Con el Covid 19 se les acabó el chollo a los poderosos porque su salud está en juego

Ibex 35: Sufre la mayor caída en dos años por el Brexit

La vida es así; cuando los poderosos tienen que hacer frente a una crisis económica, exclusivamente económica, son felices pues la han creado ellos mismo para así obtener a precios de saldo lo que con todo tipo de artimañas nos vendieron (pisos, apartamentos, chalés…), aumentado los intereses de las hipotecas hasta que resultó imposible pagarlas y, o los pisos se los quedaron los bancos, o  hubo que venderlos como fuera a los que crearon la crisis. Los de siempre.

A ti y a mí, al ciudadano de a pie, a ellos les da lo mismo que terminemos en la miseria más absoluta, porque nuestra miseria son sus ganancias y ya sabemos (ellos aún no) que los pobres de espíritu lo compensan con lo material; mamoneos de yates, supercoches.. ya sabes, ilusión de un día.

Es este tipo de gentuza, vacía interiormente, que tenemos que aguantar la gente de bien y que tienen el síndrome de Diógenes en plan cuenta bancaria, lo que más les preocupa es eso, su vida, su existencia

Por eso, cuando hay crisis económica, para estos enfermos que no les hacen someterse a un diagnóstico psiquiátrico, es perfecto; pero cuando la crisis AFECTA A LA SALUD y, por tanto, a la vida, a la tuya, a la mía, Y A LA DE ELLOS, entonces se produce un cambio sustancial.

El panorama cambia radicalmente, la economía queda a un lado y  ponen todas las medidas posibles (no vaya a ser que se vayan a morir) para solucionarlo  y aparecen millones y millones de euros por todas partes.

Eso es lo que tiene de bueno el coronavirus: que la revolución que teníamos que haber hecho nosotros desde hace tiempo en la calle, levantándonos contra esta esclavitud, curiosamente la ha realizado algo ajeno: el Covid 19

Yo espero que a partir de ahora, el personal se dé cuenta que hay dinero de sobra para vivir dignamente si hay un reparto equitativo y justo de la riqueza, y que vivir de forma digna solo consiste en tener un techo, educación para tus hijos, alimentos para tu familia y sanidad, lo demás… no importa.

Y cuando pase esta pandemia, si pasa, me gustaría que si los gobiernos NO CUMPLEN ESOS MïNIMOS por el simple hecho de que somos personas, seres humanos, dejemos de trabajar o, lo que es lo mismo, la gran Revolución y que se produzca un cambio global de mentalidad.

Me gustaría que si ese cambio no sucede, fuéramos a Cáritas y que nos den para vivir. ¿Van a desahuciar a treinta o cuarenta millones de españoles que no pagan el alquiler cuando hay dinero de sobra para vivir dignamente con sueldos acorde a la realidad y, por tanto, pagar al arrendador? ¿nos van a dejar de morir de hambre en beneficio de los fondos de buitre que hasta se aprovechan de esta pandemia para hacer negocios?, ¿y que pasa si todos vamos a Cáritas y no trabajamos hasta que haya un salario que se ajuste a los tiempos que vivimos?.

Yo espero que estos gobernantes reaccionen, pero estaría  bien ir a Cáritas no en plan perdedores, desaliñados, como acabados; SINO BIEN VESTIDOS, y a poder ser con chaqueta y corbata, CON ORGULLO, CON DIGNIDAD, porque el problema no es nuestro, sino de quienes claudican ante esos buitres financieros.

La sociedad, tú y yo, estamos hartos y más que hartos de ver si podemos pagar la hipoteca; un sinvivir porque qué hacemos si nos echan del trabajo; de si malviviendo  nos llegará el sueldo o no a final de mes… Se acabó, porque como se ha visto, hay soluciones para que la gente viva con dignidad; pero eso sí, hay soluciones cuando los poderosos temen por su vidas.

 

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18. El gallego, el sacho y la patata

La huerta, elixir para no envejecer
Relato 18
Joé con la cuarentena, pero ánimo y del libro ¿Cómo somos los gallegos?, depende 2ª parte, “El gallego, el sacho y la patata”.
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En la aldea siempre hay un día que si eres urbanita y has decidido vivir allí y te llamas Luis Miguel, Carlos o, en mi caso, Guisande, de repente oyes: «¡¡¡¡Jisandeeee!!!!, ¡¡¡¡que hoxe hai lúa chea!!!!».

