Un país de gobernantes mediocres y de nuevos ricos

España es un país formidable y con un potencial increíble por el lugar estratégico que ocupa y por ser un centro multicultural con buenas relaciones con el mundo árabe, con el resto de Europa y con Latinoamérica.

Lo que ocurre es que este país tiene unos gobernantes mediocres: unos porque pasaron de un día para otro del asfalto o de pisar tierra a una moqueta (lo que en la vida soñaron) y como los nuevos ricos gastan y gastan sin importarles nada porque el dinero no es suyo, sino tuyo y mío.

Y otros, porque se deben meter con mínimo anfetaminas en vena o son los daños colaterales de las drogas de diseño, porque si no no hay quien lo entienda, ya que  les importa un bledo robar y seguir robando, que luego ya aparecerá misteriosamente una fianza para  no entrar en la cárcel y si lo hacen es por tres o cinco meses, que para eso diseñaron ellos las leyes.

Me duele profundamente este país que amo porque en España no es que no haya dinero, lo hay y de sobra; pero si haces millonarias obras sin sentido que no se utilizan, te subes el sueldo cuando te apetece, ganas más de mil veces el salario base y en una noche te gastas 3.000 euros en copas como han hecho muchos políticos tirando de cajero, pues lo normal es que no haya para atender las necesidades básicas de miles de españolitos, que los eligieron para eso, para atenderlos.

Hay, de esos axiomas tan bonitos y que tanto le gusta al sistema, uno que dice: «no a la violencia», aunque luego se junten tres o cuatro parias en la ONU, firmen un acuerdo, invadan un país para sacarles los recursos naturales, los dejen en la miseria a merced del negocio de la armas y mueran miles y miles de personas. Eso, por lo visto, no es violencia.

Pues bueno; eso de la «no violencia» tiene sus matices y sus límites, porque cuando un país, en vez de ciudadanos (que por tal se entiende toda persona que tenga un techo y alimentos para su familia) carece de ello y lo que tiene es una sociedad esclavizada, que no gana ni para subsistir, lo de la «no violencia» (como la ONU) queda un poco en tela de juicio porque a la violencia se le ataca con la defensa y hay muchas formas de defensa.

No voy a ser yo quien defienda la violencia así porque así, gratuitamente; pero de tal forma que un ligero y simple cachete a un niño en un momento dado no le viene nada mal, a algunos, un buen par de bofetadas les vendría bastante mejor.

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España, la democracia invisible

Decir que España es una democracia, entendida como lo es en el resto del mundo civilizado, es una pantomima, una ficción, que queda bien en los papeles. Solo hay que percatarse en los apellidos de muchos dirigentes para darse cuenta de que sí, de que estamos en una transición; pero la transición de quienes dirigieron este país con el general franco y ahora son sus hijos políticos los que siguen en el poder.

Una triste realidad porque con la llegada de la democracia, se creía que España (con el Psoe y otras fuerzas de izquierdas legalizadas), el país iba a cambiar, se iba a empezar de cero y las instituciones iban a comprometerse por un país mejor para todos, sin mentiras, sin engaños.

No fue así. Los de “izquierdas” acabaron engullidos por el postsistema dictatorial y así, recientemente (por miedo a un auténtico cambio) se aliaron con el PP tras la vergonzosa destitución de Pedro Sánchez, quien ahora podría alcanzar la secretaria general y regenerar esta democracia invisible.

España no es un país; España es una banda de impresentables, sometidos a los tiburones económicos que, al igual que las mafias, se eligen entre ellos ante el estupor de la bases de los partidos y del ciudadano de a pie, que ve impasible cómo gente que ha robado dinero a espuertas ya ni entra en la cárcel por la sinvergonzonería que son las fianzas.

A estos dirigentes, repito, no las bases, les importa un bledo España; les da lo mismo si uno se tira por el balcón porque no puede pagar una hipoteca, si los niños se marean en el colegio porque van mal alimentados, o si en Cáritas ya no dan abasto con tantas peticiones, síntoma de un país empobrecido.

Solo queda esperar un auténtico cambio generacional, una mayor sensibilidad entre todos (se tenga la ideología que se tenga) y que se acabe de una vez con esta filosofía política que es más de hooligans  enfrentados que de personas que dirigen un país y miran por el bien común. Mientras tanto, mientras no suceda esto, seguiremos viendo delincuentes de cuello blanco paseando por las calles y, otros, esquiando en Suiza.

