Las situaciones insólitas de las cabalgatas de Reyes

Si hasta los Reyes están con el agua al cuello… ya ni te cuento

Todos los años, o casi todos, las cabalgatas de Reyes tienen sus curiosidades; esos detalles que las hacen, digamos, un poco distintas, gajes típicos de Oriente, pero este año ha habido algunos muy curiosos.

En Oropesa del Mar iban los reyes tan felices en una zodiac cuando faltando unos diez metros para la playa, la embarcación volcó y allá se fueron al agua lo Magos, y aunque no les pasó nada, todavía hay dudas sobre qué ocurrió con los camellos y pajes, si se ahogaron o saben bucear de carallo, porque ni pista de ellos.

En Madrid, por lo visto, Gaspar ha sido, por su belleza, la atracción de las mujeres; sí, de las mujeres, no de las niñas y niños, no, de las con ya tienen unos añitos. Incluso alguna ha escrito en redes sociales: «ven a mi casa con o sin regalos que tienes los brazos abiertos», que supongo que lo de «brazos abiertos» es una figura literaria, que donde dice «brazos»… tú ya me entiendes, y no soy más explícito porque estoy escribiendo en horario infantil, exactamente son las 18.50 horas del 7 de enero del 2022.

Pues de todas estas situaciones, la más alucinante y surrealistas ocurrió hace unos años en un pueblo que ahora no recuerdo. El asunto fue que la cabalgata discurría por varias callejuelas; Melchor, Gaspar y Baltasar no tuvieron problemas en pasar, pero una carroza con la figura de Mickey Mouse no entraba, pero no porque fuera grande el armazón, no; lo que eran grandes, pero inmensas, eran las orejas del gilipolla ese del Mickey.

¿Qué hacer? ¿cómo solventar el problema? Si el muñeco se pudiera girar entraría con las orejas de canto, pero como no era el caso… no te lo pierdas, ¡¡¡le cortaron parte de las orejas!!!, como lo lees, ¡¡¡le cortaron las orejaaaas!!!, no una, ¡¡¡las dooos!!! como dos soles.

Vamos a ver. Yo soy un niño o una niña de cuatro o cinco años y veo en directo cómo a Espinete le cortan la nariz…. y tengo un trauma para toda la vida, que con esa edad te queda que ni te cuento; y si mi madre esta embarazada de mí y oigo lo que me imagino, no salgó ¡¡que diablos voy a salir!

Seguro que algún padre, al ver cómo le serraban las orejas, diría a sus hijos que no, que no le estaban haciendo nada, pero como estos chavalines se las aben todas, fijo que darían una patada al suelo y llorando dirían: «papá, tú eres bobo, ¡¡¡queque lelele cortaaaaron las orejasjajas!!!». Trauma Total II, en los mejores cines

Claro, hay situaciones que un padre no sabe muy bien qué hacer, si coger de hacha y arrancarle las orejas al alcalde, llevar directamente al chaval al psiquiatra y pedir descuento, porque un par de virus no hay quien se los quite, o admitir que eres bobo, que eso es lo más fácil; pero que vayas con tu niño o niña y ante los mismísimos Reyes Magos te digan que eres bobo… el hacha y a por el alcalde.

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El misterio de la mosca y las patitas en la cabeza

Estaba estos días de una actividad frenética; es decir, tumbado en el sofá y con una preciosa mesita al lado, no por su estética, sino por su contenido: móvil, mando de la tele, zumo de naranja, paquete de tabaco, pastel de merengue… una maravilla.

Pues en ese estado de celeridad, de dinamismo eléctrico, primero pensé en Ómicron, y como lo resolví inmediatamente, todos infectados, cavilé en otras cosas más importantes que nos afectan, al menos a mí, y mucho.

Y así estaba cuando vi una mosca en casa. Me fijé en ella y vi como movía sus patitas sobre la cabeza; claro, esto, me hizo replantear mi existencia desde el punto de vista de homo sapiens y la primera pregunta que me asaltó fue: ¿mueve las patitas para lavarse la cabeza, para limpiarla? ¿Las mueve para rascarse? ¿es una forma de avisar a otras que se separen porque van a iniciar el vuelo?

Ante estas dudas vitales cavilé mientras con una cucharilla cogía un poco de merengue y encendía un cigarrillo, que en la vida siempre hay cosas que no se pueden dejar de lado, que lo primero es lo primero.

¿Las mueve para lavarse la cabeza?, no creo, aunque habría que ver su testa con un megamicroscopio por si hay una minúscula gotita de agua. ¿Las mueve para rascarse?, ya sería muy raro, pero muy raro, que siempre tuviera un granito en la cabeza, que rascarse se rasca… seguro, pero siempre en el mismo sitio… no es posible.

Ya solo me queda la tercera opción: ¿es una forma de avisar a otras que se separen porque va a iniciar el vuelo?, esto también sería muy extraño porque era la única mosca que hay en casa. Esto me llevo a dos cinclusiones de una rapìdez mental impropia de mí: o esta mosca es ciega o es tonta. Y tras esta conclusión… ¡ay, mi querido amigo!, descubrí algo vital, algo que puede cambiar el mundo de la Biología, de la Zoología y si me apuras de la Psiquiatría y del trayecto en bus de Cedeira a Ponteceso.

¿Cómo vas a saber la vida de la mosca, de la paloma torcaz o de la babosa Ninja de Borneo si no eres mosca, paloma o babosa, aunque baboso igual sí? Entonces me percaté que el conocimiento humano que tenemos sobre toda la bichería está basado en falsedades, en creencias, en opiniones, pero en nada científico, constatable, en nada en plan «yo cuando fui mosca…» o «yo cuando fui babosa».

Y claro, ahora, cuando veo un documental sobre animalejos, no me creo nada, pero nada de nada y es solo oirlos y ando con la mos… ¡oh, noooo! ¿¡¡¡qué hace la mosca detrás de la orejaaaaa!!!?

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¿Inmunidad de rebaño?, pues yo ya me siento oveja

Yo no sé cómo explicarlo, porque aunque desde hace tiempo el Gobierno no habla de inmunidad de rebaño, yo me siento oveja; aunque si te soy sincero, me siento oveja desde que nací, y si me apuras, antes. No hay quien me lo quite, yo nunca fui Manuel Guisande, yo fui y soy ¡¡OVEJA!!.

¿Y por qué me siento oveja? ¿qué sucede para que tenga una sensación de que en vez de hablar, balo? ¿y cuando digo vestir me sale embestir?, pues todo está en la mirada. ¿Tú has visto alguna vez la mirada de una oveja? ¿las has visto bien, pero bien bien, sin complejos?

Te explico. Las ovejas tienen ojos saltones, que no es mi caso; pero su mirada es como quien dice sorprendido y en voz baja con toda la ternura del mundo «¿qué pasa…?». Pues eso me sucede a mí con esto de la Covid y no paro de preguntarme «¿qué pasa…?, ¿qué pasa…?»; hombre, también puede ser por lo de bovino, que yo a veces soy de un bobino que ni te cuento.

Pues entre que ya de nacimiento tengo tendencia hacia el ovis orentalis aries, que así se llama técnicamente este bicho lanar, con lo de la inmunidad de rebaño que hablaba el Gobierno, pues el asunto se me ha acentuado, ¡¡¡pero si hasta noto que tengo el pelo como encaracolado y no lo puedo peinaaaarrr!!

