Cuando hay autonomías pobres y ricas, no hay país

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Supongo que en la época de Adolfo Suárez no sería fácil gobernar saliendo de una dictadura; pero el mayor error que cometió fue crear las autonomías, que no solo han sido y siguen siendo un despilfarro, sino que con ellas se ha establecido un nuevo régimen centralista, pero más cercano al ciudadano, y una mayor división entre los españoles.

Con las autonomías, lo que se ha conseguido es que en vez de ser un país parezcamos una banda de mercenarios en la que cada cual tira para sí; solamente hay que escuchar los debates sobre El Estado Nación para ver cómo los canarios, los vascos, gallegos, andaluces, aragoneses…  y así todos, nunca hablan de España, sino de su rinconcito de poder, de su chiringuito.

Esos castillitos con organismos duplicados para dar puestos de trabajo a sus acólitos, a sus correligionarios: profesionales de la política que nunca trabajaron en la empresa privada porque quizás si lo hicieran estarían en la calle.

Y es que cuando hay autonomías ricas y pobres, y aún encima las ricas quieren ser más ricas, no hay país ni conciencia de ello, y quizás esto se deba a que a España el concepto de democracia, de vivir todos juntos y que el que más tiene más debe aportar, nos queda grande.

Un democracia de papel

Cuando se habla de que España es una democracia, partimos de conceptos teóricos plasmados en una Constitución, pero no en la práctica; si no es inconcebible la corrupción galopante en la que vivimos, el enchufismo o el despilfarro en obras inútiles sin que haya responsables que estén ante la justicia.

Pero esta mentalidad tercermundista que está en todos los niveles, esta falta de una cultura tolerante se aprecia en los más elemental de un sistema de libertades: opinar. Si uno critica a un partido eres del otro y viceversa, y así todos; te marcan, te encasilla, en vez de ser racionalistas y comprender que cuando se hace una reprobación es para mejorar. Nos hemos convertido en hooligans, en forofos, en caníbales del pensamiento libre capaces de devorar a quienes no piensen como nosotros.

El cupo vasco, la Generalitat de Cataluña o los derechos forales de Navarra nos recuerdan que no todos somos iguales, que hay ciudadanos que disfrutan de mejores servicios y sueldos, y otros que continúan sufriendo infraestructuras caducas y que las palabras que más oyen y repiten es paro y pobreza.

Personajillos, no presidentes

Quizás la causa de esta penosa situación se encuentre en que siempre hemos tenido  presidentes, pero no estadistas; a que hemos tenido personajillos que han cedido a las presiones de todo tipo de formaciones políticas con los recursos económicos de todos con tal de mantenerse en el poder.

Ahora que se habla tanto de cambiar la Carta Magna, si no son la élites, que sean las bases de los partidos (en quien confío más) las que levanten la voz y empiecen a hacerlo partiendo del primer principio que es inherente y esencia de una democracia: la  igualdad. Una igualdad para todos, pues de la reciente Historia de España no hay que olvidar que unas regiones contribuyeron con su esfuerzo a levantar otras en detrimento de su progreso.

Ya es ahora de recordar los esfuerzos a las que fueron obligadas unas zonas de España hasta que quedaron empobrecidas, que comencemos con un equilibrio territorial y desterremos los privilegios de unos cuantos, pues solo así es la única forma de hacer justicia, de hacer país y de vislumbrar un futuro.

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A mí me encantaría ser un experto mundial en…

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Hay profesiones que son envidiables ¿Paleontólogo? ¿Astronauta? ¿Investigador de microcélulas? ¿ Ingeniero de la Nasa? ¿Político en el grupo mixto?… tonterías. Hace unos días vi un documental sobre las hormigas de fuego (que ni sabía que existían), y salió un tipo que se llamaba Edward O. Wilson que las lleva estudiando ¡¡ treinta años !! No uno ni cuatro ni diez… ¡¡ treintaaaa !!

