II. Un trabajo muy especial

Relato II
Un trabajo muy especial, del libro Relatos de absurdo contenido. Así vamos alternando con los relatos de gallegos 🙂
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La verdadera historia de la incubadora - Porteame

Su cargo era único y nadie lo sabía. Era el responsable de todos los nacimientos, pero no porque fuera director médico de un hospital, sino porque tenía unas cualidades muy especiales: enviar, obviamente desde París, a todos los recién nacidos a los cinco continentes.

Para ello trabajaba en una especie de aeropuerto, pero muy peculiar ya que las… digamos, aeronaves eran cigüeñas. Las había de todo tipo: grandes, con alas capaces de  llevar a más de mil recién nacidos y cruzar todos los mares del mundo, sobre todo el Atlántico; medianas, para los vuelos en Europa; pequeñas, para trayectos nacionales; e incluso había bebés cigüeñas cuyas prácticas consistían en realizar viajes de corta duración, cien o doscientos kilómetros a lo sumo, para que se fueran entrenando.

Todas ellas, antes de partir, se alimentaban abundantemente y solían pasar periódicamente unas pruebas de esfuerzo e inspección para conocer su estado físico y evitar el intrusismo, pues no era la primera vez que alguna gaviota había intentado pasar por cigüeña, lo que además de ser ilegal, ponía en grave riesgo las pequeñas vidas que debían transportar. También alguna garza y varios flamencos lo habían intentado, incluso se dieron casos en los que se habían disfrazado para pasar inadvertidos, por eso el control era en extremo exhaustivo y sobre él recaía esa responsabilidad.

Además había sido el supervisor de otros departamentos afines a las aves zancudas, como eran las simulaciones de aterrizajes de emergencia o navegación en condiciones de alto riesgo; pero en una nueva reestructuración, todas esas funciones habían sido delegadas en otras personas y él se ocupaba exclusivamente de los bebés.

Su quehacer diario consistía en observar a los recién nacidos, captar de inmediato su fisonomía viendo solo las caras, identificarlos e indicar adónde debían ser enviados para que llegaran a la hora exacta. Debido a la gran cantidad de trabajo que se acumulaba tenía que retener en milésimas de segundo la fisonomía del niño o la niña, con lo que, para facilitar su labor, todos estaban dispuestos en filas, en cunitas.

Había jornadas que eran agotadoras, especialmente cuando coincidían en un día varios bebés de Noruega, Suecia y Finlandia porque no eran tan fáciles de distinguir. Cuando eso ocurría, a veces sacaba un cuadernillo de su bata para comprobar algunos rasgos concretos, que bien podían ser la forma de la nariz, los labios, el pelo o las orejas; pero esos días que eran agobiantes, sin embargo, eran compensados con otros muy pero que muy tranquilos cuando de una tacada había setenta u ochenta con ojos rasgados y únicamente se limitaba a decir: «China, China, China, Japón, China, China, China, Japón, China, China, China, Japón. Japón… ».

El sistema de trabajo apenas tenía fallos, pero a veces era inevitable que se produjeran. Así, cuando se enviaba un bebé a un país que no le correspondía, el problema se subsanaba haciendo regresar a la cigüeña con el pequeño y se esperaba a otro vuelo para embarcarlo; pero en otras ocasiones se entregaban antes de tiempo y por eso era frecuente que en los registros que cubría apareciera la palabra avispado, que en el argot era interpretado como «recibido antes de tiempo».

Su empleo, sin lugar a dudas, era muy especial y todos sus compañeros valoraban una gran cualidad en él: no solo era su gran capacidad para reconocer en tan corto espacio de tiempo la nacionalidad de los bebés, sino lo que era más impresionante, nunca olvidaba una cara de aquellas criaturas, nunca. Aunque al día reparara en mil o dos mil niños, siempre recordaba sus rostros, la expresión de sus miradas, sus ojos…

Y también resultaba extraño que ellos, una vez que lo veían por primera vez, fuesen capaces de recordarlo. Esto lo comprobaba a diario, cuando caminaba entre las cunitas para identificarlos y a su regreso todos lo miraban para observarlo. Había hecho varias pruebas, incluso transitando rápidamente, y aun así, cuando volvía a pasar por delante de ellos, todos lo reconocían.

Su trabajo era secreto, nadie podía saberlo, ni siquiera su familia; y si le preguntaban a qué se dedicaba, solía decir que a los negocios, que era viajante o ejecutivo de una multinacional… Cualquier disculpa era válida, pero se sentía un poco frustrado por no poder contar realmente cuál era su cometido y, sobre todo, porque no pudieran visitarlo en el trabajo, pues sabía que serían muchísimas las personas que se alegrarían al ver a todos aquellos recién nacidos con caras de angelillos.

Bajo ninguna circunstancia podía decirlo o insinuarlo, pero siempre que estaba en la calle, paseando o incluso en algún lugar público, había alguien que se le acercaba y le decía: «Perdone, ¿no lo conozco? Es que me suena su cara…», y él callaba. Y si su interlocutor insistía comentando: «Es que no sé, pero es que me suena tanto, me suena tanto… quizás me habré equivocado, pero es que su cara, su cara… ». Cuando esto sucedía, permanecía en silencio, esbozaba una sonrisa y se decía a sí mismo: fila 323 A-D, cuna. 1.400 B-2, n. º 32445522C, avispado.

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Acerca de manuelguisande

Periodista, escritor, conferenciante y desarrollador de proyectos creativos
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4 respuestas a II. Un trabajo muy especial

  1. Moitas veces MÁS VALE ESTAR CALADIÑ@ QUE SE ESTÁ MAIS GUAP@(Muchas veces MÁS VALE ESTAR CALLADIT@ QUE SE ESTÁ MÁS GUAP@). E EN BOCA PECHADA NON ENTRÁN MOSCAS(Y EN BOCA CERRADA NO ENTRÁN MOSCAS). Ou VALE MAIS POLO QUE CALA QUE POLO QUE DÍ(O VALE MÁS POR LO QUE CALLA QUE POR LO QUE DICE)………….

  2. Antón. dijo:

    Tengo un amigo que presume de haber sido sexador de pollos en Holanda. Supongo que serán trabajos similares. Lo bueno es que exista alguien que lo cuente con la gracia que Su Señoría tiene.

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