¿Y eso es malo? ¿es malo sentirse oveja?, pues no, sinceramente, no; yo cuando salgo de casa hago una labor ímproba; es pisar la acera y empiezo «mee, meee, meeeee» y te parecerá una tontería, pero cuando me escuchan veo unas caras tan alegres diciéndose unos a otros «¡¡ya tenemos inmunidad!! ¡¡ya tenemos inmunidad!! ¡¡ya tenemos inmunidad!!».

Yo sé que no es verdad, que de inmunidad de y que, no sé tú, pero yo ya estoy esperando la cuarta, quinta, sexta y como si me quieren inyectar suero de jamón y queso; va a ser ahora por dosis, si mi brazo ya está hecho a ello, que es quitarme la camisa para dormir y hasta siento dolor… pero oye, quitarle la alegría al personal me da un no sé qué…

A mí lo de ser oveja no me importa nada, pero nada nada; bueno molesta un poco eso de tener que embestir, eso sí; y ahí radica mi preocupación ¿hasta cuándo tengo que ser oveja?, es que tengo miedo porque no he oído a ningún millón de virólogos hablar de esto y como del virus se sabe tan poco, no vaya a ser que mute y que de oveja pase a cabra y de cabra a cabr… y eso, eso sí que no, querido Ómicron.

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Esto de comer es una obsesión ¿no?

No lo digo porque es Navidad, sino en general, a mí esto del comer me tiene frito; yo no sé qué pasa, pero desde hace poco más de un año no me hablan de otra cosa y hasta creo ya en la resurrección y que mis amigos realmente no nacieron más o menos como yo, por el 58, sino que son la reencarnación de quienes vivieron la Guerra Civil o la II Guerra Mundial y que pasaron un hambre… pero un hambre, tela.

Y tiene que ser así porque no es normal, no-es-nor-mal, no lo es, que te encuentres con un colega, vayas a tomar un café sobre las cinco de la tarde y te cuente que el día anterior fue a no sé dónde y que si tomó una sopa, que luego unos unos calamares, que si una fabada y unas especies de empanadillas azucaradas… que te lo explica como si te interesara la tontolaba de la empanadilla esa, pero como es amigo… bueno, no tanto ya, pero aún es…

Como le tienes cierto aprecio, pues lo dejas hasta que llegue a los chupitos y el postre y, cuando crees que ya vais a poder hablar de otras cosas menos primitivas, pues no; va, y entonces, lo que nunca imaginaste se hace realidad.

Como si cogiera impulso, te mira y matiza: «fue un plato de cuchara, pero de cuchara cuchara», que te lo dice con unos ojos como si el día anterior acabara de descubrir el fuego o la rueda… una cara de ido…

Esto de ido, si te lo dice y estás por Algeciras, cerca de Marruecos, pues tiene un pase, que por esa zona se cuece lo que se cuece y no precisamente al baño de María, tú ya me entiendes, que maría maría solo hay una, pero que te lo cuente en A Coruña…

Ya ves lo que es la vida; la cuchara, ese artilugio que lo has lanzado al fregadero con la mano, como si nada y que si pudieras con una patada, también, pues ahora es el icono de la buena comida, un signo de calidad.

Y como él sigue dale que te dale con las viandas y te cuenta no sé que del rollazo es del MasterChef y que un tío lloró porque logró hacer unas albóndigas rellenas… que tiene su aquél el asunto, como que no hay cosas por las que llorar, pero por unas albóndigas… pues entre que son los cinco de la tarde y con tanta comida a deshora estás ya casi con arcadas (la de Noé incluida) pues te vas porque lo tienes claro; de amigo nada y si sigue… este me come el coco.

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Covid: quiero ser negacionista, pero… ¡¡no puedoooo!!

A mí esto de la Covid me tiene destrozado; yo quería ser negacionista, pero no puedo, imposible; toda la vida diciendo «sí, sí, sí…», pues que no me sale el «no»; así que me impuse a mí mismo una especie de terapia para ser el negacionista perfecto.

Un día que me levanté muy temprano me dije: «las vacunas no valen, no valen, las vacunas no valen, no valen», pero a la vez que pensaba esto, una voz interior me decía «sí que valen, Guisande; sí que valen».

Esto era una lucha interna a la que no veía solución (trazas, que diría mi abuela), así que decidí empezar a negar el entorno más cercano «Manuel Guisande, no existe, Manuel Guisande no existe» y cuando no sé porqué me sentí a gusto con llamarme Raúl Fornelos, decidí seguir con el proceso porque estaba, como decirte, entusiasmado.

Al día siguiente me dije: «la catedral de Santiago no existe, la catedral de Santiago no existe» y entonces pongo la televisión gallega y… joé, pues la catedral ocupando toda la pantalla porque unos peregrinos no sé si hicieron el camino en patinete o en bañador.

Yo comprendo que cualquier ser humano se derrumbaría, pero yo, no; yo estoy hecho de otra pasta, anulé el canal de la TVG y me crecí, reconozco que me crecí porque me dije «Nueva York no existe, Nueva york no existe» y, como ya había cruzado el atlántico, pues ya que estaba allí… «el continente americano no existe, no existe y no existe».

 Como negacionista iba como una moto, te lo juro que sí porque en tres días no existía América, Asia, África… joé, me salían los noes con una facilidad… por ejemplo, había momentos que me decía. ¿Y Jap…?, no dejaba ni terminar la palabra, Japón, que como un resorte me salía: «no existe»; ¿y Rusi…? «no existe» ¿y Ocea…? «no existe».

Te lo juro que estaba maravillado, era ya un negacionista perfecto, hasta tal punto que me arranque las cuerdas vocales y las consonantes para no escuchar esa voz interior que al principio me decía que las vacunas eran efectivas.

Estaba yo de un negacionista total por todo el mundo, cuando de repente, estoy en casa, llaman al teléfono, lo cojo y oigo una voz gallega que me dice «Señor Guisande, ten que vacinarse».

Y oye, no sé si porque la chica de la llamada tenía acento de Cambados o porque de tanto estar fuera Galicia, tenía ya morriña… me salió un sí, pero un sí de la leche y a tomar viento tanto negacionismo; me calcaron tres inyecciones y como más que persona me sentía vaca, una felicidad al sentirme marela… pero es que ni te lo imaginas ¿no?, digo ¿sí?

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Nuestras madres sí que tenían imaginación

Descarao, nuestras madres sí que tenían imaginación, mucha; también tenían hijos, prueba de ello, yo, que escribo este artículo, pero imaginación… ¡buah!, imaginación les sobraba, y algún hijo me da que también.

Bueno; el asunto es que hace unos días estaba en un bar cuando una joven le enseñó a su madre (unos setenta tacos) un vídeo de una persona en la que a grito pelado le explicaba cómo era una prenda de vestir que le iba a hacer.

Yo en esto de la alta costura femenina tengo algunos vocablos inconexos como «sisa», que siempre me sonó a robar, pero me da que no, que no veo yo a mi madre entrando con una recortada en un banco; «manga rangla», gran misterio; palabra de honor, honor a estas alturas…; y entredos, que para mí siempre fue un enigma porque no sé si es que la prenda era para dos personas, que la utilizaban en días alternos, o es que la pagaban a medias. Ni idea.

