Los de Tráfico, como los bandoleros del siglo XVlll

A mí que me encanta la Historia de España, cuando veo a los chicos de la Guardia Civil de Tráfico es como si me transportara a la época napoleónica, cuando los bandoleros asaltaban los caminos. Me da una alegría ver como lo mismo de tarde, que de noche, que día, que de madrugada paran a un coche y se llevan el botín sin derramar una gota de sangre…

De verdad que no lo puedo remediar. Me mola verlos porque al igual que los salteadores del XVIII tienen su código de honor; aquellos era el silencio, y los de Tráfico creo que es eso de «¡España!, ¡la Patria!, ¡el servicio!, ¡el deber!, ¡la ayuda al ciudadano!, ¡el auxilio!, ¡el valor!», pero no estoy seguro.

Además (yo entiendo que esto es solo imaginación mía) cuando los veo en moto y es como si lo viera montados a caballo, y la escena es igual: se ponen a un lado del camino por parejas o en grupo, unos delante, levantando el brazo y con el arma dispuesta para desenfundar, otros más a tras por si alguien se escapa… de verdad que lo bordan, igualito que los que dirigía Curro Jiménez cuando iba por la sierra, unos golpes perfectos.

Y para más similitudes, y por eso este asunto me apasiona como amante de la Historia, como aquellos bandidos de antaño tienen sus vigilantes por todas partes, colocados en llanuras, en montañas, cerca de ríos, de puentes, en túneles, aunque ahora en vez de aguerridos hombres son unos aparatos que llaman radares, que hasta hacen fotos, según dicen.

Yo cuando los veo pienso: «joé, mira donde se puso este, si casi no se le ve, sin con ese traje verderolo y la hojarasca… joé que estratega, que táctica, lo que habrá estudiado para planificar esa emboscada. Este en carnavales debe ser la bomba. ¿Y cuánto tiempo llevará detrás de ese arbusto?». Si te soy sincero, en alguna ocasión los he visto cuando cae el sol de plano y me da ganas de parar y decirles: «¿quieren agua?». Para luego añadir antes de irme «¡Ah!, que ahí se les ve».

Lo que no entiendo de estos buenos hombres que son los de Tráfico, y me molesta, es cuando de repente paran a uno y le hacen soplar por un aparatito porque eso, eso no es natural, eso es contranatura, artificial; rudos y curtidos hombres convertidos en simpáticos ATS… eso no pega nada; pero bueno, comprendo que no es la época napoleónica, que es el siglo XXI, que le vamos a hacer; igual un día, además de soplar, te toman la tensión y te recetan, pero de otra forma.

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¿Alguien me puede explicar por qué los mecheros no funcionan?

¡Por Dioooossssss!, ¿alguien me puede explicar por qué los mecheros de ahora no funcionan? ¿qué les pasa a estos aparatejos que hay que darles y darles a la ruedecita hasta que te sale un callo en el dedo pero ni una condenada llama?

Yo a este paso estoy por ir al Amazonas, contactar con alguna tribu y que me enseñen cómo consiguen hacer fuego con palos. Me voy allí de extranjis, medio en pelotas o con un taparrabos, con barba, despeinado del copón y haciendo que hablo un idioma que ni dios entiende, como que soy de otra tribu, y los convenzo para que me revelen el secreto.

Pero te lo juro que voy y me presento aunque sean caníbales. Me importa un bledo porque sé que no me harán nada, pero nada de nada, porque si los veo así, como que abren la boca, y de reojo no veo nada al fuego y sospecho que al que van a asar soy yo, saco un mechero, lo enciendo tres veces, luego se lo regalo y sí, hombre, que van a ser capaces de encenderlo, acabo con ellos por desgaste físico dactilar.

Y cuando ya estén todos agotados, exhautos, cuando ya al chamán todo el clan le dé un par de bofetadas por torpe porque tampoco consigue una llama, me largo por pies y te lo juro que si se ponen tontitos acabo yo antes con la población indígena a base de mecheros que los madereros eso y buscadores de oro, vamos que si acabo con ellos.

Yo estoy convencido que si con señas les explico lo que lo que me sucede, me adentran en la selva y me da que me llevan a un paraje, así como bucólico, y entre el follaje (conjunto de hojas)… pues que abren las ramas así en plan peli y en un claro del bosque, de un verde precioso, me enseñan una escuela de FP 1 para aprender a hacer fuego junto con una treintena de pavos de otros países porque eso de los mecheros debe ser ya un problema internacional.

Porque… ¿qué haces con un mechero que no funciona? Nada; bueno, hombre, nada nada no, con la rueda esa que tiene estrías, como dentada, puedes hacer los bordes de las empanadillas, pero vamos, que para eso, para eso realmente no es ¿verdad?