Yo la primera vez que oí eso pensé que qué les importará ahora a mis vecinos el cosmos, la astrología o la astronomía; acostumbrados a hablar de cosas más terrenales, eso de la luna llena… no me pegaba. Y al mismo tiempo cavilé sobre si habría llegado algún iluminado a la aldea, los habían convertido a una secta y se iban a inmolar esa noche para hacer un viaje astral porque el mundo se iba a acabar, pasan tantas cosas raras…

Entonces, cuando oyes por segunda vez «¡¡¡¡Jisandeeeeee!!!!», bajas tranquilamente, porque allí nervioso no hay nadie, y te encuentras a tu vecina con su pañuelo en el pelo, el mandilón, y te dice que hay que plantar patatas, que es luna llena y que es el mejor momento para que crezcan.

Tú oyes eso de plantar patatas y lo primero que se te viene a la mente es el sacho, que pesa un quintal, doblar el espinazo para poner trocitos de patata en el riejo, a una distancia de una cuarta, y un dolor de lumbares que te dan ganas de decir: «Gracias, pero yo este año casi mejor como patatas fritas, las de bolsa».

Pero no, en menos de diez minutos, como si te estuvieran fustigando, te ves metido en unas botas de goma tipo NASA que pesa cada una dos kilos y de camino a la finca donde te vas a enterar de lo que es trabajar. Y nada más salir de casa…, la primera en la frente: «¡¡¡¡Pero espabila, oh!!!!, ¡¡¡¡espabilaaaaa, arreó!!!!». Y tú arrastrando el sacho y con una botella de agua de dos litros porque sabes que el primero te lo bebes a los diez metros de sachar y el segundo igual lo dejas ya en herencia porque veinte metros cavando… como que no eres capaz.

Entonces, con una ilusión infinita que si te da un infarto hasta lo agradeces, pasa lo que tiene que pasar, que cavas un metro y ya estás con la lengua fuera mientras uno de tus vecinos te anima con un «¡¡¡¡dalle, carallo, dalleee!!!!», que menos animarte… lo que quieras.

Y tú le das, pero más que darle es como si te cayera la herramienta y solo se hunde lo que pesa, y mientras cae y la ves en el suelo se te ocurren un montón de cosas: desde darte con el sacho en la canilla o en el pie e ir a casa hasta decir que en el último análisis te dio que el colesterol está relacionado con el consumo de patatas y pedir perdón, pero que no puedes más y que qué prefieren: patatas o vecino, pero que elijan, por Dios, ¡¡¡¡que elijaaaaan!!!!.

Y tras más de cuatro horas dale que te dale a la tierra, tienes una sensación rara, extraña, como que no es tuya pero es; ves a tus vecinos uno a uno y piensas lo que pensaste hace unas horas, que qué pena que no se hubieran metido en una secta y hubieran desaparecido todos, pero como los quieres… joé, lo que se hace por cariño, yo creo que demasiado, ¿no?

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III. El hombre que quería ser comandante

Viajar en avión: El código de los pilotos de avión: esto es lo que ... Relato III El hombre que quería ser comandante, del libro Relatos de absurdo contenido.

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No sabía muy bien por qué, pero siempre quiso ser piloto de aviación. Desde pequeño le atraía la aeronáutica y en su casa aún guardaba toda una colección de aviones de juguete que iban desde los primeros que empezaron a surcar los cielos hasta los más modernos.

Un problema en la vista le había impedido realizar los cursos de formación; sin embargo, él, con casi 50 años, se sentía comandante, aunque a nadie se lo decía para que no lo tomaran por loco. Desgraciadamente, sabía que en la sociedad en que vivía, contar las ilusiones, aunque fueran inalcanzables, era sinónimo de incomprensión, y por eso solía permanecer callado, como si no estuviera en este mundo, ausente; pero él, a su manera, hacía realidad su sueño.

Cuando llegaba a casa, se sentaba tranquilamente en una silla, sobre una mesa colocaba varios avioncitos a la altura de los ojos y con una potente lupa escrutaba hasta los más mínimos detalles: las formas de las hélices, de las alas, los timones, las cabinas, los mandos, los trenes de aterrizaje, las ruedas… eran reproducciones tan fieles, tan auténticas, tan extremadamente exactas que en ocasiones pensaba que, si pudiera volverse muy pequeñito, se introduciría en ellos y volaría.