El caso es que antes; tú estabas en casa, tu madre hablaba por teléfono con la modista o alguien que le hiciera la ropa, y más o menos oías: «y entonces lleva una sisa, pero no es palabra de honor, con estampados y falda plisada, sin canesú ¿no?».

También de vez en cuando se escuchaba la frase «tipo marinero», pero te lo juro que sería de un marinero pijo, plan velero Ibiza, porque los marineros que conocí en Galicia y en el País Vaco…. todo menos copiarles la ropa; para tomar un aguardiente o liar cigarrillos, lo que quieras, pero para fusilarles la vestimenta… con escamas de sardinas, manchas de aceite del motor y agujeros por todas partes…

Pues después de todas esas explicaciones de la modista… ¡¡alucinante!!, tal cual se lo había descrito era como ella lo había imaginado, igualito, pero igualito igualito, sisa arriba, sisa abajo, clavadito. A nosotros los hombres no dicen que hagamos lo mismo y si cuando vamos a por un traje nos dan un pañuelo o solo la corbata, ya vamos que ardemos, imposible imaginar; y es que somos brutos, pero brutos brutos.

Nosotros lo más que imaginamos es cuando al preguntar por un coche que ha comprado un amigo, este nos dice: «¿sabes el Volkswagen escarabajo que tiene Antonio, que es rojo?, pues lo mismo, pero en blanco». Vamos un derroche de energías, un esfuerzo… Bueno, quizás exagero, porque un poco de imaginación sí que le echamos, porque a veces preguntamos si es de dos o cuatro puertas.

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Ya sé por qué los finlandeses se suicidan

Después de estudiar años y años este asunto de los suicidios, que me estaba matando, ya sé por qué los finlandeses son, entre los países más avanzados de Europa, los tipos que más se quitan la vida que, entre nosotros, ya no sé para que se la dieron, para desaprovecharla así… pero bueno, eso es otra cosa.

Yo, si te soy sincero, al principio no lo entendía, pues me decía, «pero si estos tienen unos servicios públicos alucinantes, ganan buenos sueldos, pasean por bulevares preciosos ¡¡y hasta sus hijos son rubios!!», que parece que no, pero influye; que no es lo mismo levantarse y ver a un chaval con el pelo color negro azabache, que te da un punto funerario, que a un imberbe rubicundo, que es todo alegría. Y ya lo que me desesperaba era, «¡¡¡pero si además ni utilizan paraguassssss!!! Entonces… ¿por qué se suicidan?

Pues no lo entendía y no lo entendía; cierto que el hecho de que el país, Finlandia, empiece por «FIN», cierto marrón es, no lo vamos a negar, pero aún así… pues estaba que no estaba, dándoles vueltas al asunto cuando me di cuenta que la culpa de todo la tienen las casas en las que viven. Sí, sus casas son el motivo principal del suicido.

Tú ves una casa finlandesa, de esas preciosas de madera, bien barnizadas y limpias que ni te cuento ¿y qué sucede? Pues que si solo las ves… nada, pero si vives en ella… joé, si vives en ella.

Como no sales porque hace un frio del demonio, pues oye, que te pones a verla y a verla, te fijas en los maderos, en las vigas y… claro, ocho horas diarias viendo vigas, y como la cuerda para hacer alpinismo la tienes al lado bien enrolladita… pues que el asunto de colgarte te tienta. Que ocho horas viendo una viga son muchas horas de dios, y así un día y otro y otro…

En España eso no ocurriría, porque puedes ver las vigas que quieras que lo primero que piensas es «pongo yo aquí una cuerda, y al carallo la casa, fijo que con mi peso…» y entonces no te cuelgas, ¡¡qué te vas a colgar!! Tú decides colgarte en España, se cae la casa y no te suicidas, te matan, que no es lo mismo, parecido sí, pero lo mismo… no ¡¡qué va a ser!!

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Los gallegos tienen un mensaje de los extraterrestres

Parte de un capítulo del libro Galicia, la última emigración cósmica Libros Manuel Guisande, Amazon

Después de que Galicia, por causas desconocidas se desprendiera de España y estaba a 5.000 metros de altura, los gallegos eran felices; no pegan palo y estaba en un área con una temperatura estable que nunca imaginaron. Pasadena, que se llamaba así porque había estado en Pasadena (Usa) aunque su padre era de Monforte de Lemos y él de cerca de Fisterra, conducía el módulo lunar enviado por la NASA para dirigir Galicia. Fue el único que hizo el viaje con los extraterrestres por el cosmos y ahora a través de miles de televisiones, la Humanidad esperaba un mensaje de los alienígenas.

……………………………………………………….

Tras la alocución de Eladio, lo hizo Pasadena: «Boas, rapaces», y fue nada más decir estas palabras cuando al centro de operaciones ubicado en Fisterra, por comunicación interna, se recibieron cientos de llamadas de periodistas de todo el mundo en las que se preguntaba en qué idioma hablaba, si era castellano con faltas de dicción o…

Después de indicarles que era gallego, un idioma como el inglés o el francés, hubo más llamadas, ya que no encontraban la fórmula de llevar a cabo una traducción simultánea. Entonces, un responsable de la NASA que estaba escuchando la radio habló con Antucho y este con el presidente de la Xunta, Eladio Varela, al que comentó que los ingenieros estadounidenses podían crear un programa informático si le enviaban varios textos en gallego, que los introducirían en un ordenador especial y ya todos podrían descargarlo y comprenderlo, pero que la rueda de prensa se tendría que aplazar entre seis y ocho horas.

Cuando se lo explicaron a Pasadena, tras un «bo», dijo que esperaran unos minutos, «que xa chamo eu ao rapás de Portomarín».

−Neno.

− ¿Quén eres?− ¿Quen vou ser, carallo?, Pasadena, que resulta que ajora estes non entenden o galego… ni en China, ni en Xapón nin María Santísima, cajo na madre que os pareu…

− ¿E iso?

− ¿A min que me dis? ¿Qué queres que che dija…? estes, que te son así, moito jarvar e Josford do carallo, tanto estudiar e logo… −respondió Pasadena mientras fuera de cámara bebía a morro un botellín de cerveza.

−Non che preocupes, xa fago eu unha aplicación.

− ¿Que fas qué…?

− ¡¡¡Unha aplicaciónnnn!!!

− ¿¡¡¡Unha qué…!!!?

−Déixame a min, non coljes.

Mientras en las televisiones de todo el mundo aparecía la imagen congelada del módulo lunar y una música galáctica…

− ¿Pasadena?

−Dime, rapás

−Un segundiño, que vou ao alpendre a por un cable. Non coljes ¡eh!, non coljes.

Unos cinco minutos después…

−Xa está.

− ¿Xa está o qué? −respondió Pasadena.

−A aplicación. Apunta, que a entren en Play Store y…

− ¡¡Quieto!! ¿Qué falas de praias…?

−Non, home, non; ti apunta e di o que che dija eu, que ises o saben. Apunta.

−Apunto.