 

PD.- Este artículo se lo dedico a mi amigo Enrique Posse, un intelectual que regenta un estanco desde hace años y, al ver mi necesidad…. me regaló ¡¡¡ CINCUENTA MECHEROSSSSSSS !!!!

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Y tu amigo ese el plasta ¿cómo es?

Todos tenemos algún amigo o conocido plasta; yo tengo uno al que llamo «Tristón» y, lógicamente, en el móvil lo tengo con ese nombre, «Tristón», no vaya a ser que llame alguien, no caiga en quien es, descuelgue el teléfono, sea él y me dé el día, no me lo perdonaría.

Yo de Tristón lo sé todo, pero todo todo. Donde trabaja, donde vive, los bares que frecuenta, los sitios por los que pasea… todo. ¿Y por qué sé todo de Tristón? Pues justo para todo lo contrario, para no saber nada de él, solo para estar seguro de por donde no tengo que ir y evitar encontrármelo, pues más de una vez lo he visto a lo lejos (como que se acercaba a mí), y he hecho de todo, desde disimular viendo pastelerías, ferreterías y hasta tienda de ropa femenina, que prefiero pasar por rarito que aguantarlo media hora. Y es que Tristón ya no es que sea plasta, que los es y mucho, sino lo peor, te quita la alegría, la ilusión.

Lo de Tristón es automático. Te para, le dices que hace un buen día, por ejemplo, y ya te contesta: «no sé, no sé, no sé si cambiará» y lo primero que se te viene a la mente es: «machiño, el día no sé si cambiará, pero lo que es tú…», y a la vez, meteorológicamente hablando, te acuerdas de las isobaras, porque de vara…. es un rato largo.

No sé cómo será tu amigo el plasta, pero Tristón, además de ser un marrón de tío, tiene dos defectos. Uno es que habla muy bajo, tanto que estás todo el rato diciendo: «¿qué? ¿qué? ¿qué?» y a veces hasta te dices: «¿pero para qué le pregunto si no me interesa nada de lo que dice, pero absolutamente nada?».

Y luego, ya no me digas por qué, si es un tic nervioso, un síndrome no catalogado, una enfermedad mental o le duelen lo zapatos; pero vas con él por la calle y cada seis u ocho pasos se para, y claro, tú sigues, miras para un lado y no está, se quedó atrás y a esperarlo. Un desquicie.

Cuando Tristón te para, de verdad que la has pifiado, no puedes escapar y ya se mete de lleno en su conversación favorita: la filosofía, que en él es como un arma de destrucción masiva, te aniquila, te arrasa y, como si estuviera tomando un refresco con pajita, te va absorbiendo poco a poco la sonrisa.

¿Y aparte de filosofía Tristón habla de algo más? ¿Tiene algún tema así que…? No, pero un no rotundo, como los del tenis. Tristón, no, su madre no sé, pero él… NO. Mira que hay asuntos para hablar, miles, millones, pues el tema preferido de Tristón es la filosofía con una variante que es el existencialismo, y a cada rato está con lo de por qué vivimos, adónde vamos, qué hacemos, para qué estamos. Yo, sinceramente a las tres primeras preguntas no tengo respuesta; pero a la cuarta, a la de para qué estamos, lo tengo clarísimo: yo, para no encontrármelo.

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El cine francés me está matando

Hace unos días escribía que no hay nada para dormirse por la noche como el cine francés. Ni contar ovejitas, ni valium 110, ni anestesia cerebral; pero desde que he empezado con esta especie de terapia cinematográfica me da la sensación de que estaba equivocado porque a medida que veo filmes y más filmes cada noche noto que empiezan a producir daños colaterales que sinceramente no me los esperaba.

Ayer, viendo una peli, casi quince minutos se pasó un tipo en silencio en la cocina quitando botes de una alacena viendo lo que eran. Cogía uno, leía el etiquetado, le daba la vuelta, otra vuelta, otra más y luego otra. Y de vez en cuando la cámara enfocaba una manilla blanca de la portezuela. ¿Alguna idea que captar? ¿algún mensaje subliminal? ¿quizás en vez de algún mensaje subliminal una estupidez descomunal? Pues yo echándole minutos visuales al asunto.

Así como cuatro envases leyó y releyó el tío. Pues fíjate lo que son las cosas (y por eso hablo de daños colaterales) una escena que parecía de lo más tranquila y con una música hipersuave me puso de los nervios, y a punto estuve de darle al rewind a la peli y ver si en los créditos figuraba un teléfono o un correo electrónico para escribirle o llamarle y decirle al tipo ese: «joé, chaval, que has que ha cogido pimentón, sal, azúcar, orégano… ¡que no hace falta leeeeerrrrr o es que no ves el dibujooooooo!».