Eran pensamientos que iban y venían; luego retornaba a la realidad, a lo que era su trabajo: técnico en mantenimiento de ascensores. Su quehacer diario nada tenía que ver con las aeronaves, pero cuando arreglaba una avería, imaginaba que los cables y chips del cuadro eléctrico del elevador eran las entrañas del motor de un Boeing o de un Airbus.

Incluso a veces, cuando tenía que probar si el aparato funcionaba correctamente y accionaba alguna clavija para ponerlo en marcha, el sonido que producía era un sonoro y seco clic que identificaba con las comprobaciones del instrumental de vuelo para iniciar el despegue.

A su modo era feliz y, para seguir sintiendo esa pasión que tenía por volar, había alquilado un piso cerca de una gasolinera. No solo era por el olor a combustible, que le hacía creer que estaba en una pista de un aeropuerto a la espera de llenar los tanques de queroseno, sino también para acercarse al surtidor y, al ver como repostaba un coche, los números que marcaban los litros… 5, 20, 37, 50, 60… para él eran los pies que marcaba el altímetro y le indicaba cómo iba el ascenso.

En ocasiones, cuando en la estación de servicio se detenía un camión de gran tonelaje, lo que no sucedía habitualmente, bajaba inmediatamente de casa y disfrutaba viendo cómo llegaba a una altura de 300 y 400 metros que él multiplicaba por veinte. Entonces, de forma inconsciente, levantaba la cabeza, se ajustaba la corbata y miraba el cielo azulado sintiendo lo que era volar.

Además, para darle un mayor realismo, para sentirse un auténtico comandante, solía llevar trocitos de algodón en los bolsillos, creaba diversas formas y figuras, las dejaba caer al suelo y, según descendían suavemente, las observaba al igual que si fueran nubes mientras su aeronave cortaba el firmamento.

Nadie conocía su secreto, pero mientras pilotaba irradiaba felicidad al escuchar el ruido de los motores de los automóviles que pasaban frente a la gasolinera y que para él eran los de su avión.

Se sentía libre, con una paz infinita, y si por cualquier circunstancia no circulaban turismos y había un silencio absoluto, él, convencido de que había algún problema en el rotor, imaginariamente consultaba los datos del vuelo: altitud, velocidad, inclinación, temperatura… y en voz baja, sin que nadie lo oyera, informaba a la tripulación y al pasaje de lo que estaba sucediendo en tanto se ponía en contacto con la torre de control más próxima.

Nunca, pero nunca, había tenido un incidente y todos sus vuelos eran un ejemplo de suavidad tanto en el despegue como en el aterrizaje, y a veces hasta soñaba que daba charlas y conferencias sobre la profesión de comandante, la responsabilidad que suponía que de él dependieran cientos de vidas y cómo actuar en caso de una situación de emergencia.

Si tenía tiempo solía cambiar de gasolinera, iba a otras de la ciudad y de esta forma creía que se trataba de un vuelo transcontinental y que estaba en otro aeropuerto para hacer una escala técnica.

Cuando esto sucedía, nada más llegar a la estación de servicio, con paso firme y decidido iba directamente a los lavabos y saludaba a los empleados, que para él era el personal de tierra. Hasta en más de una ocasión preguntaba si cambiaría el tiempo, para así estar al tanto de las posibles alteraciones meteorológicas y adoptar las medidas que consideraba oportunas para una mayor seguridad.

Muchas tardes las pasaba así, planificando viajes, rutas, pensando en alternativas ante posible eventualidades, memorizando los diversos protocolos y estudiando los nuevos avances de la navegación aérea.

Por la noche, cuando se acostaba, tenía en su mesilla unos veinte relojes de diferentes tamaños dispuestos en arco frente a sus ojos. Cada uno de ellos marcaba distintas horas y, al apagar la luz, las manecillas fluorescentes resplandecían y creía que se trataba de un vuelo nocturno con todo el instrumental encendido al alcance de la vista.

Había adquirido tal destreza y maña que, tumbado en cama y con una sola mano, era capaz de mover las agujas para modificar las características del vuelo. Normalmente, tras una media hora tocando las manecillas se quedaba profundamente dormido hasta que la luz del día entraba por la ventana y la claridad le despertaba.

Entonces miraba instintivamente los controles, se frotaba los ojos, bostezaba, se desperezaba, hacía que se ajustaba la corbata y para sí mismo confirmaba lo que siempre había pensado: los pilotos automáticos casi nunca fallan, pero el factor humano es imprescindible y para eso, él estaba allí.