−Que entren en Play Store y que descarjen unha aplicación que chámase Jrelos. Repito, Jrelos, que ten un dibuxo cunha bandeira de Jalisia.

−Ben, xa está; eu so dijo.

Diez minutos después se volvía otra vez al directo, pillando por milésimas de segundo a Pasadena restregándose el brazo por la boca para secarse restos de cerveza mientras eruptaba y decía: «¡¡¡Aajjj!!!, que ben entra, ¡¡Diooosss!!».

Con la aplicación descargada, Pasadena explicó prácticamente lo que hasta entonces se sabía: que se trataba de un platillo volante en forma de mejillón de color rosa, que se abrió la parte superior y se deslizó una rampa y que eran diez alienígenas con cara de melón.

Todos estaban pendientes de la primera pregunta, que no era otra que si había algún mensaje para el planeta. Fue una televisión alemana la primera que pudo entrar en directo con un periodista.

−Señor Pasadena ¿le han dado algún mensaje?

−Home, non me chames señor, se estamos en familia… −respondió Pasadena riendo a carcajadas y abriendo los brazos en forma de cruz.

−Gracias, ¿algún mensaje, algún comunicado, algo que tengamos que saber?

−Mire, eu…

De repente otra interrupción, que aunque fue muy breve, en esta ocasión sí que pillaron a Pasadena tratando de arrancar con los dientes la chapa de otro botellín que acababa de coger.

Segundos después… y tras hacerle la misma pregunta.

−Pois si lle digo a verdade, eu non sei que carallo pasou; me din que entrei no ovni e que se foron con mijo voando, pero por miña madriña que está enterrada en Callobre, ¿sabe?, alí, preto da Curuña, que non recordo nada, nadiña, nadiña.

Entonces se escuchó un ¡¡ooooooohhh!! atronador de desilusión de los millones de personas que estaban en la Península.

−Pero… −insistió el periodista.

−Pois… ¿Qué carallo queres que che dija?

−Quizás a lo mejor… −añadió el informador.

−Non me dijas, rapás; din que estuve no aparato ise, e se o din, estuve; pero para min como que non estuve, pero si estuve, estuve.

Todo el planeta estaba un poco decepcionado, y muchos que se consideraban expertos y científicos comenzaban a analizar las frases de Pasadena por si encontraban alguna pista. Unos llamaron a la sede de Microsoft para preguntar si existía algún problema con la traducción simultánea, porque no comprendían la frase «din que estuve, e se o din, estuve; pero pra min como que non estuve, pero si estuve, pois estuve», y otros la estudiaban intercambiando palabras o leyéndola al revés por si se trataba de un mensaje que era preciso descifrar: «Pero-si-estuve, pois-estuve, e-se-o-din-estuve; pero-pra-min… din-que-estuve como-que-non-estuve, pero si estuve, estuve».

De la frase surgieron varias preguntas a las que se les buscaba un sentido, especialmente la de «din que estuve e se o din, estuve»: ¿Quién dice que estuvo?, ¿los extraterrestres?; si es así… ¿habló con ellos?; luego, si lo hizo… ¿cómo es que no se acuerda de nada?, ¿qué esconde?  ¿qué no quiere decir ese hombre llamado Pasadena? Y las dudas fueron creciendo más y más: ¿se llama realmente Pasadena? ¿existe? ¿es un ser humano? ¿es todo un montaje?

Para una minoría empezaba así a rondar en sus cabezas una nueva teoría de la conspiración mientras los dueños del canal DMAX se frotaban las manos, hartos de emitir la serie titulada La esfinge de Guiza, que ya iba por la entrega 7.495.647, y la de El cinturón de Orión, que acababa de superar los cinco millones.

Sin embargo, una inmensa mayoría, que en vez de los canales públicos se informaba por DMAX, se sentía satisfecha, ya que se podía confirmar de forma fehaciente que había vida en otro planeta, que se trataba por fin del primer contacto y que seguramente habría otros más.

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Capítulos anteriores

Los gallegos se encuentran con un ovni y hablan con los extraterrestres, pero...

Los gallegos reciben una visita inesperada en su viaje por el cosmos

El módulo lunar anclado en Fisterra, el cabreo del piloto y los aerostatos

Amancio Ortega, los bañadores y el tabaco.

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Los gallegos se encuentran con un ovni y hablan con los extraterrestres, pero…

A los gallegos ya no les sorprendía nada tras un año viajando por el cosmos y cuando vieron el ovni…

Parte de un capítulo del libro «Galicia, la última emigración cósmica. Libros de Manuel Guisande, Amazon

Galicia se había desprendido de España por causas desconocidas y estaban a 5.000 metros de altura yendo de un lado al otro por el cosmos, se había encontrado con unos suecos, todos de Ikea, que misteriosamente les pasaba lo mismo, pero ahora se encontraban con un onvi, era el primer encuentro de un ser humano con los extraterrestres, pero….

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Aún estaban absortos por la inesperada visita cuando ya a media noche, Fandiño el amarrador dijo que a lo lejos veía un objeto luminoso; Pasadena enfocó el visor y se trataba de un ovni, igualito al que había descrito Furelos. Tenía forma de mejillón, era de color rosa y se fue acercando hasta situarse frente al módulo lunar. Entonces Pasadena llamó a la Xunta para comunicarlo.

− Hola, son Pasadena.

−Diga, soy…

−Que un ovni está eiquí, frente a nós.

−¡¡¡Un ovni!!! ¿¿¿¡¡¡Seguro!!!???

−Home, o estou vendo… e están a baixar unha rampa.

−¡¡Voy a llamar al presidente, voy a llamar al presidenteee!!­

−Ti chama, oh, ti chama, total… non vexo que estes teñan prisa.

Por la pendiente descendieron lo más parecido a tres seres humanos: una especie de siluetas blancas, con una cabeza muy grande, similar a un melón, con dos ojillos pequeñitos, un cuerpo Buestilizado y unas piernas y brazos delgaditos que parecían de goma cuando los movían.

Buscando al presidente

Localizar a Eladio Varela no resultó fácil, ya que estaba de vacaciones. Normalmente, Varela, ya antes de ser nombrado presidente, iba a Castilla, donde tenía una tierra de cinco mil hectáreas en la que había plantado un frondoso pino, y debajo de él instalado una tienda de campaña de tela blanca, una mesa y una silla. Alrededor del árbol disponía de treinta bidones de agua para utilizar uno cada día del mes para ducharse, y otros tantos botellines de agua mineral para beber, y de lo único que se alimentaba era de comida envasada al vacío.

Hallar al presidente era de vital importancia y, después de diversas pesquisas, pudieron averiguar que las deseadas semanas de descanso, al no poder ir a Tierra de Campos, las estaba disfrutando encerrado en un hórreo en medio de una aldea de Os Ancares.

Inmediatamente, hasta allí se dirigió un coche oficial y cinco mil asesores, muchos de los cuales llegaron con pequeñas heridas en piernas, brazos y manos al rozarse con los toxos, y nada más comentarle la noticia del platillo volante y los alienígenas, decidió que no había tiempo para ir a San Caetano y que el mando único se establecería en el propio hórreo que ocupaba, por lo que su familia se trasladó a un alpendre.