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Lo que robaron el PP y PSOE cuando no casi no habia periódicos

 

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Cuando nuestras madres nos compraban la ropa

Cuando yo tenía seis o siete años, no estaba muy seguro de si era niño; niña no porque por aquel entonces (hace más de cinco décadas) había una manía entre los médicos de mirarte por un aparato nuevo llamado Rayos X, y entonces allí se veían todos mis huesecillos hombrunos después de aplastarte el pecho contra una mampara congelada que no cogías una pulmonía de milagro.

Como digo, niña no era, pero niño…. yo más bien me sentía goma, sí, una goma elástica e irrompible. No me digas cómo, de repente, un día tu madre te cogía por la mano y como si fueras un trapo y decía: «Vamos de compras».

Ni te preguntaba si te apetecía, si estabas haciendo algo, si estabas animado para salir, si te ibas a casar… ná, arramplaba contigo y de repente te veías de pie, con tus pantalones cortos en un comercio sin saber si te iban a comprar un jersey, una gorra, un abrigo o te iban a vender como esclavo.  Allí estaba tú en el medio, quietecito y sin decir ni mú rodeado de gente.

Entonces tu madre le decía a la dependienta «deme ese jersey», y siempre pasaba lo mismo; te quitaban a lo bestia el que llevabas puesto, el cuello te chocaba en la nariz, con los ojos, con las pestañas, con las orejas, llorabas, y antes de que te lamentaras más te metían sin mirar otro por la cabeza que te recolocaba todos tus apéndices: orejas, pestañas, cejas… y siempre, pero siempre, el cuello te quedaba pegado a los ojos y llora que te llora.

Yo la verdad nunca entendí como mi madre (nuestras madres) que eran tan bondadosas y cuidadosas, tan cariñosas y sensibles, en las tiendas se transformaban en auténticas fieras poniéndote la ropa. Y cuando tenías el jersey puesto, había una frase que no fallaba: «Deme una talla más, que va a dar el estirón».

Y también entonces pasaba algo increíble; si tu talla era la, pongamos 24, pedía la 25, y si no había la 25 valía la 26, y si no había la 26 ni la 27 ni la 28… pues bien te servía la 320 o la 640. Yo no sé si estirarías tanto pero que de allí te ibas con un jersey… bien lo sabía dios.

Y así salías; tu madre tirándote de nuevo por la mano contenta como unas pascuas, y tú con las orejas rojas de tanto jersey que te quitaban y ponían mientras pensabas «pa llenar esto, tengo que estirar…».

Y tío, no me digas cómo lo hacían nuestras madres, que sin logaritmos neperianos, ni ecuaciones de segundo o tercer grado, ni escuadra y cartabón ni rayo láser… el jersey te quedaba perfecto; eso sí, no al año ni a los dos, pero a los tres o cuatro… bueno bueno, niquelado. Eso eran madres y tú… todo orejas, les daban unos meneos…

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México o la alegría de los países en desarrollo

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Mira neniño, yo no sé qué pasa en el mundo, pero los países que llaman en desarrollo o emergentes, ya pueden tener los problemas que quieras que no se les va la alegría así baje la Bolsa a -140 o un tifón les pase por encima de la cabeza.

Tú vas Túnez, a Venezuela, a Cuba, a Marruecos o a México, y la gente, pese a las múltiples dificultades, siempre está con una sonrisa en los labios, son amables, hablan contigo aunque no te conozcan y tienen una sencillez y una naturalidad que son envidiables.

Y vas a los Emiratos Árabes, y aquello ya es la reoca. De lo nueve millones que hay, ocho que son indios, paquistanís, birmanos o birpies… pues tío, son los únicos que se ríen aunque vivan con lo justo. Y los emiratís, forrados hasta las cejas, pues ni una sonrisilla, tanto que me da que allí nadie se pone un diente de oro; para qué, si no abren la boca… una peniña estos megajeques con síndrome de Diógenes almacenando billetes…

Y luego, para variar, estamos nosotros, los europeos, que aunque tenemos y nos sobra de todo, esto parece un funeral permanente; anda el personal por estos lares con un careto lánguido, como acartonado e inexpresivo, que te dan ganas de tocarlos y decirles «usted es un ser humano ¿verdad? ¿ o es la última versión de un dron andante, que yo como de tecnología no estoy muy puesto…?».

