Los vigilantes del Tecnológico de México, buenos amigos

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A mí siempre me ha gustado la gente sencilla, y entiéndase por sencilla, de todo tipo: desde el que tiene superestudios al que no, desde el que no tiene un duro hasta al que le salen millones por las orejas, que a mí me da lo mismo porque cuando hablas con ellos estás tranquilo y digas lo que digas nada se lo van a tomar a mal.

Es lo que suele tener la gente sencilla, ese don de que no le dan muchas vueltas a las cosas, porque los otros… ni que fueran ajedrecistas, dices una cosa y piensan mil y todas equivocadas. Son unos raritos…. Ejemplo, pones un vaso en una zona de la mesa… y cavilan ¿por qué lo abrá puesto ahí? y te da ganas de decir: «Vamos a ver: vaso, mesa; el vaso, en la mesa ¿lo pillas?». ¡¡ Dios, qué gente !! Es lo que hay.

Bueno, pues a estos amigos que están en la foto y que son vigilantes en el Instituto Tecnológico de Monterrey (México) los tenía, digamos, un poco sorprendidos, desconcertados, aunque yo bastante más.

El asunto era que como no sé qué pasaba con el móvil y no sonaba la alarma para despertarme, siempre les decía que me avisaran; pues oye, ni un día lo hicieron, no me digas cómo, misteriosamente sin que nadie me llamara, ni despertador ni historias, yo solito me levantaba antes de la hora e iba a impartir los cursos.

El primer día no se extrañaron al verme antes del ring ring ring; el segundo, tampoco; ya el tercero debieron de pensar «raro este español»; y el cuarto todos nos partíamos de risa cuando me veían y ellos miraban el reloj como diciendo «¡¡¡ pero si aún no son las nueve !!!».

Y entre que no eran las nueve y me parecía imposible que me levantara por la divina gracia de Dios (cuando de una tacada soy capaz de dormir mes y medio), entre risas y más risas les decía: «Si queréis me meto otra vez en cama y me llamáis, que por mí…».

Y así, entre bromas y con una sonrisa, pues a la hija de uno le regalé un cuento de Rodripico, a otros les contaba cómo era España, ellos me decían qué iban a hacer el día que libraban, y poco a poco iba conociendo cosas de México, esas que no aparecen en las guías de este maravilloso país con una gente que te llega al alma y que terminas adorando.

No había día que no “platicáramos” de algo, y cuando me levantaba y veía así alguno un poco aburrido le decía: «¿Dónde está la cafetería Centrales en el Campus?». Ellos sabían de sobra que yo conocía perfectamente dónde se encontraba, pero yo insistía con una media sonrisilla diciendo que no me acordaba para que así se dieran una vuelta, y para convencerlos más de que vinieran conmigo les comentaba «pero os imagináis si me pierdo y me pasa algo, que soy medio bobo, ¿qué responsabilidad, no?»

Y así, de esta forma, hacía que salieran de sus puestos de trabajo y se despejaran, hacíamos un recorrido de unos doscientos metros y todos felices: ellos porque se distraían un poco, y yo porque por el camino nos íbamos gastando bromas y escuchaba atentamente lo que me decían sobre México. Y así, día tras día, cada mañana era una felicidad pasear con ellos, menos hoy, que estoy en España y los echo de menos. Un fuerte abrazo buenos amigos.

PD._ Artículo dedicado a todos los vigilantes del Tecnológico por lo muy amables que siempre fueron conmigo.

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