Los gallegos reciben una visita inesperada en su viaje por el cosmos

Los gallegos viajaban por el cosmos y eran felicies sin pegar palo al agua y tomando el sol

Parte de un capítulo del libro “Galicia, la última emigración cósmica

Galicia se había desprendido de España por causas desconocidas y estaba a 5.000 metros de altura. Un modulo lunar había sido enviado por la Nasa para que no fueran a la deriva pero, al estar anclado en la tierra, en Fisterra, no podían girar para descender.

Además, como y nadie trabaja y solo tomaban el sol, el presidente de la Xunta, Eladio Varela, ya no sabía si los gallegos querían bajar o quedarse. Pero de repente.. Libros Manuel Guisande, Amazon

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Los meses pasaban sin alteraciones, y Pasadena con su equipo, integrado por Lito el portero de la Xunta; Lola la palilleira de Camariñas, Pepe Xirelo el patrón de A Nosa Señora da Candelaria, Suso el redeiro, el maderero de Monterroso y Fandiño el amarrador, con la colaboración de Antucho, el de la NASA, tenían todo bajo control.

Con su tabaco de batea, sus vinos y música ambiental, Pasadena era feliz en el módulo lunar, ya que además también había sido nombrado funcionario, que hacia ya el 525.374, cobraba un sueldo de la Xunta y mostraba con orgullo una placa con su nombre en el que se podía leer el número de «auxiliar discontinuo», que lo de discontinuo le encantó porque iba mucho con su personalidad.

Un día que estaba escuchando la muiñeira de Lugo, vio a lo lejos algo que le pareció extraño; un objeto que, según se acercaba, y utilizando un visor especial que llevaba a bordo, pudo identificar que se trataba de un trozo de tierra como Galicia, pero menos grande, por lo que llamó a la Xunta.

− ¿Quén é?

−Soy el secretario 7.666.

− ¿Cal?

−El secretario 7.666.

− ¿E meu amijo o 1.234? –preguntó sorprendido Pasadena.

−Se encuentra mal.

− ¿Pero é grave? –inisitió Pasadena.

−Máis o menos, un infarto, el estrés.

−Bo, vasme a falar ti ajora a min de estrés, vasme falar de estrés, si por iso fora, eu estaría morto xa fai tempo; pois si que me da lástima, nunca na miña vida penséis que me dera pena un da Xunta, xa ves o que son as cousas, como che cambian, ¿verdade? Mira, chámote porque vexo un trozo de terra, que está a unhos cen kilómetros, que se acerca a nós a unha velocidade da ostia.

− ¿¡¡¡Cómo!!!?

−Sí, un trozo de terra, moi grande non; e tamén vexo que leva unhas bandeiras.

− ¿Está seguro?

−Home, non vou a estar si o vexo, tamén ti…

− ¿Y cómo son las banderas?

−Unha te ten unhas letras e sóname, pero a outra non, ten o fondo azul e no centro como algo amarelo.

− ¿No será la bandera de Asturias?

− ¡Que vai ser, oh!, ti andas parvo o que, que a de Asturias a sei de memoria, que meu concuñado é do Sporting de Xixón e no fai máis que loquearme; ata me levou a ver un partido no Molinón…

−Un momento que voy a ver en Internet cuál puede ser. Humm, hummm, pues tal como la describes, parece una bandera sueca, ¿pero cómo va a ser…?

− ¡¡Espera, carallo, espera!! ¡¡Arredemo que Deus me leve!! ¡¡Ay, que morro de risa!!!

− ¿¡¡¡Pero qué pasa!!!!?

− ¡¡Son os de Ikea!! ¡¡Os de Ikeaaaaaaaa!! se xa me sonaba a min isa bandeira co as letras, que as vin preto de Gadis…

− ¿Pero cómo va a haber unos suecos también volando?

− ¡Ay!, pois te os hai e veñen a fume de carozo. Vou ter que maniobrar e acelerar para poñerme a súa altura porque senón inda imos chocar.

Pasadena, que ya manejaba el módulo con una mano e incluso a veces se recostaba y sujetaba los mandos con las rodillas, se puso a un costado y, en efecto, pudo ver a un grupo de gente que ondeaba banderas y que lo saludaban, por lo que avisó a su equipo.

−Lola, Lito, Pepe Xirelo, Fandiño, Suso… ¿estades aí?

−Estamos−contestaron a coro.

