personal, el sistema le mete axiomas en el cerebro, como si no hubiera otra posibilidad, que las cosas tienen que ser así y no de otra manera, para que todo siga funcionando perfectamente, pero perfectamente engranado para una minoría, los todopoderosos.

Esto es como cuando nos dicen no a la violencia y, después, se juntan varios países, se toma una resolución en la ONU y se invade una nación y se masacrea a la población. Eso, por lo visto, vale y no es violencia.

Pues ahora el axioma es que la economía mundial no se puede parar. ¿Quién lo dice? Supongamos que en todo el mundo, pero EN TODO EL MUNDO, a cada familia se le da una cantidad de dinero para exclusivamente comer y que se quede en casa; supongamos que solamente se paga y bien, a todas las personas que sostienen los servicios mínimos como el agua y la electricidad, quienes producen los alimentos hasta que llegan a los supermercados, sanitarios y Fuerzas de Seguridad del Estado.

Y supongamos (como ante situaciones extremas hay que tomar medidas extremas) ni sanciones ni gaitas, quien incumpla el confinamiento (pues juegan con la vida de los demás) se pasa una, dos o tres noches en prisión.

Si esto se aplica en todo el mundo, pero en todo el mundo ¿cuál es el problema? Ninguno. Todo el planeta tendría lo suficiente para lo indispensable: alimentarse, sanidad, servicios como la luz y agua, y confinados (creando un sistema de salidas de casa por horas, bien por el número de DNI u otras formulas) hasta que haya una vacuna.

El problema es cuando en medio de una pandemia mundial, las multinacionales y los todopoderosos quieren seguir con sus negocios,  vendiendo coches, ropa, calzado y un largo etcétera de productos que no son de primera necesidad, y nos comen el cerebro diciendo que hay que trabajar. ¿Trabajar?, ¿Trabajar para ellos, para que tengan más y más arriesgando tu vida?

Si esta medida que he expuesto se aplicara en todo el mundo y se potenciara al máximo la investigación para encontrar una vacuna, no pasaría nada, absolutamente nada, y cuando se acabara la pandemia, todo podría volver a funcionar como antes. Que la economía mundial se puede parar….naturalmente que sí, otra cosa es que se quiera. ¿Utópico?, solo quien lucha por una utopía mejora el mundo.

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La tristeza del Covid solo lo arregla Georgie Dann

GEORGIE

No le deis más vueltas, la única solución a esta situación veraniega entre tristeza y toques depres es que vuelva Georgie Dann, que aunque tiene ochenta años para una canción del verano le queda más que fuerzas. Si vuelve Georgie Dann prometo bailar todos los días el chundachunda que nos meta en el cerebro, pero no una vez, no, desde que me levante hasta que me acueste aunque tenga que ir a saltos por el pasillo como si fuera un grillo.

Mira; yo porque no soy el presidente del Parlamento Europeo, que si lo fuera me voy directo a la casa de Georgie y le digo que esto es más que una situación de emergencia comunitaria, que regresa a los escenarios y bailamos todos el tema que se le ocurra o que esta pandemia no hay dios que la arregle. Que esto no lo soluciona ni mil virólogos ni siete mil Fernandos Simón y menos Salvador Illa, el ministro filósofo, lo ideal para dirigir Sanidad.

Un buen chundachunda, pero de los buenos, de esos que no te deja pensar, que te tiene medio mareado, alelado, como grogui, inconsciente, como anestesiado es lo que necesitamos precisamente ahora.

Que sí que, antes de esta nueva normalidad, cuando Dann sacaba la canción del verano te acordabas de la familia de D. Georgie… cierto; que en ocasiones parecía que la canción te perseguía aunque te escondieses bajo la cama… también; que hubo momentos que a punto estuviste por denunciar a la comisión de fiestas porque eran las tres de la mañana y, según Georgie Dan, «el negro no puede…», correcto

Que llegaba a un punto en el que a finales de agosto no tenías ya muy claro si eras español o de Senegal porque el negro se te metía en todas partes del cuerpo, incluso en la dermis y la epidermis, y para mí (aunque mi familia dice que no, que son cosas mías) yo hasta como que se me ponía el pelo rizado y me encontraba más moreno… también. Y que a veces estabas solo y de repente cantabas «el negro no puede, el negro no puede» y a la vez te decías medio flipando, « ¡qué diablos hago yo cantando el negro no puede…!», en efecto.

Y que hubo momento que no ya sabías si era un negro o una tribu porque cambiabas de dial y allí también estaba el negro… pues también. Pero ahora no es el momento de echar leña al fuego; ahora más que nunca necesitamos de forma imperiosa a George Dann y  su chundachunda descerebrante y… ¡hombre!, si de paso nos dice que era lo que no podía el negro… pues que matamos dos pájaros de un tiro.  ¡Ay!, si fuera el presidente del Parlamento Europeo…

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