Y entre nosotros, que andamos histéricos por aprender idiomas para no hablar con nadie, están los países más avanzados como Noruega, Dinamarca o Finlandia, a los que llaman la «cuna de la felicidad»; pues joé con la cuna de la felicidad, prefiero vivir en el suelo, ya que es donde más se suicida la gente, no sé si tirándose a un lago helado en pelotas o tragándose un esquí.

La verdad que entre no tener nada y sonreír y disfrutar del momento, y tener de todo y vivir como se vive en Europa, como si tuvieras un cólico nefrítico permanente, ya no sé lo que es mejor; pero me da que si te acostumbras y con cuidado… dame un país emergente, pero emergente de verdad, porque a mí me pones en Alemania y tengo que dormir a las nueve… y me hundo.

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Los vigilantes del Tecnológico de México, buenos amigos

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A mí siempre me ha gustado la gente sencilla, y entiéndase por sencilla, de todo tipo: desde el que tiene superestudios al que no, desde el que no tiene un duro hasta al que le salen millones por las orejas, que a mí me da lo mismo porque cuando hablas con ellos estás tranquilo y digas lo que digas nada se lo van a tomar a mal.

Es lo que suele tener la gente sencilla, ese don de que no le dan muchas vueltas a las cosas, porque los otros… ni que fueran ajedrecistas, dices una cosa y piensan mil y todas equivocadas. Son unos raritos…. Ejemplo, pones un vaso en una zona de la mesa… y cavilan ¿por qué lo abrá puesto ahí? y te da ganas de decir: «Vamos a ver: vaso, mesa; el vaso, en la mesa ¿lo pillas?». ¡¡ Dios, qué gente !! Es lo que hay.

Bueno, pues a estos amigos que están en la foto y que son vigilantes en el Instituto Tecnológico de Monterrey (México) los tenía, digamos, un poco sorprendidos, desconcertados, aunque yo bastante más.

El asunto era que como no sé qué pasaba con el móvil y no sonaba la alarma para despertarme, siempre les decía que me avisaran; pues oye, ni un día lo hicieron, no me digas cómo, misteriosamente sin que nadie me llamara, ni despertador ni historias, yo solito me levantaba antes de la hora e iba a impartir los cursos.

El primer día no se extrañaron al verme antes del ring ring ring; el segundo, tampoco; ya el tercero debieron de pensar «raro este español»; y el cuarto todos nos partíamos de risa cuando me veían y ellos miraban el reloj como diciendo «¡¡¡ pero si aún no son las nueve !!!».

Y entre que no eran las nueve y me parecía imposible que me levantara por la divina gracia de Dios (cuando de una tacada soy capaz de dormir mes y medio), entre risas y más risas les decía: «Si queréis me meto otra vez en cama y me llamáis, que por mí…».

Y así, entre bromas y con una sonrisa, pues a la hija de uno le regalé un cuento de Rodripico, a otros les contaba cómo era España, ellos me decían qué iban a hacer el día que libraban, y poco a poco iba conociendo cosas de México, esas que no aparecen en las guías de este maravilloso país con una gente que te llega al alma y que terminas adorando.

No había día que no “platicáramos” de algo, y cuando me levantaba y veía así alguno un poco aburrido le decía: «¿Dónde está la cafetería Centrales en el Campus?». Ellos sabían de sobra que yo conocía perfectamente dónde se encontraba, pero yo insistía con una media sonrisilla diciendo que no me acordaba para que así se dieran una vuelta, y para convencerlos más de que vinieran conmigo les comentaba «pero os imagináis si me pierdo y me pasa algo, que soy medio bobo, ¿qué responsabilidad, no?»

Y así, de esta forma, hacía que salieran de sus puestos de trabajo y se despejaran, hacíamos un recorrido de unos doscientos metros y todos felices: ellos porque se distraían un poco, y yo porque por el camino nos íbamos gastando bromas y escuchaba atentamente lo que me decían sobre México. Y así, día tras día, cada mañana era una felicidad pasear con ellos, menos hoy, que estoy en España y los echo de menos. Un fuerte abrazo buenos amigos.

PD._ Artículo dedicado a todos los vigilantes del Tecnológico por lo muy amables que siempre fueron conmigo.

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Los curiosos «escoltas» mexicanos

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Que México es peligroso lo sabe hasta la prima hermana de Hernán Cortés, por eso, algunos alumnos que iban al Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, lo hacían con escolta.

Los llevaban a la puerta del campus y luego los recogían. Yo no sabía nada de esto hasta que un día me encuentro una fila como de ocho coches aparcados en la acera, algunos con cristales oscuros y blindados, mientras la policía, metralleta en mano y dedo en el gatillo vigilaba la salida de los universitarios.

