La playa y el «momento sombrilla»

Del libro Relatos de verano para reír todo el año (Amazon,Tapa blanda y kindle). Mi única pretensión… que sonrías; por cierto, sabes que los libros se pueden comprar… 😉

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No sé si es cosa mía o si les ocurre a más personas, pero el momento en el que vivo con más intensidad el verano es cuando voy a la playa y pongo la sombrilla. Yo comprendo que para otros tal vez sea encontrarse con viejos amigos, un viaje por los confines de la tierra o incluso pegarse una mariscada a lo burro, que hay gente pató; pero para mí, como lo de poner la sombrilla, no hay.

Yo cuando instalo la sombrilla me emociono; algo imposible de describir recorre mi cuerpo porque me siento igual o más que Neil Armstrong cuando fijó la bandera americana en la Luna, unos nervios… Yo no sé si es por influencia de mi mujer, Veneatra Paynther, que es de Estados Unidos, de Ohio, pero cuando ella, que maneja el módulo lunar, encuentra un sitio para aterrizar en el arenal, yo me transformo.

Y hasta mis movimientos son lentos, como si hubiera menos gravedad, y respiro de forma entrecortada, aunque esto no lo tengo muy claro si es por la euforia del momento o por haber cargado con diez flotadores, cuatro sillas, dos bolsas con toallas, otras dos con bocadillos y haber hinchado cuatro colchonetas… pero como que el aire no me entra bien.

Tras alunizar, agarro el mástil y busco el lugar idóneo. Es cierto que tardo algo, porque a veces la comandante Paynther, una profesional, con carácter, sí, pero una profesional, me dice: «Pero ponla, date prisa» y entonces… pues que las cosas no se hacen así como así y (esto no lo sabe ella) me comunico con Houston vía telepática: «Roger Roger, que la comandante Paynther me dice que coloque ya la sombrilla». «Recibido Jhon Guisande, entonces pasamos al plan B, cambio» «ok, Roger, plan B, confirmado, cambio».

Y al poco rato «Houston Houston, preciso nueva telemetría y coordenadas, el mástil no entra entre la toalla, la bolsa de los bocadillos y el agua, cambio». «Aquí Houston, ¡¡has dicho agua!! ¡¡has dicho aguaaa!! ¡¡¡has encontrado aguaaaaaaa!!!, cambio». «Roger, negativo, es la botella de agua mineral, repito, botella de agua mineral, cambio».

Y al final, cuando ya coloco, sin que nadie lo sepa, me llevo la mano a la frente, hago un saludo militar que nin diola, y hay veces que se me caen como unas lagrimillas, pero es un momento, no creas que lloro a mares.

Yo cuando veo la sombrilla flamear, que está bien orientada con respecto a los demás planetas, que incide directamente al sol y cruza perpendicularmente al Cinturón de Orión, tengo la sensación del deber cumplido, que he servido para algo en la vida, que todo el duro entrenamiento de invierno para que la sombrilla quede perfecta ha merecido la pena.

Yo en esos momentos me da la sensación de que todo ese sacrifico me ha hecho ser más hombre, más buena persona, y cuando veo esa sombrilla que no cae, que permanece en pie, firme, inmóvil, sin un ligereo movimiento, de verdad yo… es que me emociono, pero siento que no sé si he dado un pequeño paso para el hombre y un gran salto para la Humanidad, pero con la sombrilla clavada que me he sacado un peso de encima… ni lo dudo.

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Acerca de manuelguisande

Periodista, escritor, conferenciante y desarrollador de proyectos creativos
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2 respuestas a La playa y el «momento sombrilla»

  1. René dijo:

    Hola Manuel, pues si que alguna experiencia con la sombrilla compartimos, pero creo te ha faltado una pequeña cosilla de nada, cuando sales del agua (muy deprisa), llegas a tu puesto y te preguntas ¿Donde demonios está la sombrilla? y claro miras alrededor y te fijas en una señora que trae tu sombrilla y te dice, a ver neniño si tenemos más cuidado con la sombrilla, que se nos ha venido encima y casi nos mata. En fin esas cosas del verano.
    Un saludo.

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