Y claro, fue presentado como un experto mundial, normal, quien en su sano juicio se pasa treinta años viendo un bichito así, de poco más de un centímetro… como no vas a ser al cabo de tres década un experto mundial; es más, es que hay algún gilipollas más en el planeta Tierra que se pase treinta tacos analizando el animalejo ese, tan pequeñín él.

Yo me imagino que un tipo que dedica su vida a estudiar las hormigas de fuego, y quien dice hormigas, pues el saltamontes Tutú, el pececicillo Malambú o la rana Cucurú debe ser alucinante. Un tío así ni se preocupa de ir a la compra, ni de ir a buscar a los niños al colegio, ni ir al banco, ni mirar una factura, ni fiestas en familia, ni Navidades… (mira, esto muy bien, por cierto).

A un elemento así le da lo mismo que hayan descubierto vida en otros planetas o que los alienígenas hayan montado un coro para Fin de Año; cogerá una hormiguita de los bemoles, la meterá en una cajita y se irá al desierto del Gobi o del Danakil y aún así, allí solo en la inmesidad con su insectito dirá que se estresa.

El documental de la hormiguiña estaba completo, pero completo completo, joé, lo había organizado el experto mundial… pues ya te imaginas como sería; sin embargo, el documental me dejó así como un mal sabor de boca.

Sí, me dejó frío, porque al final, el tal Wilson dijo que la hormiga era de la familia de los formícidos;  y eso, pues que me sentó mal, me pareció una desconsideración, una falta de sensibilidad, porque yo estudio durante treinta años el animalejo y no sé, o le doy mi apellido o lo adopto ¿no? Hay tan poco corazón en el mundo…

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Profesiones que son envidiables

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Parecemos bobos, acabaremos comiendo el pavo de Acción de Gracias

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Ni en las principales ciudades de Galicia hay ya gallegos auténticos, ni en las del País Vasco vascos, ni en las de Andalucía andaluces o en las de Extremadura extremeños.

Poco a poco se ha ido perdiendo nuestra cultura, nuestra esencia, nuestra forma de ser, nuestra identidad; las multinacionales nos han «internacionalizado» en la mediocridad y para ellas ya solo somos una «masa» a la que llaman «clientes» o «compradores» de la que ahora obtienen los resultados tras años lavándonos el cerebro para vendernos toda clase de cosas, la mayoría innecesarias.

Estas megaempresas manejadas por magnates, que utilizan el más feroz neuromarketing y juegan con nosotros como peones en un tablero de ajedrez, nos están agilipollando: uniformándonos en el vestir como si fuéramos un ejército; en el hablar, con términos como community manager, safety car o Business Development Manager y, lo que es más grave y preocupante, en un pensamiento único: el consumismo.

Ese conjunto de características que se heredan y se transmiten de padres a hijos, ese carácter que define el temperamento de un pueblo está desapareciendo por esta invasión a la que aún encima aplaudimos creyéndonos así que somos más modernos, más guais.

Ahora nos están convirtiendo en parias de un sistema consumista y ya solo en las aldeas y en pequeñas localidades es donde podemos encontrar, como si se trataran de tribus extrañas, la idiosincrasia de un pueblo, de sus gentes, que es lo mismo que decir: Nosotros.

Estas megaempresas han creado un mercado de mentecatos y paletos que en vez de valorar lo que les es propio, lo auténtico, las tradiciones adaptándolas a los nuevos tiempos, se apuntan a todo con el cerebro plano, sin pensar, sin analizar, sin cuestionarse nada.

Y les da lo mismo estar cinco, ocho o diez horas esperando a la intemperie a que abra una tienda, que pagar lo que no tienen porque solo viven del postureo, de la medianía.

Primero fue Papá Noel, luego el Halloween y ahora nos han metido en vena el Black Fryday, a ver si así nos arruinamos más pronto y llenamos más rápidamente los bolsillos de quien en un despacho en Tokio o Nueva York se ríe viéndonos como imbéciles.

Sigamos haciéndoles el juego, sigámosles por la senda del consumismo absurdo y desenfrenado, histérico e irracional, por el de la imbecilidad más absoluta, y no te extrañe que el próximo año, el 23 de noviembre, celebremos con un pavo el Thanksgiving o Día de Acción de Gracias. Todo llegará.

