18. El gallego, el sacho y la patata

La huerta, elixir para no envejecer
Relato 18
Joé con la cuarentena, pero ánimo y del libro ¿Cómo somos los gallegos?, depende 2ª parte, “El gallego, el sacho y la patata”.
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En la aldea siempre hay un día que si eres urbanita y has decidido vivir allí y te llamas Luis Miguel, Carlos o, en mi caso, Guisande, de repente oyes: «¡¡¡¡Jisandeeee!!!!, ¡¡¡¡que hoxe hai lúa chea!!!!».

Yo la primera vez que oí eso pensé que qué les importará ahora a mis vecinos el cosmos, la astrología o la astronomía; acostumbrados a hablar de cosas más terrenales, eso de la luna llena… no me pegaba. Y al mismo tiempo cavilé sobre si habría llegado algún iluminado a la aldea, los habían convertido a una secta y se iban a inmolar esa noche para hacer un viaje astral porque el mundo se iba a acabar, pasan tantas cosas raras…

Entonces, cuando oyes por segunda vez «¡¡¡¡Jisandeeeeee!!!!», bajas tranquilamente, porque allí nervioso no hay nadie, y te encuentras a tu vecina con su pañuelo en el pelo, el mandilón, y te dice que hay que plantar patatas, que es luna llena y que es el mejor momento para que crezcan.

Tú oyes eso de plantar patatas y lo primero que se te viene a la mente es el sacho, que pesa un quintal, doblar el espinazo para poner trocitos de patata en el riejo, a una distancia de una cuarta, y un dolor de lumbares que te dan ganas de decir: «Gracias, pero yo este año casi mejor como patatas fritas, las de bolsa».

Pero no, en menos de diez minutos, como si te estuvieran fustigando, te ves metido en unas botas de goma tipo NASA que pesa cada una dos kilos y de camino a la finca donde te vas a enterar de lo que es trabajar. Y nada más salir de casa…, la primera en la frente: «¡¡¡¡Pero espabila, oh!!!!, ¡¡¡¡espabilaaaaa, arreó!!!!». Y tú arrastrando el sacho y con una botella de agua de dos litros porque sabes que el primero te lo bebes a los diez metros de sachar y el segundo igual lo dejas ya en herencia porque veinte metros cavando… como que no eres capaz.

Entonces, con una ilusión infinita que si te da un infarto hasta lo agradeces, pasa lo que tiene que pasar, que cavas un metro y ya estás con la lengua fuera mientras uno de tus vecinos te anima con un «¡¡¡¡dalle, carallo, dalleee!!!!», que menos animarte… lo que quieras.

Y tú le das, pero más que darle es como si te cayera la herramienta y solo se hunde lo que pesa, y mientras cae y la ves en el suelo se te ocurren un montón de cosas: desde darte con el sacho en la canilla o en el pie e ir a casa hasta decir que en el último análisis te dio que el colesterol está relacionado con el consumo de patatas y pedir perdón, pero que no puedes más y que qué prefieren: patatas o vecino, pero que elijan, por Dios, ¡¡¡¡que elijaaaaan!!!!.

Y tras más de cuatro horas dale que te dale a la tierra, tienes una sensación rara, extraña, como que no es tuya pero es; ves a tus vecinos uno a uno y piensas lo que pensaste hace unas horas, que qué pena que no se hubieran metido en una secta y hubieran desaparecido todos, pero como los quieres… joé, lo que se hace por cariño, yo creo que demasiado, ¿no?

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Acerca de manuelguisande

Periodista, escritor, conferenciante y desarrollador de proyectos creativos
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2 respuestas a 18. El gallego, el sacho y la patata

  1. René dijo:

    Hola Manuel, mira que casi me das pena y todo, porque como tus vecinos se preocupen un poquito más por tí, igual aprovechan también las otras fases de la luna para hacer los trabajos correspondientes.
    Un saludo.

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