 

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Relato II
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La verdadera historia de la incubadora - Porteame

Su cargo era único y nadie lo sabía. Era el responsable de todos los nacimientos, pero no porque fuera director médico de un hospital, sino porque tenía unas cualidades muy especiales: enviar, obviamente desde París, a todos los recién nacidos a los cinco continentes.

Para ello trabajaba en una especie de aeropuerto, pero muy peculiar ya que las… digamos, aeronaves eran cigüeñas. Las había de todo tipo: grandes, con alas capaces de  llevar a más de mil recién nacidos y cruzar todos los mares del mundo, sobre todo el Atlántico; medianas, para los vuelos en Europa; pequeñas, para trayectos nacionales; e incluso había bebés cigüeñas cuyas prácticas consistían en realizar viajes de corta duración, cien o doscientos kilómetros a lo sumo, para que se fueran entrenando.

Todas ellas, antes de partir, se alimentaban abundantemente y solían pasar periódicamente unas pruebas de esfuerzo e inspección para conocer su estado físico y evitar el intrusismo, pues no era la primera vez que alguna gaviota había intentado pasar por cigüeña, lo que además de ser ilegal, ponía en grave riesgo las pequeñas vidas que debían transportar. También alguna garza y varios flamencos lo habían intentado, incluso se dieron casos en los que se habían disfrazado para pasar inadvertidos, por eso el control era en extremo exhaustivo y sobre él recaía esa responsabilidad.

Además había sido el supervisor de otros departamentos afines a las aves zancudas, como eran las simulaciones de aterrizajes de emergencia o navegación en condiciones de alto riesgo; pero en una nueva reestructuración, todas esas funciones habían sido delegadas en otras personas y él se ocupaba exclusivamente de los bebés.

Su quehacer diario consistía en observar a los recién nacidos, captar de inmediato su fisonomía viendo solo las caras, identificarlos e indicar adónde debían ser enviados para que llegaran a la hora exacta. Debido a la gran cantidad de trabajo que se acumulaba tenía que retener en milésimas de segundo la fisonomía del niño o la niña, con lo que, para facilitar su labor, todos estaban dispuestos en filas, en cunitas.

Había jornadas que eran agotadoras, especialmente cuando coincidían en un día varios bebés de Noruega, Suecia y Finlandia porque no eran tan fáciles de distinguir. Cuando eso ocurría, a veces sacaba un cuadernillo de su bata para comprobar algunos rasgos concretos, que bien podían ser la forma de la nariz, los labios, el pelo o las orejas; pero esos días que eran agobiantes, sin embargo, eran compensados con otros muy pero que muy tranquilos cuando de una tacada había setenta u ochenta con ojos rasgados y únicamente se limitaba a decir: «China, China, China, Japón, China, China, China, Japón, China, China, China, Japón. Japón… ».

El sistema de trabajo apenas tenía fallos, pero a veces era inevitable que se produjeran. Así, cuando se enviaba un bebé a un país que no le correspondía, el problema se subsanaba haciendo regresar a la cigüeña con el pequeño y se esperaba a otro vuelo para embarcarlo; pero en otras ocasiones se entregaban antes de tiempo y por eso era frecuente que en los registros que cubría apareciera la palabra avispado, que en el argot era interpretado como «recibido antes de tiempo».

Su empleo, sin lugar a dudas, era muy especial y todos sus compañeros valoraban una gran cualidad en él: no solo era su gran capacidad para reconocer en tan corto espacio de tiempo la nacionalidad de los bebés, sino lo que era más impresionante, nunca olvidaba una cara de aquellas criaturas, nunca. Aunque al día reparara en mil o dos mil niños, siempre recordaba sus rostros, la expresión de sus miradas, sus ojos…

Y también resultaba extraño que ellos, una vez que lo veían por primera vez, fuesen capaces de recordarlo. Esto lo comprobaba a diario, cuando caminaba entre las cunitas para identificarlos y a su regreso todos lo miraban para observarlo. Había hecho varias pruebas, incluso transitando rápidamente, y aun así, cuando volvía a pasar por delante de ellos, todos lo reconocían.