− ¿Vicheis aos suecos?

−Home.

−Oes, estos suecos con todo o que é plejable e desplejable son moito ¡eh!; te están a facer un… espera, espera, sí, un trampolín xijante, ijualiño que os dos saltos de esquí. Manda carallo, xa levan a mitade en poco máis de trinta minutos.

− ¿Qué dis que fan? –preguntó Fandiño el amarrador.

−Pois un trampolín.

− ¿E pra qué?

− ¡E que carallo sei! ¡A min que me dis…! eu non son sueco… O fan e o fan.

Una hora después…

−Pasadena, ¿qué están a facer ajora? −dijo Lola.

−Pois xa terminaron o trampolín, e vexo que hai nove persoas subindo por unhas escaleiras. Levan un casco, unhos esquíes…, paréceme que van a saltar pra aquí.

De repente… shiun-shiun-shiun.

−¡¡Ostias!! pasaron rozando a Torre de Hércules, a catedral de Santiajo e non se esmagaron no ponte de Rande de milajro porque deron coma unha curva pra entrar de fronte en Fisterra. Caralló, xa chejaron, o mellor es que veñades mentras falo con eles.

Tras bajar del módulo lunar se acercó a ellos y se quedó atónito cuando uno le dijo «boas tardes»; era increíble, de los nueve que aterrizaron, asustando a unas vacas que pací­an tranquilamente en un prado, cuatro eran gallegos y cinco hablaban un idioma raro en el que entremezclaban palabras en gallego y otras que no entendía.

− ¿Pero sodes gallegos?

−Unhos sí e outros non−dijo uno que se presentó como Raúl Furelos Patiño, natural de Ribeira.

Pasadena pudo saber que en total eran ochenta las personas que vivían en un territorio con una superficie de unos mil campos de fútbol que en su día formó parte de un inmenso parque natural de la localidad de Abiko, al norte de Suecia. Furelos le comentó que veinte gallegos habían ganado un premio de supermercados Gadis para conocer el país nórdico y que, una vez allí, decidieron conocer esa zona, donde coincidieron con ochenta suecos que también estaban de visita y que, tras adentrarse en un área muy aislada, donde hicieron noche, al día siguiente se encontraron volando sin saber tampoco la causa.

Tanto a Lola, Lito, Pepe Xirelo, Fandiño como a Suso, que acababan de llegar, les explicó que, aunque la mayoría eran suecos, poco a poco los convencieron de que era mejor que aprendieran gallego: «E pouco a pouco te van entrando polo aro», añadió Furelos. «O que non pronuncian ben é a X gallega, ¿sabes?, aí eles…, non sei, como que non lle pillan o truco, patinan, pero polo demáis… te saben a ostia de Galicia: a historia, os ríos, os afluentes, os montes…, ata te leen a Rosalía de Castro, Castelao… e tamén un autor noviño, que non sei si se chama Lisandre, Isandre o Jisandre, aljo así».

Pasadena y su equipo los invitaron a pasar unos días con ellos, diciéndole a Furelos que le presentarían al presidente de la Xunta y que, además, podrían contactar con sus familias, que seguro que los habrían dado por desaparecidos y que les darían una gran alegría.

Cuando Furelos oyó la palabra familia, fue como si le mentaran al mismísimo diablo porque inmediatamente dijo que de parientes no querían saber nada, que por una herencia de una finca «non acabamos a ostias, pero a ostias ostias de puro milagro, e como eu casi todos». Explicó que todos eran felices tal como estaban, yendo de un sitio a otro y que, precisamente por eso, por ir sin rumbo, no habían perdido ni una pizca de identidad gallega.

Pasadena lo entendió perfectamente, pero no sabía explicarlo porque cuando lo hacía mezclaba herencias con pueblos, hórreos on temas de religión barcas con nécoras; y Lola, Lito, Fandiño, Pepe Xirelo y Suso, aunque decían sí con la cabeza, tampoco comprendían nada, pero cuando llegó el maderero de Monterroso y dijo: «que si é eisí… é eisí, e así é», ya todo se aclaró.

Furelos estaba muy seguro de lo que decía; no querían saber nada de los familiares galaicos, y menos de Suecia, país del que dijo que se pasaba un frío horroroso y que lo único que deseaban era seguir su camino y llevarse, eso sí, varios miles de litros de vino Ribeiro, que le fueron entregados al momento.