No es que la caseta fuera mucho más cómoda, pero al menos su mujer y sus hijos podían entretenerse jugando con los gatos y gallinas y, sobre todo, estirar las piernas, lo que alegró a la esposa de Eladio, que en las rodillas empezaba a sentir síntomas de rigidez y agarrotamiento de tanto encogerlas en el estrecho habitáculo tradicional para guardar el maíz.

El hórreo, aunque exteriormente mantenía su típica estructura, su interior fue reformado totalmente adaptándolo a un improvisado despacho, con una mesa hecha con unas tablas de castaño, una silla de madera a la que le pusieron un cojín y, en la parte superior, en el tejadillo, donde estaba la cruz, le añadieron una superantena parabólica para captar la señal de Fisterra.

Todo quedó a la perfección como emplazamiento base, los paisanos de la zona ayudaron en todos los trabajos y por su colaboración, como les hacía ilusión, para darles una alegría a sus nietos, unos técnicos les crearon correos electrónicos a cada uno de ellos, con direcciones como filladopeixe@gmail.com pepón@yahoo.es panadeiro@hotmail.com, que repetían todos los días para no olvidarse.

El momento del contacto

Después de que Varela dispusiera de una línea directa con Pasadena, para lo que hubo que allanar, no sin esfuerzo y a una velocidad récord, cuatro montes para que la señal llegara nítida, este explicó al presidente que la situación era la siguiente: un ovni se había parado frente al módulo lunar, diez extraterrestres habían bajado por una rampa y todo indicaba que estaban a la espera de que alguno de su equipo se acercara a ellos.

El problema no era quién realizaría el contacto, sino que todos querían ser los primeros en comunicarse con ellos. Pepe Xirelo, el patrón de A Nosa Señora da Candelaria, alegaba que nadie mejor que él para tal cometido, ya que podría conocer los sistemas que utilizaban para navegar y así mejorar los del módulo lunar y hacerlo más eficiente para retornar a España.

Lito, por su parte, decía que si no fuera por él, que sa­bí­a inglés y que fue el primero que habló con su amigo Antucho, el de la NASA, ya estarían todos en el otro mundo «e nin extraterrestres nin ostias en vinajre».

Suso el redeiro optaba por una acción que todos consideraron violenta, aunque no mucho, cual era que, en un momento de despiste, atraparlos con una red; pero cuando Suso explicó que luego los metería en unas jaulas utilizando pinchos, fue descartado por todos con un «¡¡sal de aí, animal, inda queres que te caneen.. !!».

De alguna forma, complicada, pero forma al fin y al cabo, quien más puntos tenía era Lola, que decía que, debido a que era mujer, serían más condescendientes y la tratarían mejor en caso de que las cosas se torcieran y, además, que «ao mellor me quedo embarazada dun deles, teño un fillo e, como son listos a rabiar, cando o neno sexa un pouco maior xa nos din como baixar a España».  «Claro -dijo Pepe Xirelo, que para lo poco que hablaba era mejor que estuviera callado-, pero ijual te sale tonto coma a banda esa que tes de sete rapaces e facemos un nejosio de moito carallo: parvo, alieníxena e sen entendelo».

Lola a punto estuvo de arrearle una bofetada, pero gracias a la pronta intervención de Pasadena, que la cogió del brazo, el asunto no fue a mayores, y entonces dijo que el más preparado era él, que era quien dirigía el módulo lunar y que, además, tenía hilo directo con el presidente de la Xunta y que se trataba de una cuestión de Estado. Todos callaron y Pasadena se encaminó con paso lento hacia los extraterrestres, llevando en el oído un auricular con un microchip a través del cual Eladio Varela podía escuchar lo que decía y contarle lo que veía.

El momento era de máxima tensión. Pepe Xirelo, Suso, Fandiño, el maderero de Monterroso, Lito y Lola se mor­dían las uñas; Eladio, al teléfono, estaba a la espera, y unos treinta mil funcionarios de la Xunta fueron en peregrinación a rezar al Apóstol, y hasta la curia prohibió que ese día no se pusiera en funcionamiento el botafumeiro.

La medida fue adoptada por temor a que en un acto de desesperación, si todo salía mal, alguien se liara la manta a la cabeza y se arrojara contra el artefacto volador, alegando que limpiar de sangre el repujado era muy complejo y costoso. Sin embargo, para este menester, el arzobispado habilitó una zona de suicidios en una nave lateral, para que, si alguien lo deseaba, lo hiciera en la intimidad y no a lo bruto a la vista de todos. Incluso encargó hacer una portezuela en un lateral, hacia un arbotante, ya que la palabra arbotante iba más en consonancia con lo de tirarse e ir rebotando por las paredes de la catedral hasta caer al suelo, detalle que todos agradecieron.

La primera frase con los alienígenas

Pero no era el momento de preocuparse de que alguien quisiera descerebrarse, ya que por una línea interna todos estaban pendientes de lo que ocurría. Y lo que sucedió fue que, cuando Pasadena llegó ante los diez melones, como les empezaron a llamar, estos se separaron en dos grupos de cinco formando una fila en dirección a la rampa, dándole a entender que entrase, lo que hizo mientras  con un cigarrillo en la boca les dijo: «¿Pódese fumar?».

Eladio, al oír la frase, se tranquilizó un poco al comprobar que Pasadena estaba sereno y que las cosas parecían ir bien, pero también pensó que, para un primer contacto de humano con un ser de otro planeta, empezar con un «¿pódese fumar?» y que la frase no se podía borrar porque todo estaba grabado como prueba para la posteridad… pues un cierto bajón sí le dio.

Él prefería algo así como «somos gallegos y somos gente de paz» o incluso «somos galegos ¿e ti de que ves sendo?», que no es que fuera la maravilla de las presentaciones, pero un «¿pódese fumar?… ».  Claro que inmediatamente se repuso pensando que casi era mejor que hubiera comenzado así y no con un «cajoendiós», tan habitual en él.

En segundos, y con la adrenalina por las nubes, a Eladio hasta le dio tiempo a pensar si esa frase de Pasadena podría sentar mal a los alienígenas y que lo consideraran un maleducado, pero también caviló en qué iban a saber ahora los extraterrestres de urbanidad y buenos modales en la Tierra, lo que zanjó con un «bo…» y se quedó como más calmado, no mucho, pero algo más, sí.

Dentro del platillo volante, Pasadena comprobó que todo era de color rosa, con diversas tonalidades, y que no había materiales conocidos como la madera, el plástico, el mármol o el acero…, solamente distintas intensidades luminosas en varias partes de la nave: un rosa fuerte, uno pálido, otro tan clarito que casi era blanco…

Los alienígenas se sentaron haciendo una media luna como si hubiese una mesa delante, pero no había ni sillas ni mesa, sino que permanecían inmóviles en el vacío. Pasadena pensó en colocarse como ellos e, inmediatamente, estaba en el aire también sentado; luego pensó en acercarse a una zona de color rosa intenso y, de repente, se encontró frente a ella; después en otra más clarita y, nuevamente, ante ella. Entonces, se percató de que todo funcionaba mentalmente, por lo que imaginó dar dos volteretas en el aire y… ¡¡alehop!!, Pasadena, como si fuera un trapecista, dio dos impresionantes cabriolas tal y como las había calculado.