Porque, qué va a ser una cosa cuadradita, blanca, en forma de terrón, y que está al lado de un café con leche… ¿una amapola, una empanada?  Y luego pensé: «y el petardo este… ¿por qué no mira hacia bajo y lee los subtítulos, que lo pone más que claro, A-zú-car?».

Tal tensión me produjo, que después de que el protagonista se fue de la cocina se puso andar por la casa, y era ver yo una imagen de cualquier mueble con puertas y me decía: «a que este gilipollas lo va a abrir, a que lo va abrir y se va a poner a mirar lo que hay dentro y cogerá un zapato para ver qué es… a que lo va a hacer, a que lo va a hacer…».

Así estaba, ya medio esquizofrénico, cuando de repente, mientras se puso a caminar por un pasillo, que aunque era un piso tardó casi diez minutos en recorrerlo, cavilé en los diferente que es la cinematografía francesa de la americana o la española, incluso de la del resto del mundo, porque… ¿qué hace un español, un americano, un ruso, un polaco o incluso un afroamericano, por ejemplo, con una punta, sí, con una punta? Pues la clava, no sé donde pero la clava. ¿Y qué hace un francés? Una película de autor. Ya te vale la France.

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¿Sabes qué es lo mejor para dormir?

A mí de pequeño siempre me dijeron que para quedarse dormido de noche lo mejor era contar ovejas; así que te ponías a contar, y con las mantas, cuando ibas ya por el borrego 1.723, no balabas de milagro, pero te quedabas frito. Y hay quien dice que hasta algunos se hicieron pastores, de eso de la iglesia anglicana, pero yo en eso ya no entro que soy de francés.

Después, de los 20 en adelante ¿para qué ibas a dormir?. Más bien contabas las horas que estabas fuera de casa y al independizarte, como pagabas tú la casa, hasta te planteabas si no sería mejor alquilar una cama por horas porque para el tiempo que la utilizabas… Y luego, ya con los 50, en vez de ovejas el asunto pasó a contar valium por unidades o al peso, que de todo hay. En fin, que el asunto era contar; pero claro, el problema del valium es que es química y la química… pues que reacciona, interacciona y es un lío.

Tú te tomas una pastilla, y si la pastilla fuera directamente al cerebro a un habitáculo que pusiera «Se duerme» y nada más entrar te encontraras a las células de fiesta… pues sencillo, de la cápsula bajaban los guerreros valium (al mejor estilo caballo de Troya) y a leches con todas ellas y te quedarías sopas al momento. Pero no, la pastilla va por todo el cuerpo navegando por la sangre y ya me dirás tu, qué tiene que ver el sueño con el dedo meñique del pie, pues hasta el dedo meñique llegan los guerreros valium. Total, una pérdida de tiempo.

Pero hace unos días descubrí que para dormir hay un sistema que no falla; llevo con él dos días y es maravilloso: las películas francesas. Una película francesa es lo mejor para dormir. Supongamos una escena en una cocina donde hay una joven. Entra un hombre, la cámara que le enfoca a la cara, luego enfoca el rostro de la chica, otra vez a la del hombre, nuevamente a la de la mujer… y así, pues 1.600 horas bien a gusto están y tú dándole al volumen creyendo que dicen algo, pero no.

Y luego, barrido de la cámara por la cocina y esto es lo maravilloso de estas películas, van tan lentas fijándose en todo lo de la cocina en detalle, pero en tanto, que hasta puedes organizar la compra porque pasa la cámara cerca del grifo y te dices :«¡es verdad!, me fatal el Fairy, el Soctch Brite, el Dixan ese, el… » y cuando llegas al Calgonit, solo pensar que pesa como 5 kilos… bueno bueno, no hay mente que lo soporte, planchas la oreja como un benditiño.

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Abanca y el timo de las comidas de autor

La pregunta es sencilla y la respuesta… la respuesta ya es otro cantar porque hay timos para dar y tomar; pero así, sin comernos mucho el coco, a bote pronto que se dice. ¿Hay mayor timo que las comidas de autor? ¿acaso la letra pequeña de una compraventa? ¿el folio 4.728 de una hipoteca? ¿el truco que utiliza Abanca (antes Caixa Galicia) que si quieres dar de baja un seguro tienes que hacerlo con dos meses a la fecha que expire, como si te fueras a acordar? ¿quizás como se lo montan Abanca también (a este paso le dan un premio) que si haces una segunda hipoteca, como le ocurrió a un amigo, le cobraban dos veces el seguro de la vivienda? ¿tal vez (joé con Abanca) decir que eres una empresa gallega, pero que muy gallega y luego el diseño y logos los contratan en Barcelona?

