El módulo lunar anclado en Fisterra, el cabreo del piloto y los aerostatos

Parte de un capítulo del libro “Galicia, la última emigración cósmica”

(Pasadena, que había nacido cerca de Fisterra, pero le llamaban Pasadena porque trabajó en ciudad del mismo nombre, en Estados Unidos, tenia problemas en el módulo lunar; pero no era una cuestión de motores, que siempre desde que dejó la Ford en USA decía que “os motores “son miña vida”.

Era una cuestión personal. Pese a todo, junto con Lola la palilleira de Camariñas, el rapaz de Portomarín, el patrón de A Nosa Señora da Candelaria, Suso el redeiro y el maderero de Monterroso -que todo lo pesaba a ojo- tenían una idea para descender Galicia a la península y dejar atras los 5.000 metros que la separaban de tierra. Tras hablar con Antucho, que trabaja en la NASA y era concuñado de Lito, la solución era….)

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Para Eladio Varela era alucinante, no había transcurrido ni una semana y las palilleiras de toda Galicia, coordinadas por Lola, habían realizado un buen trabajo ayudadas por más de cinco mil madereros que sin descanso unieron troncos y más troncos de árboles de una altura de unos mil metros que clavaron en las cumbres más altas para hacer de soporte de la inmensa cubierta de encajes para que no afectara los rayos uvas a los personas y animales.

Eladio, en una reunión, explicó a los asistentes la hazaña lograda por las artesanas del bordado, que tenían previsto acabar el trabajo en quince días y lo hicieron en siete, por lo que Eladio, en una servilleta de papel, aún con restos de grasa de anchoas, firmó allí mismo concederles el premio Artesanas de Galicia. El presidente de la Xunta estaba feliz cuando el asesor 1.324 le hizo una seña, ya que había recibido una llamada urgente, por lo que se dirigió a su despacho, que distaba unos pocos metros.

−Soy el presidente−dijo con voz grave y firme Eladio Varela.

−Eu son Pasadena, o piloto do módulo lunar; a ver, que eisí non se pode traballar, se sajen así… eu paro, eu paro.

− ¿Pero qué pasa?

− ¿Qué vai pasar, que vai pasar?; pois que cando pasamos de noite por enriba de calquera cidade, coma pode ser Burgos, Valencia o Huelva, a xente enfócanos con raios láser e linternas pra vernos e eisí non hai Dios quen dorma, é imposible. ¿Ti sabes o que é pasar por Madrid o Barcelona e que che enfoquen catro millóns de luces…? É a ostia, che digo que é a ostia, a ver si facedes algo, que non pejo ollo. E despois están os avión.

− ¿Qué aviones?

−Pois como estamos a uns cinco mil metros, e eles van por os dez mil, entón se acercan a nós, fan voos rasantes e os ruidos son insoportables.

−Hombre, no creo…

−Pero si non paran; incluso baixan a velocidade pra facerse selfis, carallo… O acaban con isto o eu deixo o módulo lunar y a tomar polo cu, ata os collóns, estou farto.

−Lo hablaré con el presidente del Gobierno de España, aunque la comunicación no es fácil.

− ¡Ah!, entón otra cousa, dille ao presidente de España que lle dea as jracias ao presidente de Portujal, polo da pancarta.

− ¿Qué pancarta?

−A pancarta.

− ¿Pero cuál?

− ¿Pero estades a jobernar o a qué carallo estades? A ver, homiño, a ver. En Portujal, en Portujal, desde Viana do Castelo ata preto de Oporto, de Oporto, te hai casi oitenta kilómetros e fixeron unha pancarta da reostia que di: «Irmáns galegos, esperámosvos». Pois iso, que lle dea as gracias a os irmáns portujeses.

−Ah, bien, de acuerdo; y por lo demás… ¿cómo van las cosas? −preguntó el presidente.

−Home, ¿qué queres que che conte que ti non sepas?; pois, nos trinta días que levo pilotando, todo ben, podo manexar isto, pero baixar no baixa porque como te está anclado ó morro, non vira.

−Alguna solución…

−De iso xa falamos eiquí, no bar O Tomate, e di un veciño que o mellor é que veñan de esos jlobos que van polo aire carjados de area e a voten eiquí, a ver se eisí baixamos un anaco.

−Pues es una buena idea.

−Home.

−Pues voy a hablar con…

−Pero ti espera, que te están os percebeiros desde Ribadeo ata A Guardia baixando polo precipicio pra calcular máis o menos o grosor de Jalisia e despois, un amijo madereiro, que é de Monterroroso e que compra montes a ollo, xa nos di o que pesa e canta terra necesitamos.