Alienígenas extrañados

Los extraños seres con cabeza de melón no decían nada, se miraban unos a otros a la espera de que se sentara, pero Pasadena le tomó tal gusto al asunto de las piruetas que dio doce seguidas, luego hizo el pino, y después se mantuvo estirado en el aire apoyando la mano en la barbilla como si fuera el protagonista de un anuncio de crema solar en El Caribe.

Ni entonces, ni incluso ahora, se sabe lo que piensa un extraterrestre, pero casi seguro que si de alguna forma se pudiera interpretar lo que cavilaban, era que Pasadena, si no era un merluzo, poco le faltaba porque tener esa oportunidad de hablar con un, quizás, antepasado muy lejano, y en vez de hacerlo, dar saltos y más saltos…, pero o los alienígenas eran unos santos o estaban hechos a todo porque paciencia tenían un rato largo mientras Pasadena se lo pasaba en grande rebotando por la nave como si fuera una pelota.

Cansado de tantas volteretas, pensó en sentarse frente a ellos y ¡¡zas!!, ya estaba. Los melones hicieron como un dibujo sobre la mesa inexistente, que consistía en un circulito rosa y otros más alejados; quizás querían decir de dónde venían, y Pasadena los miró fijamente dándoles a entender psíquicamente que iba a hablar con alguien. Para entonces, a Pasadena le pareció que la silueta de los melones, en vez de ser blanquecina, adquiría otro color, como tirando a gris, y creyó por un momento, pero un momento gallego, o sea, que no creyó nada, que igual se habían enfadado, pero rápidamente esa idea se le pasó, encendió otro cigarrillo y se dijo, «era boa».

− ¿Eladio?

− ¡¡Cuenta, Pasadena, cuenta, cuenta!! –respondió muy nervioso el presidente.

−Todo ben, moi ben, acaban de facer unos circuliños e supoño que é onde estamos e de onde veñen.

− ¿Pero te entienden al hablar?

−Home, non che sei, porque eiquí todo é mentalmente, supoño que sí.

−Píntales una paloma de la paz, para que vean que somos gente de bien, que no les queremos hacer daño, que somos sus amigos.

−É que eu non sei dibuxar unha paloma.

−Pero si es como una uve, como una gaviota…

−Xa, pero ijual me sae outra cousa e a liamos.

−Que no, hombre, que no,

− ¡¡Ó carallo vintenove!! Déixate de javiotas; a ver si van entender que a uve é unha uve de victoria, que lles vamos a conquistar, e se monta unha…

El equipo de Pasadena observó que la parte superior del platillo volante se cerraba, se elevaba unos cien metros y de repente, ¡ssshiuunnnn!, desaparecía ante sus ojos. Todos se quedaron pasmados, se miraron entre sí hasta que Pepe Xirelo, que tenía esa virtud de decir lo que no debía, murmuró: «¿Iste?, iste xa non volve»; pero no lo dijo con angustia, ni con desesperanza y ni tan siquiera con una cierta tristeza o melancolía, sino con una naturalidad… como si Pasadena hubiera cogido el Feve Ferrol-Viveiro, un saber estar…

Fandiño el amarrador también concluyó que no lo volverían a ver; igual que Suso el redeiro, el maderero de Monterroso y Lito; pero todo cambió cuando, tras oír a cada uno un comentario, cada cual más pesimista, Lola se remangó, se agarró el mandilón, respiró profundo y con los brazos cruzados dijo: «Malo será». Fue decir Lola «malo será» y después todos ellos a la vez, como si formaran parte del coro de los niños cantores de Viena, cuando sus rostros cambiaron de repente, comenzaron a sonreír y se sentaron en unas piedras. Fue tal la espontaneidad con que la dijeron, que segundos después, convencidos de que Pasadena regresaría, Lola ya hablaba de otra cosa.

−Eu pártome, pero é malo como un demo, enjaña á súa muller coa asistenta, e logo coa…

−Pero, Lola, ¿de qué estás a falar?

−Dunha serie, ¡oh!, dunha serie de televisión que se chama non sei qué de amor de… non sei qué, pero te é… ¡Ay como te é!!

−Home, Lola, que non é momento, non te é, que acaba de irse un amijo polos aires−le respondió el maderero de Monterroso.

− ¡¡Arreó!! pero si vai volver, vai volver; che dijo que volve, que volve−gritaba Lola riéndose.

−Xa, pero ao mellor…

− ¡¡Cajo no Dios bendito!! pero si vai volver, ¡¡¡vai volveeerrrrr!!!. Mira, ¡¡xa non conto nada!! −contestó Lola medio arrebatada.

Pero el enfado fue tan como que no, pues a los dos minutos… «E cando cheja a sobriña, tamén lle bota unha mirada…, é que che é… Moita jracia me fai, moita moita». Y después de contar historias y más historias de la serie, Lola hizo un alto para decir: «¿Oes, non notades que as pitas non comen como antes?», para luego…: «Vin a Rosa, a filla de Chelo, te está moi mal; moi mal moi mal; non creo que che pase outro inverno».

Y en tanto Lola no paraba de hablar y todos la escuchaban o hacían que la escuchaban, Pasadena estaba viviendo una experiencia alucinante. En el platillo volante, los melones se colocaron frente al área rosa tirando a blanco, hasta que poco a poco esa tenue capa fue desapareciendo para ver, con una gran nitidez, otros objetos de diferentes formas y colores que iban de un lado a otro por el espacio. Pasadena soltó entonces un «cajoenrós», pero o los alienígenas no entendían el gallego o si lo entendían les daba lo mismo, porque ni caso, ni se inmutaron, mientras con sus cabezas pegadas al ventanal observaban el firmamento.

Viaje por el cosmos en el ovni

A una velocidad tres veces superior a la de la luz, el ovni pasaba en vuelo rasante por todos los países europeos para luego adentrarse en los asiáticos y después en los africanos, en los de Oceanía y en los americanos; pero ocurría algo muy curioso. Aunque el paso por cada nación no duraba más de cuatro o cinco segundos, todo lo que formaba parte de los conocimientos de sus gentes, los melones lo aprendían al instante, incluso cualquier documentación o investigación, aunque fueran secretos de Estado.

Desde cuentos infantiles hasta fórmulas matemáticas de la física cuántica o teorías sobre la ingravidez o experimentos…, todo el saber de los terrícolas era succionado, y a Pasadena le ocurría lo mismo y, además, lo entendía todo. Pudo darse cuenta de que el planeta Tierra era como una minúscula partícula de una estrella, y que esa estrella era, a su vez, una ínfima parte de una galaxia, y esta de otras y así hasta el infinito.

Era todo tan increíble que, cuando pasaron por Egipto, comprendió perfectamente cómo se construyeron las pi­rámides, y en Perú para qué servían las líneas de Nazca, que al verlas le salió del alma: «¡Ah!, era para iso…, mira que non escoitei parvadas». Lo mismo le sucedió con el misterio del triángulo de las Bermudas, al igual que con la desaparición de la cultura maya o las piedras megalíticas de Stonehenge.