Casi estoy por llamar al director de Abanca y que me diga si hay un timo mayor, que parece que de este asunto saben mogollón; pero no, no lo voy a llamar porque es evidente que más que la comida de autor no lo hay. ¿Y por qué no hay mayor timo que la comida de autor? porque Abanca (lo siento, no es por meterme con la antes Caixa Galicia, pero es que Abanca se esta convirtiendo en un referente de trapallada, que decimos los gallegos) lo hacen sin que te des cuenta, pero la comida de autor te la ponen ante los ojos y hasta hay quien se convence que lo que paga por ella es normal.

Hace unos días me invitaron a comer a un sitio exquisito, y bajo un nombre que no veas me sirvieron una maqueta de comida. Tras tomarla, un pavo que hablaba como si fuera ingeniero de la Nasa o doctor honoris causa por la Universidad de Pennsylvania, sin que nadie se lo preguntara y que resultó ser el cocinero, se acercó a la mesa y comenzó a explicar como se había preparado la condenada tapa.

Tras casi cinco minutos disertando sobre las propiedades de la habichuela miró a todos y dijo, como si estuviera presentando la tesina para ser la mano derecha de Obama: «¿les ha gustado?». Todos dijeron que sí, que excelente, excepto yo, que estuve por preguntarle si se refería a la explicación o a la vianda, pero ya sospechando de que se refería a esta última, le comenté: «estaba muy bien, pero la cantidad es un poco escasa».

Pues fue oírlo y ni que hubiera mentado a su madre. De repente vi como el mandilón blanco se le puso negro, el gorro parecía de un pastelero, la sonrisa… la de la muerte, y un tenedor que llevaba en la mano lo veía volando lentamente haciendo una parábola hasta clavarse en mi yugular. Puso una cara, una cara, pero una cara que estuve por pedirle disculpas, que me firmara un grano de arroz o que me cociera a la cazuela, aunque realmente lo que me apetecía preguntarle era: «perdone, ¿pero esto es un restaurante o es Abanca?».

 

 

 

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Yo quiero ser abuelo ¿y tú?

Cuando tienes más de 50 años esto es un lío:  joven joven no eres; mayor mayor, tampoco, y estas ahí como en el limbo, a la espera pero no sabes bien de qué. Y así estaba yo hasta ayer cuando me di cuenta de lo que quiero ser ¿Y que quiero ser?. Pues yo quiero ser abuelo. Hay quien quiere ser astronauta, piloto de formula 1, callista… hay tanta gente, creo que somos 6.000 millones… que te voy a contar, pero yo quiero ser abuelo.

Es cierto que aun me quedan como unos diez años, que por mucho que uno desee… pues que eso no se puede adelantar, que la naturaleza es la naturaleza; pero ser abuelo, no «abu» ni «belo» ni gaitas, sino «abuelo», tiene que molar.

Y mejor una nieta que un nieto, porque un nieto… los nietos son brutos de carallo. Yo me imagino ir con mi nieto al parque, y el tío, que no levantará cuatro palmos, va y me dice: «Abuelo, ¿a ver si eres capaz de subir hasta aquí?», «abuelo, mira yo salté esto ¿y tú…?».

Y claro, entre que no puedes y mi temperamento, que tonterías físicas las justas, pues no es plan; porque además llegaría a casa el mocoso ese y se pasaría todo el tiempo: «El abuelo no pudo saltar, larán larán larán; el abuelo no pudo saltar, larán larán larán ». ¿saltar? te voy precisamente a saltar / soltar una de remanguillé….

Y claro, una cosa es que te lo insinúe el médico de la Seguridad Social, que por lo menos se supone que ha estudiado una carrera, aunque no sé si todos, pero que un mocoso que no sabe ni sumar, que un renacuajo te recuerde todo día tus limitaciones…

Sin embargo, una nieta… eso es otra cosa, otro cantar. Una nieta es un puntazo: «Abuelo, ten cuidado con el escalón», «abuelo, espera que no esta el semáforo en la luz verde». «abuelo, ya te cojo yo por el brazo», «abuelo, tomaste las pastillas…» Perdón, ¿he dicho pastillas»?, a ver si en vez de una nieta lo que quiero es una enfermera… va a ser que sí.

 

LIBROS DE MANUEL GUISANDE

Rodribico (Edi Baia. Colección de 5 cuentos infantiles, castellano, portugués y gallego) Al fondo a la derecha (Edi. Cumio. Artículos, más otros del blog) y En tu línea (Edi Cumio)

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