Su trabajo era secreto, nadie podía saberlo, ni siquiera su familia; y si le preguntaban a qué se dedicaba, solía decir que a los negocios, que era viajante o ejecutivo de una multinacional… Cualquier disculpa era válida, pero se sentía un poco frustrado por no poder contar realmente cuál era su cometido y, sobre todo, porque no pudieran visitarlo en el trabajo, pues sabía que serían muchísimas las personas que se alegrarían al ver a todos aquellos recién nacidos con caras de angelillos.

Bajo ninguna circunstancia podía decirlo o insinuarlo, pero siempre que estaba en la calle, paseando o incluso en algún lugar público, había alguien que se le acercaba y le decía: «Perdone, ¿no lo conozco? Es que me suena su cara…», y él callaba. Y si su interlocutor insistía comentando: «Es que no sé, pero es que me suena tanto, me suena tanto… quizás me habré equivocado, pero es que su cara, su cara… ». Cuando esto sucedía, permanecía en silencio, esbozaba una sonrisa y se decía a sí mismo: fila 323 A-D, cuna. 1.400 B-2, n. º 32445522C, avispado.

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17. El gallego, un crack regateando

Relato 17
Mas de medio mes con relatos,  parece  que vamos a seguir, hoy del libro ¿Cómo somos los gallegos?, depende: “El gallego, un crack regateando.”,  Se agradecen los comentarios en facebook para interactuar y no aburrirme 😉
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Zapatillas de Casa para Niño | Pisamonas

Ahora ya no tanto, pero en Galicia aún quedan algunos comercios pequeños, sobre todo en remotos pueblos, en los que, junto a los productos que están a la venta, hay un letrero en el que se puede leer precio fijo.

Yo la primera vez que vi esto fue hace años en una tienda que vendían zapatillas, y la verdad es que me quedé sorprendido pensando si el importe de las babuchas iba a fluctuar en función del barril de Brent o el yen; aquí en Galicia pasan tantas cosas… Hombre, cierto es que a punto estuve de dar una vuelta y volver al cabo de una hora para ver a cómo estaban las pantuflas y de reojo mirar a la gasolinera, porque si el asunto estaba en función del barrilillo ese de Brent…

Y así estaba mientras pensaba: «¿Y por qué ese precioso letrerito hecho a mano, que por la letra el dueño debe rozar los ochenta años largos?, ¿por qué esa frase solo la veo en Galicia y no en el resto de España?». Y ya puestos, pero esto fue para entretenerme: «¿De qué color es exactamente la cartulina donde pone precio fijo?, ¿gris, amarilla, amarilla-gris, tal vez naranja, gris-naranja?, ¿algún día tuvo color?».

Duro es esto de pensar cosas transcendentes, pero como todo tiene una explicación, pronto descubrí que el letrerito de marras es porque al gallego, y sobre todo a la gallega, le encanta regatear. Para el gallego no existe un precio fijo por una razón más que elemental: «Porque quen puxo isa cantidade pudo poñer outra, o é que son parva…».

Y razón no le falta, ya que el precio de las pantuflas no lo marca la Comisión Nacional del Mercado de Valores o un tratado de libre comercio internacional, no. El precio de las babuchas las puso Fandiño, el dueño de la zapatería, o neto de Fandiño el argentino, por razones obvias, que ese día se levantó y lo mismo pudo poner diez, doce que trece o veintiséis euros, y sabiendo esto el gallego…:

«Oes Fandiño, ¿en canto as deixas?», dice levantando el par de zapatillas con una mano, mientras en la otra sujeta una bolsa de Eroski. Y como Fandiño diga que las deja en doce…, allá van las zapatillas a la bolsa entre as sardiñas, el pan de brona o unos pasteles pra os rapaces.

Para la mujer gallega regatear es una cuestión de principios, para Fandiño, obviamente, de finales, y el compatriota puede estar allí perfectamente las horas que sean hasta que Fandiño diga: «Veña veña, non me marear, cóllea cóllea e deixa o diñeiro ahí».

Y aquí sucede un detalle de vital importancia, porque no es lo mismo non me marees que non me marear, que aunque técnicamente el marear es el uso del infinitivo, en la tienda de Fandiño más que infinitivo es definitivo; estaba hasta lo bemoles.

Pero volviendo al asunto; si tú ves a una persona que regatea en ese plan, con esa insistencia lo mismo una hora que veinte, pues te hace pensar que está necesitada, que no vive bien, que su economía… no, el gallego regatea por regatear, al igual que las olas llegan al mar, el girasol tiene pipas o debajo de las pestañas están los ojos.