Sin embargo, no pudo menos que decir «arrecarallo» cuando descubrió que el Santo Grial se encontraba entre Chantada y Ourense, exactamente en el lugar de Soilán, en A Cova do Sabiñao, y al saberlo comentó para sí mismo: «Anda que non che levan un lote de anos buscándoo». Era tal la cantidad de información que recibía y analizaba su cerebro, que llegó un momento en el que Pasadena, y lo tenía al alcance con solo pensar en ello, ni le importó quién había matado a JFK, era tanto el saber…

Después de diez horas surcando estrellas y galaxias, el ovni se detuvo frente al módulo lunar, en el mismo lugar, pero exactamente en el mismo donde estaban el maderero de Monterroso, Suso, Pepe Xirelo, Lito, Fandiño y Lola, que al verlo dijo: «Mira que educadiños, que non nos despertaron…, si hasta o deixaron no mismiño, no mismiño lujar onde o colleron…,  mellor co bus do Calpita», y, nada más comentarlo, bajó Pasadena.

Todos se acercaron a él, pero ni le abrazaron, era tal la seguridad de que regresaría, que Pepe Xirelo le preguntó entusiasmado: «¿E hai mozas, conta conta, as viches, as viches?», pero Pasadena les explicó que, antes de comentar cualquier cosa, tenía que hablar con Eladio Varela, que era el presidente de la Xunta y a él debía darle la primera información. ¿Tenía Pasadena algún mensaje especial de los alienígenas para el máximo mandatario gallego?, ¿quizás para el presidente del Gobierno de España?, ¿tal vez para todos los habitantes del planeta o es que Pasadena solamente quería hacerse el importante? Pronto se sabría.

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Los gallegos reciben una visita inesperada en su viaje por el cosmos

El módulo lunar anclado en Fisterra, el cabreo del piloto y los aerostatos

Amancio Ortega, los bañadores y el tabaco.

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Los gallegos reciben una visita inesperada en su viaje por el cosmos

Los gallegos viajaban por el cosmos y eran felicies sin pegar palo al agua y tomando el sol

Parte de un capítulo del libro «Galicia, la última emigración cósmica

Galicia se había desprendido de España por causas desconocidas y estaba a 5.000 metros de altura. Un modulo lunar había sido enviado por la Nasa para que no fueran a la deriva pero, al estar anclado en la tierra, en Fisterra, no podían girar para descender.

Además, como y nadie trabaja y solo tomaban el sol, el presidente de la Xunta, Eladio Varela, ya no sabía si los gallegos querían bajar o quedarse. Pero de repente.. Libros Manuel Guisande, Amazon

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Los meses pasaban sin alteraciones, y Pasadena con su equipo, integrado por Lito el portero de la Xunta; Lola la palilleira de Camariñas, Pepe Xirelo el patrón de A Nosa Señora da Candelaria, Suso el redeiro, el maderero de Monterroso y Fandiño el amarrador, con la colaboración de Antucho, el de la NASA, tenían todo bajo control.

Con su tabaco de batea, sus vinos y música ambiental, Pasadena era feliz en el módulo lunar, ya que además también había sido nombrado funcionario, que hacia ya el 525.374, cobraba un sueldo de la Xunta y mostraba con orgullo una placa con su nombre en el que se podía leer el número de «auxiliar discontinuo», que lo de discontinuo le encantó porque iba mucho con su personalidad.

Un día que estaba escuchando la muiñeira de Lugo, vio a lo lejos algo que le pareció extraño; un objeto que, según se acercaba, y utilizando un visor especial que llevaba a bordo, pudo identificar que se trataba de un trozo de tierra como Galicia, pero menos grande, por lo que llamó a la Xunta.

− ¿Quén é?

−Soy el secretario 7.666.

− ¿Cal?

−El secretario 7.666.

− ¿E meu amijo o 1.234? –preguntó sorprendido Pasadena.

−Se encuentra mal.

− ¿Pero é grave? –inisitió Pasadena.

−Máis o menos, un infarto, el estrés.

−Bo, vasme a falar ti ajora a min de estrés, vasme falar de estrés, si por iso fora, eu estaría morto xa fai tempo; pois si que me da lástima, nunca na miña vida penséis que me dera pena un da Xunta, xa ves o que son as cousas, como che cambian, ¿verdade? Mira, chámote porque vexo un trozo de terra, que está a unhos cen kilómetros, que se acerca a nós a unha velocidade da ostia.

− ¿¡¡¡Cómo!!!?

−Sí, un trozo de terra, moi grande non; e tamén vexo que leva unhas bandeiras.

− ¿Está seguro?

−Home, non vou a estar si o vexo, tamén ti…

− ¿Y cómo son las banderas?

−Unha te ten unhas letras e sóname, pero a outra non, ten o fondo azul e no centro como algo amarelo.

− ¿No será la bandera de Asturias?

− ¡Que vai ser, oh!, ti andas parvo o que, que a de Asturias a sei de memoria, que meu concuñado é do Sporting de Xixón e no fai máis que loquearme; ata me levou a ver un partido no Molinón…

−Un momento que voy a ver en Internet cuál puede ser. Humm, hummm, pues tal como la describes, parece una bandera sueca, ¿pero cómo va a ser…?

− ¡¡Espera, carallo, espera!! ¡¡Arredemo que Deus me leve!! ¡¡Ay, que morro de risa!!!

− ¿¡¡¡Pero qué pasa!!!!?

− ¡¡Son os de Ikea!! ¡¡Os de Ikeaaaaaaaa!! se xa me sonaba a min isa bandeira co as letras, que as vin preto de Gadis…

− ¿Pero cómo va a haber unos suecos también volando?

− ¡Ay!, pois te os hai e veñen a fume de carozo. Vou ter que maniobrar e acelerar para poñerme a súa altura porque senón inda imos chocar.

Pasadena, que ya manejaba el módulo con una mano e incluso a veces se recostaba y sujetaba los mandos con las rodillas, se puso a un costado y, en efecto, pudo ver a un grupo de gente que ondeaba banderas y que lo saludaban, por lo que avisó a su equipo.

−Lola, Lito, Pepe Xirelo, Fandiño, Suso… ¿estades aí?

−Estamos−contestaron a coro.

− ¿Vicheis aos suecos?

−Home.

−Oes, estos suecos con todo o que é plejable e desplejable son moito ¡eh!; te están a facer un… espera, espera, sí, un trampolín xijante, ijualiño que os dos saltos de esquí. Manda carallo, xa levan a mitade en poco máis de trinta minutos.

− ¿Qué dis que fan? –preguntó Fandiño el amarrador.

−Pois un trampolín.

− ¿E pra qué?

− ¡E que carallo sei! ¡A min que me dis…! eu non son sueco… O fan e o fan.

Una hora después…

−Pasadena, ¿qué están a facer ajora? −dijo Lola.

−Pois xa terminaron o trampolín, e vexo que hai nove persoas subindo por unhas escaleiras. Levan un casco, unhos esquíes…, paréceme que van a saltar pra aquí.

De repente… shiun-shiun-shiun.

−¡¡Ostias!! pasaron rozando a Torre de Hércules, a catedral de Santiajo e non se esmagaron no ponte de Rande de milajro porque deron coma unha curva pra entrar de fronte en Fisterra. Caralló, xa chejaron, o mellor es que veñades mentras falo con eles.