Ni que decir tiene que yo, con cara de idiota, me quedaba observando a los policías uniformados de negro ataúd, mientras supongo que me miraban a través de sus gafas oscuras en plan «este gilipollas…», pero son cosas que ocurren cuando viajas y tiras a parvo. La vida misma.

El caso es que lo de los automóviles aparcados y los agentes no me sorprendía mucho porque para entonces, en el periódico Milenio, ya había leído que se habían cargado en una semana a cuatro personas y ya estaba esperando la segunda edición del diario para ver si me había pasado algo, como no me entero…

A mí lo que no me pegaba era ver a tipos tan grandes con tanta cara de bestias en esos vehículos, como que no encajaban, como si a mí me pones a trabajar, por ejemplo. Así que pregunté hasta que me dijeron que no eran los padres de los alumnos, sino escoltas (pocos, obviamente), con lo cual decidí ni pedir fuego para encender un cigarrillo, no fuera a ser que me acercara sin querer a un escoltado y me lo encendieran a balazos.

Claro, esto de los escoltas me hizo cavilar. Lo primero que pensé, para variar, fue una estupidez ¿y si me hago escolta de mí mismo llevando a medio metro y agarrado con un palo en el pie un espejo de mi tamaño y aparezco reflejado? ¿y si en vez de un espejo llevo un dibujo de un fortachón con todo tipo de cicatrices?

Pero esta idea la deseché, no porque no le viera posibilidades, que uno es muy terco, aunque ahora a la terquedad le llaman tenacidad, sino porque andar dando pasos con un tablón pegado al zapato… complicado.

E inmediatamente dejé de pensar en ello cuando me comentaron que había gente que se hacía colega de un macarra simpático, grande el tipo como un autobús, le pagaba todas las copas, unos 100 euros al mes, y te llevaba a todos los sitios que quisieras; o sea, que era un escolta temporero, como los de la fresa, pero a ostias (perdón por la palabra)

Yo me enteré tarde de este sistema de protección, pero si por lo que sea el próximo año vuelvo al Tecnológico, del aeropuerto me voy directo a Comisaría, contrato a uno de esos que tienen unos tatuajes tan grandes que te puedes ocultar en ellos en caso de peligro, y ya pueden ir temblando los Cárteles; bueno, tanto tanto no, pero que en vez de tiros me lancen dardos… pues a lo mejor sí.

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Cosas que ocurren entre mexicanos

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Hace unos días, aquí en Monterrey (México) a unos doscientos metros de donde duermo hubo una balacera. Eso de la balacera, leído así, suena a baile, como a una danza melosa, incluso empalagosa de una pareja que se da arrumacos a los sones de una orquesta. Pues no.

Una balacera es una ensalada de tiros a diestro y siniestro, un «a que yo más», un, en plan local, «la chingaste». Unos que desenfundan, otros que hacen lo mismo y, ¡hala!, un bacalao de disparos y que dios reparta suerte.

Pues ni así me desperté, solo al día siguiente, al leer el diario Milenio, me enteré de ello; vamos, que ni se comentó el asunto, como si fuera lo más normal.

Si me llego a despertar no sé muy bien qué haría, sin contar el número de heridos, recoger fiambres no puedo porque no tengo fuerzas, pero sí hacerme con alguno de los casquillos como recuerdo. Incluso a lo mejor, en un arrebato, ir al lugar y hablar con los delincuentes en plan «pero hombre, que no son horas, que no son horas…».

Pero estoy seguro de que si hablara con ellos me dirían «oye güey, que si son horas manito, que son ocho de currele, llevamos seis y aún nos quedan dos na más… y duerma tranquilo compadre, que esto es entre nosotros…».

Y claro, si tú oyes eso de «esto es entre nosotros», te da como un no sé qué haber interrumpido la refriega, una falta de cortesía y… pues oye, que los animas, que solo en la calzada hay cuatro millones de casquillos y que por los cálculos que has hecho, otros tres millones bien entran, y que nada, que disculpen y que sigan a lo suyo y eso, que perdonen por infringir la ley de Protección de Datos, que yo no digo nada.

Y creo que en el fondo tendrían razón, porque aquí en Monterrrey parece que todo está muy ordenado con dos turnos de trabajo: el de mañana, en el que están los que viven; y el de la noche, que están los a ver quien vive. Y eso, como que te da tranquilidad ¿no?. Pues no.

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