Y si por un casual conoces a una gallega gallega auténtica y le preguntas por qué regatea, pues ella te dirá tan tranquilamente: «¡¡¡¡Ay o que me reín con Fandiño, ay Jasús Jasússss!!!!».

Y tú que has visto todo, piensas que sí, que se habrá reído, pero que el pobre Fandiño estaba entre mosqueado y hecho polvo, y si se lo comentas… entonces responderá con algo que sobrepasa cualquier comprensión humana: «Si somos amijos desde nenos, que fumos xuntos a escola… Si él o pasa mellor que eu». Hombre, mejor, lo que se dice mejor… me da que no, pero si ella lo dice… qué quieres que te diga…, bueno, sí, «pero a min non me marear».

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16. Las interpretaciones de: «¡¡¡¡Ay miña madriñaaaa!!!!».

El artista que da superpoderes a las abuelas gallegas
Mural: YOSEBA MURUZÄBAL
Relato 16

Ya medio mes de relatos del libro ¿Cómo somos los gallegos?, depende 2ª parte, esperemos que os guste.
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La mujer gallega es la reperafilomena porque no solamente lleva la casa, cuida de la familia y es la primera que coge el sacho y trabaja la tierra, sino que incluso tiene una frase propia que, como el DNI, es intransferible.

La mujer gallega es la única persona del mundo que dice: «¡¡¡¡Ay miña madriñaaaa!!!!». Tú oyes ¡¡¡¡ay miña madriñaaaa!!!! y solamente lo puede decir una mujer, porque a un hombre… pues como que no le pega; a un hombre, de esos que llevan un hacha en una mano cuando tú necesitarías una carretilla, le va más cajoenrós, cajo no demo, la variante arredemo o el consabido manda carallo; pero ¡¡¡¡ay miña madriñaaaa!!!!… ni hablar.

Yo comprendo que si tú no eres gallego puedes pensar que la frasecilla de marras viene a ser como ¡¡¡¡Dios míooo!!!!, pues no, porque un «¡¡¡¡Dios míooo!!!! ya hace referencia a una desgracia, a una tragedia, a un drama y tal cual lo oyes ya te preparas; pero un ¡¡¡¡Ay miña madriñaaaa !!!! bien dicho, con un grito que hasta los pájaros se acojonan y no dicen ni pío, es una frase divergente que lo mismo la puede utilizar para una catástrofe que para algo maravilloso, fascinante.

Claro, alguien puede pensar, ¿y qué tiene de importancia esta frase? Vamos a un ejemplo, que pensaba que era yo el único descerebrado que estaba a punto de recibir una subvención del Estado, de Servicios Sociales o de Sanidad.

Mira, tú estás en casa, oyes por la ventana un ¡¡¡¡Dios míooo!!!! e inmediatamente tu cerebro se pone en lo peor, pero como el ¡¡¡¡ay miña madriñaaaa!!!! lo mismo vale para algo bueno que para algo malo… pues para saberlo tienes que esperar a la siguiente frase para ver de qué va el asunto, y te puedo asegurar que esos segundos parecen horas, se te corta la respiración, te flaquean las piernas, sudas y la tensión te sube y ni que la sangre estuviera escalando un 8.000, unos nervios…

Y al oír la siguiente frase ya te quedas más tranquilo, porque si dice: «¿¡¡¡¡Enton morreu Toñoooo!!!!?»; pues joé, murió Toño, no lo vas a resucitar, es Toño y Toño es. Y si dice: «¡¡¡¡Anda que fai tempo que non veñeeeees!!!!», pues eso, que alguien que conoces ha llegado y te va a alegrar la pestaña al verlo.

Cuando vives en una aldea todo es felicidad porque el gallego es un tipo sencillo, sin complicaciones, que trata a todo el mundo por igual y allí no eres ni escritor ni bobadas; allí eres Jisande, Lisande, Gusande o Gilsandre y te da lo mismo que digan «morreu Chuchi» o «afogose Faraldo» así a primeras de cambio, lo aceptas porque es la vida en sí misma, pero cuando oyes «¡¡¡¡ay miña madriñaaaa!!!!», hasta te pellizcas por si eres tú el fiambre, una angustia…

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14. El gallego, eso de la muerte… lo borba, pero es que lo borda