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Cuando Junqueras salga de prisión habrá adelgazado…

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Suele decirse, por eso de que cuando se mete la pata hay que convencer al personal, «de esta desgracia aprendemos todos», cuando en realidad se debería decir «mira que bien lo hicimos, que si no… ocurriría esto»; pero en fin, la estupidez no tiene límites; bueno sí, está en quien la dice, que tienes para elegir.., buff

Pues partiendo del absurdo «de los males se aprende» la pregunta clave del procés o no procés es: Junqueras, ese tipo rechoncho y regordete, hasta diría que cariñoso como un osito de peluche, que cuando habla todo lo dice en bajito como si no pasara nada aunque le caiga un rascacielos sobre su testa ¿cuánto habrá adelgazado cuando lo veamos por primera vez fuera de prisión?

A mí ya me extraña que todas esas casas de apuestas a las que le vale todo, no se les haya ocurrido hacer una con este asunto que me parece de vital importancia, bastante más que la vía esa unilateral, que si la vía es como la del tren que va a Galicia, está claro que no sale adelante ni de coña.

En unas declaraciones del 13 de enero del 2017, Junqueriñas dijo en una entrevista, que medía 1,78 y pesaba 82 kilos (esto no se lo cree ni Puchiño, pero si él lo dice… no lo voy a coger yo en brazos para calcularlo). O sea, D.Oriol sale casi a kilo por centímetro, y lleva en prisión cerca de 30 días.

Mira, yo nunca estuve en prisión (aunque igual por este articulo sí) pero estimo que un kilo cada tres días… bien a gusto lo pierde; es decir, que si lo vemos dentro de un mes justo en el patio, pues que el chaval nos pesa 72.

Y claro, como D. Oriol aparezca con 72 o menos…. pues que subirá el independentismo, pero no por ideología o convencimiento, sino por cuestiones metabólicas y fisiológicas, todo el personal querrá adelgazar y ya me veo yo yendo a miles ciudadanos de Cataluña, incluso de Cuenca, Vigo, Ceuta y Portugal (el australiano que no falte, que sino el asunto no tiene su aquél) al despacho de la jueza Lamela.

Y allí todos en plan: «♫♫ Soy independiente, Lamela soy independiente, soy independienteeee, Lamela soy independienteeee. Soy independiente, Lamela soy independiente, soy independienteeee, Lamela soy independienteeeee ♫♫». Aunque también me temo que habrá algún grosero que diga: «¡¡ Soy independiente !! , ¡¡ Lamela me la pela !!. ¡¡ Soy independiente !!, ¡¡ Lamela me la pela !!». Y todos… al trullo a adelgazar para el verano.

En fin; que para no llegar a estos límites y que se vayan de Cataluña ya hasta los gimnasios y centros afines, quien acierte cuánto kilos deja tras las rejas Junqueriña, le regalo un libro. Yo digo que, además de la cabeza, que ya la perdió, saldrá con 71 o, a lo mejor, con 79,54, el 3%. ¿Y tú?

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Mi último libro “¿Cómo somos los gallegos?, depende” Premio Fernando Arenas Quintela  de Literatura y Ensayo 2017

Lo puedes adquirir en Amazón y enArenas, Couceiro, Avir, Lume, Cascanueces, Inoa y Sisarga (A Coruña); Biblos (Betanzos); Follas Novas, Ler y Gallaecia (Santiago); Trama y La Voz de la Verdad (Lugo); Central librera (Ferrol); Librouro (Vigo), Cronopios y Metáfora (Pontevedra); Porta da Vila (Viveiro).