Tras bajar del módulo lunar se acercó a ellos y se quedó atónito cuando uno le dijo «boas tardes»; era increíble, de los nueve que aterrizaron, asustando a unas vacas que pací­an tranquilamente en un prado, cuatro eran gallegos y cinco hablaban un idioma raro en el que entremezclaban palabras en gallego y otras que no entendía.

− ¿Pero sodes gallegos?

−Unhos sí e outros non−dijo uno que se presentó como Raúl Furelos Patiño, natural de Ribeira.

Pasadena pudo saber que en total eran ochenta las personas que vivían en un territorio con una superficie de unos mil campos de fútbol que en su día formó parte de un inmenso parque natural de la localidad de Abiko, al norte de Suecia. Furelos le comentó que veinte gallegos habían ganado un premio de supermercados Gadis para conocer el país nórdico y que, una vez allí, decidieron conocer esa zona, donde coincidieron con ochenta suecos que también estaban de visita y que, tras adentrarse en un área muy aislada, donde hicieron noche, al día siguiente se encontraron volando sin saber tampoco la causa.

Tanto a Lola, Lito, Pepe Xirelo, Fandiño como a Suso, que acababan de llegar, les explicó que, aunque la mayoría eran suecos, poco a poco los convencieron de que era mejor que aprendieran gallego: «E pouco a pouco te van entrando polo aro», añadió Furelos. «O que non pronuncian ben é a X gallega, ¿sabes?, aí eles…, non sei, como que non lle pillan o truco, patinan, pero polo demáis… te saben a ostia de Galicia: a historia, os ríos, os afluentes, os montes…, ata te leen a Rosalía de Castro, Castelao… e tamén un autor noviño, que non sei si se chama Lisandre, Isandre o Jisandre, aljo así».

Pasadena y su equipo los invitaron a pasar unos días con ellos, diciéndole a Furelos que le presentarían al presidente de la Xunta y que, además, podrían contactar con sus familias, que seguro que los habrían dado por desaparecidos y que les darían una gran alegría.

Cuando Furelos oyó la palabra familia, fue como si le mentaran al mismísimo diablo porque inmediatamente dijo que de parientes no querían saber nada, que por una herencia de una finca «non acabamos a ostias, pero a ostias ostias de puro milagro, e como eu casi todos». Explicó que todos eran felices tal como estaban, yendo de un sitio a otro y que, precisamente por eso, por ir sin rumbo, no habían perdido ni una pizca de identidad gallega.

Pasadena lo entendió perfectamente, pero no sabía explicarlo porque cuando lo hacía mezclaba herencias con pueblos, hórreos on temas de religión barcas con nécoras; y Lola, Lito, Fandiño, Pepe Xirelo y Suso, aunque decían sí con la cabeza, tampoco comprendían nada, pero cuando llegó el maderero de Monterroso y dijo: «que si é eisí… é eisí, e así é», ya todo se aclaró.

Furelos estaba muy seguro de lo que decía; no querían saber nada de los familiares galaicos, y menos de Suecia, país del que dijo que se pasaba un frío horroroso y que lo único que deseaban era seguir su camino y llevarse, eso sí, varios miles de litros de vino Ribeiro, que le fueron entregados al momento.

−Pois Fureliño, a verdade que é unha pena que non querades quedar−dijo Fandiño en voz baja y con un tono de cierta tristeza.

−Jracias, é que ademáis temos que descansar, que levamos unha racha cos ovnis e os alieníxenas…

− ¿¡¡¡Ovnis, alieníxenas!!!? ¿¡¡¡Pero de verdades que os haiiiii!!!? −preguntó asombrado Pepe Xirelo, el patrón de A NosaSeñora da Candelaria, que en más de una ocasión, faenando por el Gran Sol, estaba convencido de que alguna noche vio algo raro en el cielo, pero que nunca se atrevió a comentar.

−Sí, home, extraterrestres, hai de abondo por eiquí, unhos pesaos, pero unhos pesaos que non hai quen os ajuante.

− ¿E cómo son?

−Non é por nada, pero estes alieníxenas te ten máis conto… Eu non sei quen dixo que eran intelixentes, son unha manada de parvos de carallo; cando os veades xa veredes, xa veredes, xa.

Tras despedirse, Furelos cogió un silbato que llevaba en el bolsillo, pero no sonó a un pitido fuerte, sino como un sonido suave pero muy intenso. Entonces, desde donde había venido, se subieron al trampolín cuarenta suecos que se deslizaron por la rampa y… shiun-shiun-shiun. En menos de diez minutos se situaron al lado de Furelos.

Como si fueran robots, sin saludar ni nada, de debajo de sus ropas, oculto entre los pantalones, los calcetines y los zapatos, comenzaron a sacar palitos y más palitos que fueron juntando, mientras otros, tornillitos y llavecitas para apretarlos. Era alucinante verlos; a una velocidad increíble, en silencio, perfectamente coordinados y sin tener que ver ningún plano, pero ninguno, poco a poco iban levantando otro trampolín para lanzarse por él y regresar.

Cuando llevaban unos ochenta metros de altura, Pepe Xirelo y Lola pensaron que ya habían terminado, mientras el maderero de Monterroso, que era el que más se fijaba en todo y le encantaba hacer cálculos, miraba y remiraba de dónde sacaban tantas maderitas, porque así a lo bobo, una a una, por muy pequeñitas que fueran, estimó que una tonelada de peso llevaban bien a gusto.

Ya habían acabado la descomunal obra, en poco más de cinco horas, cuando una joven sueca se acercó a Furelos y a Pasadena y les mostró un catálogo de Ikea, señalándoles unas páginas donde se veían impresionantes casas.

Tanto Pasadena, Lito, Lola, Suso el redeiro, Pepe Xirelo como Fandiño el amarrador y el maderero de Monterroso no entendían nada hasta que Furelos les dijo si deseaban alguna, que era un regalo. En una de las hojas había una mansión inmensa, de unos mil metros cuadrados útiles, con dos pisos y varios porches. Todos se quedaron mirando la imponente edificación, pero les daba vergüenza pedirla porque una cosa era un pequeño obsequio, como una caseta para las herramientas, y otra…

Furelos, que se percató de ello, llamó a la chica y, tras enseñarle lo que casi parecía un palacio, avisó a otros compañeros, construyeron un palo inmenso de unos mil metros de alto y, arriba de todo, pusieron un cartel inmenso con el número catorce para que lo vieran sus compatriotas y que correspondía a la megacasa elegida.

En cuestión de minutos, empezaron a llegar hombres y mujeres con tablones, marcos de ventanas, cristales, puertas… y en siete horas erigieron el espectacular edificio. Luego, Furelos se abrazó al equipo de Pasadena, se despidió con un «ata logo», subieron por el trampolín y se marcharon.

Todos estaban impresionados por lo sucedido, pero lo que les dejó atónitos fue que, cuando los suecos regresaron a su campamento, lo hicieron con tan solo la vestimenta que traían y no les sobró ni un palito ni un tornillito. Entonces, Lola contó que, cuando fue a Marineda City, en A Coruña, compró en Ikea un armario para guardar la ropa y tardaron más de dos semanas en montarlo «e ao final, houbo madeiras que xa as clavamos a martillazos porque non entediamos os planos; en cambio estes…, ¡¡carallo cos suecos…!!».

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