Desfile de ocho ataúdes en la «romería de los muertos» de Santa ...
Foto: La Voz

NOTA IMPORTANTE:

Ya que hablo de la muerte, pues no sé, pero por eso de un respeto, aunque no sé a quién, pues el relato va escrito en negrita, en plan luto; no vaya a ser que exista el cielo y… por una tontería de no respetar a los fiambres me envíen empaquetado al infierno. Supongo que lo comprendéis.
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Lo de ir de luto en Galicia cuando alguien ha fallecido ha cambiado un poco; lo que no, es lo del muerto; el muerto muerto está y ahí todo sigue igual, con su lapidita de mármol, su nombrecito cinceladito con maña, sus florecitas silvestres en agua… Una monada el fiambriño.

El cambio se nota más en las mujeres, ya que algunas han pasado del luto riguroso a ir de alivio, que no está muy claro el tema si es por el fallecimiento del interfecto o porque van a vivir más tranquilas, que el maromo era un plasta y le hacía trabajar…

La gallega, cuando va de luto, es como la española cuando besa, que besa de verdad; pues ella igual, y solo le falta dar un paso para ser la fallecida, se adentra tanto en el papel de viuda que piensas: «Bueno bueno, esta muere ahora y lo borda, es-que-lo-bor-da lo-bor-da», y ese abrigo negro le sienta…, qué pena que esté viva, con lo preciosa que iría ya al nicho, que además está abierto…, bo.

Y es curioso porque al ver que no muere, pues te vas así como con tristeza, con cierta pena; pero yo eso lo achaco solamente a que esto de escribir te inspira casi todo, no sé, un defecto profesional como otro cualquiera.

Mira, yo en esto de que si se va de luto, se va, he visto a mujeres que al tener los zapatos una hebilla dorada le han puesto una tirita de color negro; supongo que será por eso de las meigas, que no vaya a ser que por no ir de negro negro Mozambique, la pérdida, en vez de ser irreparable, sea reparable, que Dios lo puede todo, y la siga liando el difunto.

Es que el asunto es muy serio; que de estar en casa viendo la tele tranquilamente tirada en un sofá, hacer lo que quieras, y con la cama toda para ti durmiendo a pierna suelta, a levantarte a la siete de la mañana para ir con el sacho al campo y quedar deslomada… te dicen que todo es por culpa de una tirita y no levantas cabeza.

Para el gallego todo lo relacionado con la muerte es muy serio y tiene sus propias creencias sobre el más allá; y es normal, sino lo entienden en el más acá, pues a ver si en ese espacio cósmico alguien pilla algo de lo que dice, que pasar noventa años así a granel, que ni sí ni no, pues plan plan no es, qué quieres que te diga.

Como el gallego es extremista por naturaleza, el asunto mortuorio lo lleva hasta límites insospechados en cuanto a lo que es, digamos, su escenografía. Esto se puede ver en la iglesia de Santa Marta de Ribarteme (As Neves -Pontevedra) donde se celebra una extraña romería en la que la gente que ha estado a punto de morirse y se ha salvado gracias a la intercesión de Santa Martiña, pues va viva metida en un ataúd que es portado por varias personas hasta la ermita, vamos, un disfrute el asunto, y un gasto en féretros… porque esa es otra, que una vez que lo has usado no lo vas a tirar, supongo que te lo llevarás a casa y lo dejas en algún sitio como quien deja una canoa o la tabla de surf por si un día…

Yo esto de guardarlo en casa, pues no sé, me daría así como aprensión porque vas al trastero, al garaje o a donde lo hayas puesto… y supongo que al verlo, con voz lánguida y tristona mirándolo de reojo le dices en voz baja: «Este año no creo, porque la analítica…» y te vas con un subidón de tensión, que estás tú como para sustos.

Y claro, tampoco es cuestión de regalar el féretro; no te vas a poner a visitar a todos tus vecinos, ir a sus casas disimuladamente, mirarles la cara y un día llamar a la puerta de uno, que abra y que te vea con la caja en la chepa y decirle: «Oye, que te la doy», que es lo mismo que decirle: «Es que te veo… te veo que…».

El gallego ante la muerte es mucho: unos de luto riguroso porque hay un fiambre en casa, y otros con un ataúd en la joroba porque siguen vivos…, como para no ser melancólicos ahora; claro que ahora entiendo que la gente que viene y conoce Galicia con las fiestas y las romerías diga que se lo pasó de muerte. Normal.

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