−Pois Fureliño, a verdade que é unha pena que non querades quedar−dijo Fandiño en voz baja y con un tono de cierta tristeza.

−Jracias, é que ademáis temos que descansar, que levamos unha racha cos ovnis e os alieníxenas…

− ¿¡¡¡Ovnis, alieníxenas!!!? ¿¡¡¡Pero de verdades que os haiiiii!!!? −preguntó asombrado Pepe Xirelo, el patrón de A NosaSeñora da Candelaria, que en más de una ocasión, faenando por el Gran Sol, estaba convencido de que alguna noche vio algo raro en el cielo, pero que nunca se atrevió a comentar.

−Sí, home, extraterrestres, hai de abondo por eiquí, unhos pesaos, pero unhos pesaos que non hai quen os ajuante.

− ¿E cómo son?

−Non é por nada, pero estes alieníxenas te ten máis conto… Eu non sei quen dixo que eran intelixentes, son unha manada de parvos de carallo; cando os veades xa veredes, xa veredes, xa.

Tras despedirse, Furelos cogió un silbato que llevaba en el bolsillo, pero no sonó a un pitido fuerte, sino como un sonido suave pero muy intenso. Entonces, desde donde había venido, se subieron al trampolín cuarenta suecos que se deslizaron por la rampa y… shiun-shiun-shiun. En menos de diez minutos se situaron al lado de Furelos.

Como si fueran robots, sin saludar ni nada, de debajo de sus ropas, oculto entre los pantalones, los calcetines y los zapatos, comenzaron a sacar palitos y más palitos que fueron juntando, mientras otros, tornillitos y llavecitas para apretarlos. Era alucinante verlos; a una velocidad increíble, en silencio, perfectamente coordinados y sin tener que ver ningún plano, pero ninguno, poco a poco iban levantando otro trampolín para lanzarse por él y regresar.

Cuando llevaban unos ochenta metros de altura, Pepe Xirelo y Lola pensaron que ya habían terminado, mientras el maderero de Monterroso, que era el que más se fijaba en todo y le encantaba hacer cálculos, miraba y remiraba de dónde sacaban tantas maderitas, porque así a lo bobo, una a una, por muy pequeñitas que fueran, estimó que una tonelada de peso llevaban bien a gusto.

Ya habían acabado la descomunal obra, en poco más de cinco horas, cuando una joven sueca se acercó a Furelos y a Pasadena y les mostró un catálogo de Ikea, señalándoles unas páginas donde se veían impresionantes casas.

Tanto Pasadena, Lito, Lola, Suso el redeiro, Pepe Xirelo como Fandiño el amarrador y el maderero de Monterroso no entendían nada hasta que Furelos les dijo si deseaban alguna, que era un regalo. En una de las hojas había una mansión inmensa, de unos mil metros cuadrados útiles, con dos pisos y varios porches. Todos se quedaron mirando la imponente edificación, pero les daba vergüenza pedirla porque una cosa era un pequeño obsequio, como una caseta para las herramientas, y otra…

Furelos, que se percató de ello, llamó a la chica y, tras enseñarle lo que casi parecía un palacio, avisó a otros compañeros, construyeron un palo inmenso de unos mil metros de alto y, arriba de todo, pusieron un cartel inmenso con el número catorce para que lo vieran sus compatriotas y que correspondía a la megacasa elegida.

En cuestión de minutos, empezaron a llegar hombres y mujeres con tablones, marcos de ventanas, cristales, puertas… y en siete horas erigieron el espectacular edificio. Luego, Furelos se abrazó al equipo de Pasadena, se despidió con un «ata logo», subieron por el trampolín y se marcharon.

Todos estaban impresionados por lo sucedido, pero lo que les dejó atónitos fue que, cuando los suecos regresaron a su campamento, lo hicieron con tan solo la vestimenta que traían y no les sobró ni un palito ni un tornillito. Entonces, Lola contó que, cuando fue a Marineda City, en A Coruña, compró en Ikea un armario para guardar la ropa y tardaron más de dos semanas en montarlo «e ao final, houbo madeiras que xa as clavamos a martillazos porque non entediamos os planos; en cambio estes…, ¡¡carallo cos suecos…!!».

Capítulo anteriores

El módulo lunar anclado en Fisterra, el cabreo del piloto y los aerostatos

Amancio Ortega, los bañadores y el tabaco.

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Periodista, escritor, conferenciante y desarrollador de proyectos creativos
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