Después de colgar, Pasadena llamó a Lito para que ha­blara con Antucho, el de la NASA, a ver si con el satélite podía averiguar el peso de Galicia y la cantidad de arena que se precisaba para descargar, insistiéndole en que «conten como contamos nós e non con esa parvada de pies, puljadas e non sei que máis» −dijo Pasadena.

Mientras en el módulo lunar, Pasadena ya había colocado un par de botellas de Ribeiro, un termo con café y una botellita de orujo, esperó la llamada.

− ¿Eres Lito?

−Son.

− ¿Qué din os da NASA?

−Que pesa trinta e oito billóns de toneladas e que vanse necesitar trescentos millóns de area.

−Pois eiquí ao de Monterroso danlle corenta billóns de toneladas de peso e que se necesitan catrocentas de area, dille a Antucho que fagan as contas outra vez.

Non coljes, que chamo por outro lado.

Al cabo de un cuarto de hora…

−Carallo, Pasadena, con ise de Monterroso, corenta billóns clavadiños, ni un máis ni menos; ese amijo teu fixo unha conta niquelada; e tamén din que sí, que hay que botar catrocentos millóns de area como di teu amijo.

−Non si, se xa che decía eu…

 −Oes, me din Antucho que che prejunte de parte dos da NASA en qué traballa o de Monterroso.

− ¿Quén? ¿Iste…? non traballou na súa puta vida.

−Pero algo estudaría.

−Que carallo iba a estudiar. Déixote, que mañán é a Festa do Choco de Redondela e imos a ela.

−Pero ti non podes, que tes que manexar o aparato.

−Carallo si podo; o rapás de Portomarín vai poner un sistema de non sei quei automático de navejación.

− ¿E se pode?

−Non se vai poder…

− ¿Queres que prejunte a Antucho?

−Prejunta, oh, prejunta.

−Espera.

−Espero, pero apura.

−Oes, que me din Antucho que falou cos inxenieros da NASA e que non se pode, que non se pode.

−Mira, Litiño, non me marear, eu voume á Festa do Choco e xa verás como se pode.

Un día después, el secretario 1.324 recibía una llamada de Pasadena en la que le informaba que los cuatrocientos millones de toneladas de arena se distribuyeran de la siguiente forma: cien millones en O Barco de Valdeorras, otros cien en Sanxenxo, un par de kilos en Vimianzo y el resto, casi doscientos, en Mondoñedo.

Sin pérdida de tiempo, el secretario 1.324 se puso en contacto con todas las asociaciones de España y de Europa amantes de los aerostatos y coordinó la operación para que transportaran la arena a los lugares indicados. Tan solo diez horas más tarde, cerca de cincuenta mil globos sobrevolaban Galicia.

La llegada de los artilugios aéreos fue una auténtica fiesta; los aerostatos surcaban los cielos y los niños jugaban en todas partes a ver quién veía uno de un color determinado o que tuvieran un dibujo de un animal o de un muñeco. Incluso hubo un detalle que emocionó a todos los gallegos cuando vieron que diez globos de nacionalidad finlandesa se colocaron de tal forma en el cielo que recrearon la bandera de Galicia. Fue un momento tan emotivo que, según algunos vecinos de la zona de Celanova, «ata os conexos empezaron a chorar».

Eso poca gente se lo creyó, incluso la TVG se desplazó al lugar para hacer un reportaje sobre la insólita reacción de los animales, pero cuando llegaron y, pese a estar veinte días al lado de ellos, los conejos no solo no lloraban ni estaban deprimidos, sino que muy al contrario, comían como bestias y se tiraban de cabeza a la alambrada de la caseta donde estaban encerrados para afilar los dientes.

Sin embargo, el pueblo gallego, muy dado al drama, aunque las imágenes eran muy elocuentes, creyó firmemente que los animales lloraban por algo tan simple como lo que dijo un habitante de Fornelos de Montes: «E ¿por qué non iban a chorar?  ¿non ten ollos?». Y claro, si tenían ojos y no chapas de cervezas Mahou, pues evidentemente podían haber llorado.

Y lo que también conmovió a los gallegos fue la respuesta de agradecimiento a los finlandeses, ya que en Betanzos, aunque no era San Roque, todos se pusieron manos a la obra como si fuesen un solo hombre y construyeron un inmenso globo de papel en el que se podía leer: «Gracias, Finlandia, isto non é o Fin».

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Amancio Ortega, los bañadores y el tabaco. Parte de un capítulo anterior de “Galicia la útima emigración cósmica”

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Acerca de manuelguisande

Periodista, escritor, conferenciante y desarrollador de proyectos creativos
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