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Yo a los milagros, les tengo un pánico…

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Yo más que miedo, a los milagros o apariciones les tengo pánico, pero mucho; aunque es cierto que solo por la noche. Por el día… entre que estás con gente, charlas con unos y con otros, te fumas un cigarrillo o te tomas una caña, pues como que no te das cuenta y se te pasa el día, pero por la noche…

Es que esto de los milagros… como no tienen protocolo… además, si hubiera un lugar concreto donde sucedieran, por ejemplo la zona de Antequera, Huecas o Talavera de la Reina, pues con tal de no ir por allí… solucionado, pero como pueden ocurrir en cualquier lugar… es una tensión en la que vivo…

Yo desde las doce de la noche hasta las nueve de la mañana, que estás más o menos solo, estoy taquicárdico. Tengo un miedo de que así, de repente, entre un resplandor en la habitación, que la ilumine más que la potencia de mil focos de un Airbus y que de repente oigas como una voz de ultratumba… «Levantateeee Guisandeeee, túúúúú has sidoooo el elegidoooo».

Claro, yo oigo eso y, aparte del acojone, diría: «Yo, elegido; elegido para qué, de verdad que tengo que ser yo-yo-yo…». Y la voz… «sí, túúúúúú, Guisandeeee, túúúúú vas a guiar a todo el mundo por la senda de la paz y el amor». Y oyes eso e insistes «yooooo, pero como voy a guiar yo a siete mil millones de pavos si hace solo tres días, solo tres, me han quitado tres puntos del carné de conducir precisamente por eso, por guiar mal…».

Y entonces pues empiezas con las rebajas. «Pero si no sé idiomas». Y la voz… «no hará faltaaaa, con tu miradaaaa te seguirááánnnnnn» Y entonces alegas que tienes una dioptría, que has perdido las gafas, que te cansas, que ya no estás para esos trotes, «y que en cambio, el vecino de abajo…» Y la puta voz…. «no te cansaráááásss, ni pasarááásssss fríooooo ni hambreeeee… eres el elegidoooo ¡¡¡ El elegidooooooooo !!!».

Entonces te sale así por lo bajinis un «joderrrrrr» y añades, «y tengo que ir con esas chanclas…. es que yo eso de meter el dedo gordo en esa rayita es un dolorrrrrr… y con lo mal asfaltada que está España…». Y continúas: «tengo un amigo que hace runnig y otro Ironman, que esos, si los viera».

Y ya cuando ves que la condenada voz tiene contestación para todo…, porque incluso le has dicho que sin comer mejillones no eres nadie y hasta para eso tiene respuesta… pues nada, que bajas ya de la cama aunque sean las dos de la mañana, te colocas las sandalias esas y a patear por esos mundos de dios y (eso ya depende cada uno) para mí la gran preocupación: «¡¡¡ ostrasss !!! ¡¡¡ no hablamos nada de la siesta !!!».

Y entre que la voz no te contesta, y mira que le gritas, que el personal te mira como si hubieras enloquecido, otra duda, por si ya tenías pocas: «A que este se ha confundido y en vez de decir elegido quiso decir El Ejido y no soy yo».

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Mi último libro “¿Cómo somos los gallegos?, depende” Premio Fernando Arenas Quintela  de Literatura y Ensayo 2017

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La anécdota del correo electrónico

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Esto de las anécdotas… pues unas parecen que son inventadas, pero otras son reales como la vida misma, y algunas, cuando te pasan y las cuentas, comprendo que sean difíciles de creer y hasta yo mismo pienso si las soñé; pero no, las viví, y que si las viví… No las olvido.

Esta, que titulo, la anécdota del correo electrónico, me sucedió con un colega de profesión que también se dedica al diseño de libros. Hay que explicar que para nosotros los de Prensa, (no los de la Radio y Televisión, que hacen programas a las siete de la mañana con una voz clara de huevo que es flipante) eso de levantarnos pronto no nos va, y es que como la mayoría de las ruedas de Prensa son sobre las once o doce… pues con los años te acostumbras a un horario que, trasnochar… lo que quieras, pero madrugar… imposible.

El caso es que un día tenía que enviar por correo electrónico un trabajo  a una editorial. Ya de noche, al hacer un repaso de todos los documentos comprobé que me faltaba una página.

Dudaba si llamar o no a mi amigo, pero viendo que eran casi las dos de la mañana, pensé que lo mejor sería dormir, despertarme a las ocho, que me enviara la susodicha página y, luego, reenviar todo a la editorial.

Así que a las ocho, en cuanto sonó el despertador… miento, los tres despertadores que puse, inmediatamente cogí el teléfono, lo llamé, le pedí disculpas por la hora que era y le expliqué lo que había sucedido. Él, muy amablemente, dijo que «casi estaba despierto», me contestó que no me preocupara y que me la enviaba en cinco minutos.

Entonces me pidió mi correo electrónico. Eso de pedirme el correo electrónico me extrañó y mucho porque no solo lo tenía desde hacia años, sino que, además, los días anteriores nos habíamos enviado cientos de ellos, pero aún así se lo di y comencé: «manuel.guisande…».

Yo notaba que lo iba escribiendo porque murmuraba: «ma-nu-el, pun-to, gui-san-de…» y continué: «@yahoo… ». Y en esas estaba yo, ya con el «@yahoo», cuando se hace un silencio y me pregunta: «Oye, ¿@ qué es, con B o con un V?». Ni que decir tiene que lo llamé sobre las 12. ¿ @  con B o con un V? Bo.

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La aventura de comprar un billete de tren, solo uno

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Comprar un billete de tren, solo uno, no para una excursión, sino para ti y solo para ti, no es fácil, más bien difícil, dificilísimo diría yo. Si lo quieres adquirir por Internet y ya pasas de los cincuenta tacos el asunto te acojona. Entras en la página de Renfe, pones lugar de origen, lugar de destino, fecha de ida, repasas y repasas; le das a comprar y… «error».

Esto te lo esperas, vas a hacer ahora todo a la primera… vuelves atrás y, pues que no pillas donde está el fallo hasta que te das cuenta que noviembre es «11» y no «111», pero  con esos palillitos que casi ni se ven y que como amplies más la pantalla del móvil te metes en ella…

Entonces vuelves a darle a comprar, repasas y repasas y… ¡¡no puede ser!! ¿cómo se van a tardar diez horas de Palencia a Valencia don Juan, que hay unos cien kilómetros? Si fuera en Galicia, pues ocho horas para noventa kilómetros, normal, pero en Palencia… pero claro, te percatas que has puesto Valencia, donde la paella, que eso sí que está lejos.

En este instante y no en otro decides ir a la estación de tren, y como aún las hay que el que despacha los billetes está detrás de un cristal sin micro (que a mí siempre me dio la sensación que eso es un acuario con peces raros) pues todo el personal a gritos porque el cristalillo de marras tiene un grosor como de diez centímetros en plan antibalas de última generación.

Y entre que el pavo está harto y tú que cada día oyes menos… pero mira lo que es la vida, ves la ventanilla tan sucia de pegar todo cristo allí la nariz, que llegas a la conclusión de que los españoles, como media, medimos 1,75, ni un centímetro más ni menos. 1,75 y de ahí no me apea ni el CIS ni el ZOS.

Y  como los trenes son como son…, pero sobre todo porque eres gallego, pasas con una tranquilidad pasmosa de Valencia de don Juan a las tierras de Rosalía de Castro. «Y mire, no hay uno a las 20.30 que va a Ferrol…», preguntas ya con miedo (que eso si que es bueno que el cristal tenga ese grosor, que al tío se le ve que te va a partir la cara).

«¿¡¡¡Pero usted no va a Valencia de don Juan!!!?», dice casi colérico, pero como es un profesional… te explica: «No, ese es el que viene de Madrid, que va por La Coruña y no por Orense, y tiene que hacer transbordo en Monforte de Lemos».

Y entonces, como que se te va la cabeza y piensas que antes de que hubiera el Metro en muchas ciudades, en Galicia ya teníamos uno y que Monforte de Lemos era pues como Callao, Diego de León o Chamartín, pero al aire libre, un frío que pela y todos protestando porque no han puesto la calefacción en el vagón.

Y entre que de repente miras para atrás y ves una cola de gente que esa sí, esa sí que llega a Valencia, donde las paellas, pues solo te falta decir «ande, deme algo, deme algo» Y al final te da el billete, y te lo da por eso, porque es un profesional y, sobre todo, porque  hay cristal que si no…

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